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lunes, 4 de mayo de 2009

Me molo.

Me molo. Que sí, que me molo mucho. Qué pasa. Es como un algo que me supera, me apetece y que viene de mí para volver a mí mismo, pero mejorado.
Es como si una legión de ex modelos cirujanas hubiese estado currando durante décadas sobre mi cutis perfecto y mi tersa piel, que ahora luce brillante y sedosa, coño, porque yo lo valgo. Es como si las neuronas más listas y empollonas estuviesen continuamente celebrando un simposium internacional de sudokus en números romanos dentro de este lujosísimo palacio de congresos que sostengo sobre mis hombros.
Me agoto a mí mismo de tanta mens, de tanto corpore, de tanto sano. De tanto yo, de tanto mí, de tanto me, de tanto conmigo.
Yo no entiendo cómo puedo vivir conmigo sin desmayarme. Intento evitar todos los espejos, porque eso que me devuelven, si soy yo, entiendo que por un momento se sientan cuadro. Y después de sentirse así, a ver quién es el guapo que vuelve a reflejar las cosas como si nada. Por su bien, intento pasar desapercibido, rápidamente, como sin pasar. Pero como entenderás, rara vez lo consigo.
Lo mismo me ocurre con mi belleza interior. Todo lo que me digo es tan creativo y tan gracioso que a veces hasta me tengo que dejar de escuchar.
Mira que hay que ser humilde para darse cuenta, pero una vez lo ves claro, oye, como que te rindes ante la evidencia, e incluso vives mejor. Yo lo he conseguido. Me molo. Me molo y aún no sé por qué me molesto en escribírtelo.


Neil

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