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sábado, 1 de enero de 2011

WkW'11

La intensa niebla inunda la ciudad. Es tarde. Demasiado tarde como para que cualquier persona esté en la calle sin ninguna razón. La sensación de ira me acelera. No desvío la mirada bajo ningún concepto. Demasiada concentración como para entretenerme.

Huyo.

Huyo de la gente, de la situación, del agobio, del desespero, de la frustración, de los errores y lamentos, de las decepciones y del tiempo.

No quiero saber nada. Dejo atrás calles con la misma compasión que mostraría ante mi más temido enemigo.

No veo con facilidad. La iluminación no es suficiente en esta noche de tinieblas. Maldito invierno. Jodida noche.

Pero cualquier sitio mejor que en casa. Y más en una velada como ésta.

Quiero alejarme de todo aquello que me hace pensar en este año. En este jodido 2010. He perdido más que he ganado. Y lo que he ganado ha sido con esfuerzo. Sin embargo, perder, lo he perdido todo sin querer. Caprichoso destino.

Bajo ningún concepto quiero mirar atrás.

Poco a poco voy llegando. Me llevo la mano al bolsillo y saco un cigarrillo. "El primero del año".

La primera calada me teletransporta. Me invade por un momento una calma marinera impagable.

A lo lejos lo visualizo. Sonrío malévolamente. Y vuelvo a calar.

Mis pasos ganan en fuerza y firmeza. La brisa de la noche muere contra mi cara, cálida, a pesar del frío. No puedo evitar mantener el puño cerrado. No puedo evitar escabullirme de los pensamientos que drogan mi mente a base de sobredosis de fracasos. Fracasos que me hielan el alma.

Miro al cielo desafiante. No sé contra quien lucho, pero este año he sido derrotado, sin duda.

Observo el suelo. Una flecha y la palabra "Banco". Levanto la mirada y en él hay tres siluetas.

Desenfundo la máscara. Brillante, con olor a nuevo, más grande, elegante y sobre todo; temible. Con cuidado escondo mis ojos tras su majestuoso rostro.

Ellos también las tienen puestas. Qué prepotente perfección...

Por primera vez sentí algo muy distinto de lo que estaba acostumbrado a sentir cuando veía a Señor T, Erre y Jota. Con poses amenazantes, ocultos bajo las sombras. Una mezcla de oscuridad y seriedad me invadió. Por primera vez sentí responsabilidad. Y madurez. Algo había cambiado de repente.

Presentábamos un aspecto sepulcral. Las huellas del 2010 habían hecho mella en nostros. Intuía diversión, pero a diferencia del resto de veces, no la encontraba. Igual que a esa atmósfera de la que os he hablado a menudo. Ni rastro de aquellos elementos que nos caracterizaban.

Sin mediar palabra se levantaron. Me saludaron con un fúnebre abrazo y se pusieron en marcha.

En fila, los cuatro nos dirijimos de nuevo a la niebla de la ciudad. Yo, el último, presencié como mis hermanos se encapuchaban. Por un momento creí que el tiempo se había parado. Caminábamos lentamente hacia adelante, en silencio. Dispuestos a vengarnos. De todo, de todos.

WeekendWars 2011.

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