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domingo, 12 de octubre de 2014

Flying Home.

Desde ahí arriba la ciudad dormía tranquila. Y era una imagen increíble. Alejado de cualquier ruido rutinario, el mundo parecía mucho mejor desde esa altura. Supongo que por eso me invadió esa sensación de no querer volver. Después de un tiempo, estaba recuperándome. Por fin empezaba a ver el amanecer. Pero sabía que no podía alargarlo más. Por mucho que te esfuerces en huir, los problemas siempre te encontrarán. Y la única manera de acabar con ellos es haciéndoles frente. Con todas tus fuerzas.

La última calada de un Chester me consumía al tiempo que la suave brisa de la montaña acariciaba cada resquicio de mi piel. Me ajusté la chaqueta instintivamente y miré al frente. Entre la oscuridad de la noche, la luna yacía majestuosa sobre el mar. Y en su orilla, un cúmulo de luces que intentaban imitar a las estrellas. La imagen de que todo estaba más tranquilo de lo normal me abrumó. Tal vez, quién sabe, había pasado demasiado tiempo alejado de todo.

Asumir que jamás volvería a ser quien era no resultaba fácil. Todo el mundo había esperado tanto de mí a lo largo de estos años, que temía irrevocablemente convertirme en alguien con un pasado prometedor. Y para mí, lo más fácil en aquel momento fue esconderme. Viajar hacia lo más profundo de mi ser para encontrarme con mi alma.

Necesitaba volver a conectar con todo aquello que un día fui. Necesitaba ver toda mi construcción y despedirme por última vez. Tantos sueños y tantas esperanzas quedarían plasmadas para siempre en el abismo de mis recuerdos. 

En la eternidad de ese momento en el que sabes que todo se termina el adiós se convierte en algo más que un gesto o una palabra. Decir adiós, en ese instante, es mucho más que eso. Es asistir como espectador de lujo a la incineración de una parte de ti.

Supongo que sentía tanto miedo por todo aquello que me deparaba mi nueva vida que me sumergí en una vorágine de escombros y polvo. Forjé mi propia muralla de sueños oxidados con el único fin de escapar de cualquier atisbo de realidad.

Esa historia, era la historia que yo había escrito a base de esfuerzo y resistencia. Lo mejor que he hecho jamás. Mi mayor obra. Nunca había puesto tanta determinación e ilusión en algo. Luché tanto por aquello, que acabé convirtiéndome en algo más que un simple chico. Un superhéroe. Incapaz de ser destruido. Imposible de mostrar flaqueza. Me sentía invencible surcando el cielo y volando sobre un futuro brillante. Nuestro futuro. Porque sabía que no importaba lo terrible que pudiera ser la tormenta, siempre conseguiría encontrar el camino hacia el sol.

Y como en todas las historias dignas de ser recordadas durante eones, yo tenía un punto débil. Mi propia kriptonita. Y no importaba cuántas adversidades pudiera soportar; pues cuanto más fuerte era yo, más cerca me encontraba de mi final. Sin quererlo, me cegué por la euforia de mis poderes, desatendiendo el peligro que escondía ese color verde esmeralda. 

Hice una mueca. A mi mente le encanta hacer recopilaciones de los malos momentos. Pero debía admitir que me reconfortaba recordar el pasado. Era la única manera de que la historia, no volviera a repetirse jamás.

A decir verdad, resultó diferente los primeros días. En cuanto ella se fue, mis poderes también. Supongo que tenía lógica. No es necesario que exista Superman sino tiene a su kriptonita. Es como imaginarse el fuego sin el hielo. El mundo perdería su equilibrio. Y la mayoría de cosas de nuestro alrededor perderían encanto sino supiéramos que tienen su propio contraste.

