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lunes, 15 de noviembre de 2010

El que quiera entender que entienda.

El olor a café, las primeras pinceladas de luz de la mañana y la sensación de vacío en la cama consiguen que me despierte.

Te escucho tararear al fondo del pasillo. Sonrío inconscientemente. Supongo que es una buena manera de empezar el día.

Me deseas los buenos días junto con un cálido beso. Me recuerdas, al tiempo, que no debo perder ni un segundo en arreglarme para la ocasión. Entre carcajadas bromeas con mi barba de tres días y me piropeas diciendo que estoy mejor sin ella.

Tú mientras tanto continúas tarareando y cocinando el desayuno.

El agua caliente me relaja más de lo habitual. Estaba nervioso. No siempre es fácil tomar una decisión de ese calibre, y menos aún resulta comunicársela a tus seres más queridos.

A pesar de la cantidad de tonterías que se dicen al respecto. A pesar de la cantidad de tópicos y de falso apoyo incondicional que unos cuantos intentan reflejar por las televisiones privadas, la verdad es que todo sigue igual que hace treinta años. Que le pase a los demás es indiferente. Que te afecte a ti directamente, es un palo. Y de los gordos.

Salgo de la ducha pensativo. Me siento en la cama, aparentemente cansado. No había dormido bien aquella noche.

Tu voz entrando por la habitación me anima. Llevas algo entre las manos. Es una corbata nueva. Dices que me la compraste adrede para el momento. Es bonita, la verdad. Sin mediar palabra, te doy un abrazo. Más que un gesto cariñoso es una súplica de apoyo. Ambos estamos como flanes.

Sabes que todo irá bien, intentas tranquilizarme. No me salen las palabras para agredecerte tu optimismo.

Observo fijamente el espejo mientras me abrocho la camisa.

Siempre he pensado que pasar de la opinión de los demás es una postura difícil. También por eso he pensado siempre que era imposible. Y aquel era un claro ejemplo. La opinión del resto no nos iba a dar igual. Nos iba a afectar mucho.

En el coche nos invade el silencio. El trayecto se hace pesado. Pero al final llegamos.

La voz de mi madre por el telefonillo me recuerda a la cantidad de veces que de crío estuve esperando a que ella me abriera en ese portal.

En el ascensor me atraes hacia ti. Me besas y me abrazas. Me dices que pase lo que pase, siempre estarás conmigo.


En honor a B.P.

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