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lunes, 28 de febrero de 2011

Saturday night.

A continuación os voy a contar cómo nosotros, WeekendWars, siempre vamos más allá de nuestras expectativas convirtiendo nuestras fantasías en una realidad absoluta. Y es que, la ficción es cuento comparado con lo que podemos hacer con la realidad.

Os sitúo; llevo un tiempo anclado en la oscuridad de la insatisfacción. Objetivos no cumplidos que vuelven en mi contra en forma de cadenas de metal. Sábado pasado por la tarde, mi esperanza de poder disfrutar de una plácida noche de fiesta con mis hermanos quedaba en el olvido. Todo estaba destinado a que volviera a quedarme abatido en mi humilde morada maldiciéndome por no haber logrado mis metas.

Sin embargo, y aunque no creo que sirva de precedente, las estrellas se alinearon iluminando mi camino. Veloz como el viento en pleno Atlántico, marco los seis números mágicos.

- Dime - pronuncia Señor T desde el otro lado.
- Esta noche, papá vuelve a la acción - susurro cual Stephen Hopkings en Hannibal Lecter.
- OH YEAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!!!!!

Pero como me ocurre últimamente, el destino se empeña en darme patadas. Y Erre, así como demás pilares elementales de nuestras risas en noches como esas, iban a faltar. Únicamente saldríamos Señor T, Jota y yo, además de tres fieles compañeros.

Señor T y yo no esperábamos ninguna gran noche. Ni si quiera nada más allá de pasar un par de horas en la intemperie con un cálido aliento a alcohol.

Tras unos minutos de agobio en el transporte público rodeados de almas con cadenas de oro y música latina, llegamos a un parque con intención de comenzar a beber. No diré que pretendía ahogar mis penas en la bebida, porque sería un tópico. Aunque la intención... existía.

Pero la decepción no duraría más de una hora. Una llamada lo cambia todo como ya había comprobado horas más tarde. La compañera de Jota nos invitaba a acercarnos al parque en el que ella se encontraba. Algo sin más relevancia que un simple saludo como protocolo social más.

Pero ya sabéis que en todo pastel que se precie como bueno, existe una guinda. En este caso, existían varias. Nuestra fiel cuñada estaba rodeada de hembras.

Ni dos minutos de reflexión hicieron falta.

Y a partir de aquí pido disculpas si algunos de mis recuerdos quedan invadidos por una inexorable niebla o laguna.

El camino hacia el lugar no lo hicimos nosotros, sino nuestras emociones, nuestra euforia.

Estábamos preparados. Tanto Señor T como yo veíamos la oportunidad perfecta de volver a demostrar quiénes éramos. Y, bajo ningún concepto, íbamos a defraudar.

Y entonces, allí estaban. Un cúmulo de personas que Jota señaló acompañado de un "Joder, cuántos son..."

Ni el número iba a poder conmigo esa noche. ¿Qué pasa, no habéis visto 300?

Me acerqué a la muchedumbre con paso firme y aspecto triunfador dejando a mis espaldas a mis acompañantes. Espalda recta, ligero roce con las yemas de los dedos en el cuello de mi casa para que se pegara a mi piel. Media sonrisa, cual estrella del rock, y guiño salvaje a la primera chica que me observó. Lo notaba, mi presencia les hacía sentirse inferiores, sumisas a mí.

Saludé a la compañera de Jota con poca atención. Mis presas aún vagaban libres por el viejo oeste. "Buenas noches, señorita" Así comenzaba mi conversación con todas. Se iban acercando, una tras otra, mientras que el resto de chicos que se encontraban con ellas me miraban con odio y fiereza. "¿Quién es él?" le preguntaba uno a otro. "No sé, pero me encantaría ser como él" decía su amigo.

Señor T y su intrínseco aspecto de viejo rockero con su chupa de cuero, apoyó la palma de su mano en mi hombro. Era la señal que esperaba, telepáticamente me estaba diciendo: "Qué empiece el juego, nene".