Sin embargo, ahí arriba me di cuenta de algo. Puedes huir de tus problemas, de tus miedos, de tus seres queridos y de tus enemigos, pero nunca podrás huir de quién eres. Y yo había pasado tanto tiempo siendo un superhéroe que por mucho que quisiera, eso ya no podría cambiarlo. Mis gestos, mi forma de ser, no había cambiado. Y no era la de ese chico de hace tres años. Era la forma de ser de alguien que había aprendido a estar siempre luchando hasta el final.

Pero me surgió una duda, si yo seguía siendo Superman, ¿dónde estaría kriptonita? Y es ahí cuando me levanté, casi horrorizado por la conclusión a la que había llegado. Con el viento frío arropando mi cara, en preludio de que el invierno cada vez estaba más cerca, me sentí más vivo que nunca. Mi kriptonita no desaparecería jamás. Nuestras huellas dactilares no se borran de las vidas que tocamos. Y yo tendría que convivir siempre con unos recuerdos con sobre dosis de dolor. Durante estos dos meses me había consumido hasta el punto de sentir que empezaba a flaquear. Que quedaría tocado para siempre.

Había caído en la oscuridad durante ese tiempo porque no fui capaz de enfrentarme a mis problemas como lo que era, como lo que me había convertido. 

Sonreí. Por primera vez en mucho tiempo sonreí de verdad. 

Había llegado el momento de volver al mundo real. 

Podía sentirlo. Ahí arriba, desafiando al mundo, mis dedos desabrochaban los botones de mi camisa mostrando al mundo un símbolo.




Neil.

sábado, 20 de septiembre de 2014

14/15

- ¡JOE, HACKEA EL SISTEMA DE UNA MALDITA VEZ! - grité. - ¡SE ACERCAN! ¡NECESITO QUE BLOQUEES TODAS LAS PUERTAS O ENTRARÁN EN EL EDIFICIO! - Sabía que debía mantener la calma. De momento, las cosas estaban saliendo según el plan establecido. El Capitolio era nuestro, su líder estaba amordazado y las fuerzas de seguridad habían sido destruidas. Pero no podía dejar de mirar a través del gran ventanal del despacho principal. Era de noche, llovía a cántaros, pero al fondo de la calle podía distinguir multitud de luces. Se acercaba un ejército. Venían a defender el asalto a La Ciudad.

- ¡Sí, señor! Hago todo lo que puedo. Vamos por el 75%, señor. - podía sentir como se le quebraba la voz de los nervios.

En el fondo de la sala se encontraba Mike limpiándose una enorme brecha que se había hecho en la frente.

- ¿Estás bien? - me acerqué a él, interesándome.

- Sí, señor. Es un corte de nada. - dijo esbozando media sonrisa.

Mientras tanto, Sarah apuntaba con su pipa al Líder mientras le amenazaba con volarle la cabeza sino dejaba de moverse.

Y ahí estaba yo. Rodeado de tres chavales. Muy preparados en la teoría, pero inexpertos en la práctica. Jóvenes, inocentes, y con miedo. Pero con ambición y con disciplina. Sabía que en el futuro liderarían a la Resistencia en cuanto yo ya no pudiera. Pero de momento, aún les quedaba mucho por aprender, y aquello no era el mejor campo de entrenamiento del mundo.

Las cosas habían cambiado. Estábamos echando el resto. O vivíamos para contarlo, o moríamos como héroes.

Por desgracia, yo ya no era el mismo. Me había hecho mayor. Hace unos años luchaba con mis hermanos en guerrillas urbanas, y ahora era el líder de La Resistencia. Era su esperanza. Confiaban en mí, y vendrían conmigo hasta el fin del mundo.

Pero yo no dejaba de pensar en mis hermanos. En WeekendWars. 

Desaparecieron años atrás cuando las cosas comenzaron a ponerse feas. El Imperio les capturó dicen los rumores. Otros dicen que murieron. Pero la realidad es que en una de las batallas más horribles que recuerda el País, ellos desaparecieron. Perdimos muchas vidas en nuestro bando, pero la de ellos me consumió. 

