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miércoles, 3 de junio de 2009

Aquella noche.

Nos sonreímos malévolamente. Los dos sabíamos lo que significaba. Había llegado el momento.
Entramos con paso decidido en el establecimiento intentando evitar cualquier contacto visual con el camarero:

- Una botella de agua, por favor - pidió Señor T con su intrínseca voz grave.
- ¿Del tiempo o fría? - inquirió el hombre de detrás de la barra.
- Del tiempo. - respondí yo, riéndome para mí mismo. "Para lo que la quiero..."

Bebimos un trago mientras que el camarero se daba la vuelta para introducir el dinero en la caja. Y cuando se volvió...

Sin previo aviso sentí como una oleada de calor invadía mi cuerpo. Dentro de mí, estalló la guerra. Mi sangre, en un intento desesperado por alcanzar la libertad que le era prohibida, se rebeló contra sus opresores. El corazón, capitán general de tal sublevación, cargaba fervorosamente contra las costillas evocando una y otra vez el sonido de un gran bombo enloquecido. El sudor humedecía mi visión, las extremidades me temblaban y el pecho me ardía, cada vez más…

Lo siguiente que recuerdo fue salir corriendo del lugar. No sé como fue la trayectoria de la botella. No sé donde le impactó. Sólo recuerdo ver pasar a Señor T delante de mí, riéndose.

El resto de grupo empezó a correr calle abajo en cuanto salimos del lugar. Una huida normal, pensé. Sin embargo, algo me distrajo lo suficiente como para mirar detrás de mí. Ocurrió algo que rompió todos los esquemas y planteamientos previos. Esta vez debíamos correr no sólo para desaparecer de la zona evitando cualquier sospecha. Esta vez debíamos correr, para conservar nuestra integridad física. Sí, nos estaban persiguiendo. Y entonces, sentí que en mi cuerpo estallaba otra batalla. Nuestra víctima corria siguiendo nuestra estela. Noté en mis riñones un dolor agudo que provocó que mi mente se pusiera en blanco. Mis energías se concentraron en correr hacia delante, en no ser atrapado. Estaba sufriendo un subidón de adrenalina, la hormona que proporciona un plus de energía al cuerpo en situaciones de máximo riesgo. Esto era una ventaja. Pero aún así debía correr como nunca. Algunos de mis compañeros consiguieron saltar alguna valla a tiempo de que el hombre les viera, pero otros, entre ellos Señor T y yo, seguimos corriendo.

Al final llegamos a la playa. "Estamos salvados" pensamos todos. La oscuridad de la noche junto a la falta de luminosidad del pueblo, hacía que la playa presentara un aspecto de ausencia de luz, ideal para no ser encontrado. Tal era la carencia de cualquier resquicio de luz, que tuvimos que caminar lentamente para intentar que ninguno se perdiera.
Todo estaba oscuro y tenebrosamente silencioso. Podía escuchar como mi corazón retomaba el ritmo cardiaco normal.

Seguimos la avanzada. La situación era insostenible. Las calles estaban desiertas y nos encontrábamos en las antípodas de nuestro refugio. Debíamos cruzar todo el pueblo para llegar al refugio. Y el peligro, era máximo. Nos estaban buscando.

Tras varios minutos yendo por campos, y las auferas del pueblo, escondiéndonos de cualquier faro de luz de algún coche, por muy lejano que estuviera, llegamos a una larga calle.
Estaba totalmente desprovista de farolas y de edificios. Tenía huertos cerrados en una parte, y muros altos de piedra en la otra. Lo demás, carretera.

Las conversaciones fueron mínimas. No las teníamos todas con nosotros, no sabíamos que podía pasar. Estábamos concetrados en llegar al refugio. Caminábamos aceleradamente cuando de repente, se nos cayó el mundo encima. El sonido de varios coches derrapando mientras entraban por la calle, nos puso el corazón en un puño. La velocidad que llevaban fue suficiente como para acorralarnos en dos segundos. Eran ellos y nos habían encontrado. Un miembro del grupo consiguió escapar, pero ya era tarde...

Cinco personas bajaron del coche. Corrimos hacia otro lado, pero otro automovil hizo su aparición y nuestra retirada se vió frustrada por cuatro o cinco hombres más. La confusión y el miedo se apoderaba de nosotros. Nos encontrábamos en una diferencia numérica abrumadora y no podíamos pensar...
Huidas, el hombre empapado, gente, luces, miedo, tensión... Todo lo que recuerdo desde la llegada del coche son un conjunto de imágenes borrosas, significantes de la hostilidad del ambiente.

Aún hoy, se me ponen los pelos de punta al relatar esta historia. Creo que jamás podré describir realmente lo que pude sentir en cada uno de los momentos narrados, pero de lo que estoy totalmente seguro, es que si ahora estamos vivos, fue gracias al trabajo en equipo, la cooperación, y el esfuerzo de todos y cada uno de nosotros por salir adelante, las ganas de que no acabaran nuestras vidas en aquello, y porque no, las ganas de volver a vivir algo así. De volver a sentir los efectos del miedo y la excitación fusionados en nuestros cuerpos.

Memorias de WeekendWars.
Neil.

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