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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Co co co co co pia...

Cuando ya es de noche y parece que la ciudad decide irse a dormir, me gusta salir al balcón. Me relaja la tranquilidad que me inhunda, así como la suave brisa que acaricia mis pómulos. Aprovecho para desconectar del día y de sus intrínsecos alborotos y miro al cielo al igual que lo hace un niño, impresionado, cuando ve alejarse el globo que se le ha escapado.

Tengo la suerte de vivir casi a las afueras de la ciudad, donde la contaminación lumínica no es tan insultante. Ello facilita la visión de un cielo más estrellado. A priori todo parece bonito y natural. Pero llega un momento que todo te parece igual. Estrellas que cuelgan de la majestuosa manta con la que se ha cubierto el firmamento. Sin embargo, una en especial me llama la atención. Brilla más que las demás y la luz que emite es agradable, relajante. A partir de este momento, el cielo en sí me parece aburrido. Y sólo quiero observar la belleza de esta estrella.

Algo parecido ocurre a día de hoy, con todo. Por desgracia el ser humano no se puede caracterizar por la originalidad. Existen un número finito de personas originales, y un número infinito de copias de ellas.

Hoy en día da asco ser original. Un día apareces con algo nuevo, diferente, único. Y al día siguiente todo el mundo parece tu espejo. Ocurre en la ropa, la música, e incluso en las ideologías o pensamientos.

El problema, es que la copia, no aparece únicamente de lo bueno. Mejor dicho, el problema es que las copias sólo se realizan de lo malo. Que una persona aporta comida a un orfanato. Poca gente seguirá su ejemplo. Sin embargo, que alguien pide comida a un centro, y éste se lo facilita gratis. Al día siguiente, seguro, el centro cierra por sobredemanda de suministros.
Que ahora aquel tío es más hombre por llevar recta a su mujer a base de moratones... pues nadie va a ser menos.
Que entre la adolescencia lo que mola es llevar la navajita mariposa de mierda, todos con la puta aguja.

Esto es repugnante y pueril, en serio. Pasamos la mayor parte del tiempo copiando, y la otra parte del tiempo envidiando aquello que no podemos copiar.

Así nos va.

Neil.

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