Me pasé semanas y meses vagando por todo el país. Buscando pistas, datos, lo que fuera. No podía rendirme. Me infiltré en las mismísimas cárceles del Capitolio. Pero nada. Jamás les volví a ver. Y mientras tanto, la Resistencia perdió fuerzas.

Cuando volví de mi búsqueda, estaba irreconocible. Más delgado y débil. Y sobre todo, más mayor y viejo. Como si de repente, veinte años hubieran caído sobre mis espaldas.

BOOM!

Una gran explosión me hizo volver a la realidad. Habían lanzado una granada, pero había caído en la planta de abajo.

Miré por la ventana. Maldita sea, ya estaban a menos de quinientos metros y parecían centenares. Y nosotros sólo eramos tres. Era una misión suicida, y no quise traer a más gente de la necesaria. Habíamos perdido muchas vidas en el asalto a la Ciudad y al Capitolio, y ahora solo quedábamos Mike, Joe, Sarah y yo. 

- Joe, ¿cuánto queda? - pregunté impaciente.

- Vamos por el 85%, señor...

- Mike, Sarah, preparaos. - anuncié con firmeza.

Sabía que probablemente ese sería nuestro fin. Volví a armarme y cogí por última vez mi vieja máscara.

"Que el fin del mundo me reciba peleando por La Resistencia" dije para mí mismo, y miré por el objetivo de la francotiradora para alcanzar al primer enemigo.

De repente, algo ralló el cielo iluminándolo por completo durante dos segundos acompañado de un grave sonido que molestaba muchísimo.

- ¿Qué coño es eso?

Las tropas enemigas también parecieron desconcertarse pues frenaron su marcha mirando al cielo.

- Sea lo que sea, no es de ellos - comenté extrañado. - No perdáis la concentración, estad atentos a todo.

Y entonces, todo comenzó a ir mucho más lento. El tiempo se congeló, y desde las profundidades de los cielos, de entre las tinieblas de la tormenta, un enorme CAZA acorazado emergió majestuoso posándose enfrente del gran ventanal.

- ¡CORRED, JODER, CORRED COMO SI NO QUEDARA MAÑANA! NOS VAN A DISPARAR - grité con todas mis fuerzas mientras me ponía a cubierto esperando el estallido final.

BOOM!

Una enorme explosión de color rojo y de estruendo invadió cada resquicio de nuestra alma.

Pero seguíamos vivos, y el edificio intacto.

"¿Pero qué...?" Corrí hacia el gran ventanal. El caza estaba lanzando misiles a diestro y siniestro contra las tropas enemigas.

- ¿Quién coño es ese? - chillaba Sarah histérica.

Por primera vez en mi vida, yo no tenía respuesta. Estaba bloqueado deleitándome del increíble baile de ese caza en el cielo lanzando fuego cual Fénix que resurge de sus cenizas.

En una de sus piruetas, el caza volvió a apuntar hacia el edificio. No podía ser... 

En la cabina de esa máquina habían tres soldados con máscaras de payasos.

Las máscaras.

Sus máscaras.

Erre, Jota y Señor T estaban ahí.

Pude ver como Señor T se ponía una especie de mando cerca de la boca y comenzaba a hablar... y le podía escuchar. Yo y todos. Al parecer el Caza llevaba un enorme megáfono.

- Muy bien, señoritas, quiero decirles que hoy van a morir. Así qué, comenzad a correr, porque me encanta jugar al perro y el gato. Sólo que vosotros sois hormigas Y YO SOY UN PUTO KRAKEN HIJOS DE PUTA.

El Caza volvió a ascender haciendo piruetas imposibles en el aire al tiempo que disparaba misiles a una velocidad de vértigo.

Y ante mí, el cielo se iluminaba de fuego mientras la voz de Señor T resonaba en todos los rincones de la ciudad. Se estaba, literalmente, descojonando.

Sonreí. Como hacía años que no lo había hecho.

