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viernes, 14 de octubre de 2011

Serenata inmortal.

Dicen que nuestras huellas dactilares no se borran de las vidas que tocamos. Supongo que algo parecido pasa con nuestros recuerdos. Que siempre estarán ahí, queramos o no. Tal vez si consiguiéramos eliminarlos dejaríamos de ser quienes somos. Como si extirparán de forma súbita nuestra identidad más personal.

Es bueno recordar. A veces.

Todos tenemos una historia oscura. En mayor o menor medida, todos guardamos en un cajón oxidado un puñado de lágrimas que una vez estuvieron en lo más profundo de nuestro alma deseando no ver la luz del sol nunca.

Es increíble cuanto cuesta que cicatricen las heridas. Y que poco que vuelvan a sangrar.

Eres otra persona. Todo ha cambiado e incluso te ves preparado para afrontar la vida de una manera distinta. Crees que a pesar de todo, algo has aprendido. Aunque no sepas muy bien el qué y todo lo que se te ocurra acabe en "no confiar nunca más en nadie".

Y sin embargo, una palabra o un simple aroma es capaz de someterte al viaje más doloroso que te puedas imaginar. Retrocedes en el tiempo en milésimas de segundos para situarte en un lúgubre salón, poco iluminado y bajo la supervisión de una inconsciencia manipulada por aquellos recuerdos que te prometiste enterrar.

El dolor de la atmósfera te envuelve. Sudas ácido de batería y una inminente claustrofobia apuñala tus pulmones. Ya has estado en ese lugar. Pero ya no estás en el mismo cuerpo. Entrecierras los ojos y te ves a ti mismo sentado en una silla con los codos apollados en las rodillas y las yemas de tus dedos acariciando tus sienes.

"Estaba llorando".

En el fondo del pasillo alguien chilla desesperádamente. Ves como ese que eras tú se levanta con torpeza, como si estuviera mareado, para dirigirse al lugar de procedencia. Te asombras de como eras. Consigues una visión más nítida de tu antiguo yo y te asustas. Los ojos, hinchados como consecuencia de una larga época de sufrimiento, carecen del brillo que siempre les caracterizó. Una cara en sí demacrada, con diferentes cicatrices y alguna en carne viva aún, complementan a un cuerpo pálido cuyas piernas deambulan sin destino.

Aporrean a la puerta. Insultos, gritos.

Ella sale del baño y se abraza contigo en medio del pasillo.

El corazón se te hiela al volverla a ver. Te acercas para verles mejor. Dos adolescentes sumidos en lo más profundo de un abismo sin retorno. Ella, entre sollozos le susurra a tu antiguo yo que ya están aquí, que van a por él. Y mientras, él le abraza con fuerza prometiéndole que algún día dejarán de sufrir.

Y entonces, una lluvia de recuerdos bombardea en ese momento tu mente. Sigues retrocediendo para verte a ti en tu primera pelea por ella, la primera vez que viste quién era realmente, la primera sensación de pánico, el primer momento después de un arrebato de ira...

Todos tenemos miedo. Existen miedos comunes como el que se tiene a la oscuridad, a las alturas... Esos se pueden superar, pero existen otros, como el miedo a volver a sufrir, a volver a ser traicionado, que siempre estarán ahí. Y que simplemente deberías intentar convivir con ellos.

Porque vuelven a aparecer. Incluso puedes llegar a tener una sensación de deja vú ante determinados momentos. Como si ya hubieras pasado por esto. Supongo que es así como me siento ahora. Tengo miedo de volver a vivir algo que ya he vivido y que por mucho que intente convencerme de que lo he superado, realmente no es así.

Hay días, en los que sin saber muy bien por qué, noto como si me escociera la piel en zonas en las que no hay más que eso; piel. Pero en las que, un día, hubo sangre.

Neil

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