Estaban vivos.
Habían vuelto.
Y eran imparables.

Memorias de WeekendWars.
temporada 2014 -2015.

Neil.

sábado, 23 de agosto de 2014

Prólogo.

Y ahí estaba yo. Enfrente de la persona que más había querido y querré en mi vida. Estaba preciosa, como siempre. Pero cuando dormía era como si toda su dulzura se acumulase en su rostro y me fuera imposible decir nada. Ni siquiera podía pensar. Simple y llanamente me quedaba prendido ante esa imagen perfecta, como si una parte de mi luchara contra todo estímulo exterior con el fin de no perderme ni un solo detalle de ella. Y así me había pasado noches enteras. Viéndola dormir y pensando si era posible querer a alguien con más fuerza de lo que lo hacía yo. Y así podría pasarme el resto de mi vida.

Pero en ese instante, todas mis noches con ella quedaban a años luz. Ella dormía y respiraba con dificultad, pero yo sentía que todo había cambiado. Que todo estaba roto. Mientras pensaba en cómo la vida puede dar una vuelta de ciento ochenta grados, me llevé la mano a mi mejilla derecha para limpiar una nueva lágrima. Quería llorar, pero estaba tan bloqueado que iba dosificando mi llanto en pequeñas dosis. A decir verdad, lo prefería así porque temía despertarla. ¿Pero y qué iba a pasar a partir de ahora? 

Mi mente me estaba jugando una mala pasada y por alguna extraña razón no dejaba de bombardearme con recuerdos de ambos siendo felices. Maldita sea, todo parecía tan lejano que un escalofrío recorrió mi cuerpo. 

La miré y tensé la mandíbula. Allí estábamos los dos en esa habitación de hospital con la angustiosa banda sonora en forma de pitido de la máquina a la que estaba conectada. Pero al fin y al cabo, estábamos juntos, como habíamos estado desde que nos conocimos. Sin embargo, había una gran diferencia: ella había olvidado por completo quién era yo.


21 besos.

Y el día menos pensado, en el momento menos adecuado, ocurre. Todo aquello que has construido, todo lo logrado, todo lo luchado y sufrido, todo, absolutamente todo, termina. 

Sientes que no puedes respirar. No te lo quieres creer porque no debe ocurrir. No. No. Y, no. Te niegas a aceptar una tragedia inminente y la realidad del momento te abruma por completo. 

Piensas en como ha pasado el tiempo. En como un día fuisteis felices. Sueñas con ese futuro que planeasteis juntos. Y ahora, sólo son recuerdos. Historias que estaban hechas para romperse, y que, al final, terminaron cediendo.

Miles de sentimientos se te acumulan en el pensamiento. Luchando por hacer daño. Y quieres escapar. Despertarte de esta pesadilla. Pero no es un mal sueño. Esto está ocurriendo. Aquí y ahora.

¿Qué será de mí? ¿Me recordará? 

Hay tanto dolor, que es imposible pensar con claridad. No te encuentras bien y en este instante sólo te dejas llevar. Guiado por historias que no volverán, por sueños que te dicen adiós, por esperanzas de una vida juntos y por ese "no me falles" rompes a llorar, a gritar, a patalear. Tu "yo" más primitivo se apodera de ti, y no puedes huir.

Y es que cuando lo arriesgas todo. Cuando remas como el que más y luchas cada centímetro, perder no es una opción. Y sin embargo, ironías de la vida, perder echando el resto, es una buena forma de perder. O al menos, de que no duela tanto.

Y no sé qué me deparará la vida. Y sólo quiero llorar. Pensar que algún día las cosas cambiarán. Y volver a soñar.

Algún día miraré atrás y sonreiré, pase lo que pase, sonreiré. Porque lo bueno siempre pesa más que lo malo. Y, aunque no haya sido la mejor historia de amor del mundo. Es mi historia, y ha sido perfecta. 

Y en cuanto a mí...

Estaré bien.

Neil


martes, 15 de abril de 2014

Héroes.

Cuando todo parece hecho para romperse. Cuando crees que has tocado fondo. Cuando ni siquiera la esperanza es esperanza. Cuando el miedo se cuela por los poros de tu piel invadiendo cada centímetro de tu cuerpo. Cuando la oscuridad de un futuro incierto y un pasado prometedor se mezclan transformando tu presente en una extraña época de tu vida. Cuando sientes que estás roto, y que no hay vuelta atrás. Cuando la brújula de tu corazón deja de marcar el norte, el sur, el este y el oeste. Cuando, simple y llanamente ya no puedes respirar. Una asfixia que colapsa tu mente y nubla tus sentimientos. Quieres volver a casa pero no puedes, porque no te sabes el camino. Porque estás incondicional e irrevocablemente perdido. 

Caes al suelo, abatido y exhausto. Y a tu alrededor sólo hay oscuridad. ¿Podría ser peor? 

Miras al cielo y piensas cómo a veces, en la vida, es demasiado sencillo perderlo absolutamente todo en una fracción de segundo. Son las reglas del juego que nunca llegaste a aceptar.

Una estrella fugaz ilumina el firmamento de repente. Tu mente se detiene un momento fascinado con el manto de estrellas que cubre tu mundo. ¿Estaban aquí antes? Recuerdas que alguien dijo una vez que las estrellas son el reflejo del pasado. Que probablemente ahora mismo ya no existan. Pero existieron. Y tú, y todos, tenemos el privilegio de ver el pasado ante nosotros. Como si alguien desde ahí arriba quisiera decirnos algo muy importante que aún no podemos comprender. El pasado existe. Y duele. Pero también te recuerda que fuiste feliz. Que tenías sueños y que le juraste a esa persona que está ahí arriba brillando por ti, que los cumplirías.

Te pones en pie. Algo está cambiando. En tu interior una lluvia de recuerdos inundan tu mente. Piensas en todo este tiempo. En lo difícil que ha sido seguir adelante y cómo, contra todo pronóstico, has superado cada uno de los obstáculos que la vida puso en tu camino. Tal vez, los obstáculos sean el verdadero camino. Con cada paso hacia adelante, te hiciste más fuerte. Y, lo más importante, creíste más fuerte. 

Creer.

Todo lo que has conseguido no ha sido por casualidad. Rendirse, jamás debería ser una opción. Y, aunque, pierdas la ilusión 21 veces y sientas que la única opción es dejar de luchar. Recuerda el pasado. Recuerda que fuiste feliz, y que lo mejor aún está por llegar. Porque sino lo intentas, nunca sabrás si lo podrías haber conseguido. 

Dicen que sólo nosotros creamos nuestros propios demonios y que sólo podemos destruirlos. Ha llegado el momento de dejar de pensar, y volver a sentir. De armarnos de valor, coger fuerzas de dónde sea y mirar hacia el horizonte. Con una sonrisa desafiante, como diciendo, "estoy aquí, sigo en pie". No hay tiempo que perder, el reloj sigue en marcha.

Algún día sé que sólo seremos recuerdos. Pero en este instante estamos vivos, y en este momento, juro que somos infinitos.

Y, aunque las cosas no vayan bien. Aunque sientas que ha llegado el momento de dejarlo todo y olvidar. Aunque tengas miedo de seguir adelante. Aunque te duela. Aunque llegue el día en el que todo esté resquebrajado y a punto de partirse en mil pedazos, recuerda que el momento más oscuro de la noche, es justo antes de salir el sol. Podemos ser héroes. Podemos ser héroes por un día y robarle tiempo al tiempo para encontrar juntos el camino a nuestro hogar. No sé cuándo, ni cómo, pero sé que las estrellas nos guiarán. Nuestro pasado será la luz que iluminará nuestro futuro. 

Seremos héroes.
Aunque sea sólo un día.



Neil.