Al parecer, el motivo de tantos mortales juntos se debía a la celebración de un cumpleaños. Y claro, mis hermanos y yo somos personas muy educadas. Debíamos felicitar al cumpleañero. Tras un grito elegante, como es ella, de nuestra presencia femenina de WkW, un joven con aspecto inocente se acercó temeroso a nosotros, cual gacela que huele a un tigre presagiando una muerte rápida y fugaz.

Señor T, con un ligero empujón le introdujo en el pequeño círculo que Jota, nuestros 3 amigos más y yo ya habíamos formado. Claro, le esperábamos.

Le felicitamos. Hasta aquí todo bien, incluso noté en su sonrisa un proyecto de agradecimiento por dejarle vivir.

Iluso.

Me acerqué a él para susurrarle; "¿Cómo verías que nos invadieran los zombies? ¿Te gustaría?" Clavé mis ojos en los suyos y comencé a mover mi cabeza lentamente imitando al movimiento de las olas del mar.

La mirada del chaval cambió. El miedo estaba presente en su cuerpo. Temblaba y sonreía mendigando un perdón divino que le dejara marchar en paz, con su gente.

Señor T no estaba dispuesto a que se fuera sin más. Le agarró de un hombro, yo del otro y a la vez de mis compañeros. Empezamos a saltar obligándo al cumpleañero a saltar también. Gritábamos como hienas sonidos guturales y de ultratumba. Parecíamos enfurecidos y dispuestos a cortar cabezas.

El joven, quería evaporarse. Escapar de aquel lugar trágico para él y no volver en su puta vida a salir a la calle.

Tras descojonarnos y dejarlo marchar comenzamos nuestra rueda de reconocimiento. Todo estaba saliendo demasiado bien, estaba convencido de que no pondrían mucha resistencia en conocernos. Formaban un corrillo a nuestro alrededor para escuchar la increíble vida de Señor T y su visión de las justicia, de cómo arreglar el mundo. Otras, me buscaban para hacerse fotos. Mi imagen llenaría de color sus lúgubres paredes de habitación.

Y así pasaba la velada. Entre alcohol y hormonas femeninas, mi cuerpo era potente. Me sentía imparable. Estaba cachondísimo, para qué engañarnos. La sangre se atrincheraba en mi buque de guerra, preparado para sacar el valioso cañón de la virilidad.

Y entonces, aparecieron ellos.

Los Jinetes del Apocalípsis. Bajo sus vestiduras fúnebres, una luz divina procedente de artefactos futuristas, nos cegaban los ojos.

Y mis chicas comenzaron a correr en busca de un lugar en el que protegerse. Una de ellas, me suplicó que me fuera con ella, que me quería, que sin mí no estaría segura. Pero yo sabía dónde estaba mi lugar: varios metros más atrás, en el campo de batalla.

Me armé de valor para mirar a aquellos vidriosos ojos que me proponían una vida mejor, con una casita en el bosque, un par de hijos, o tal vez, tres y un pequeño huerto del que vivir para siempre.

- Algún día, volveré a verte mi Lady. Ahora, debo hacer lo que un hombre debe que hacer. - dije con semblante serio mientras me despedía de ella con un beso en su pálida frente.

Me giré desafiante. Unos cuantos ya habían cazado a mis amigos.

Un jinete se percató de mi presencia. Con un ligero movimiento de muñeca me invitó a acercarme a él para batirnos en un duelo a muerte.

Me agarró con fuerza, pero no la suficiente. Me esquivé. "Estarías muerto antes de tocarme" le amenacé.

Su ira creció, me embistió con fuerza. Pero conseguía volver a esquivarme. Por un momento, cualquiera que hubiera contemplado la escena creería estar viendo a dos bailarines en una perfecta sintonía.

Al final, la bestía me desarmó tras varios minutos de resistencia. Era mi fin, no dudaría en acabar conmigo. Pero algo les llamó la atención. Una amenaza procedente desde otro lugar de la ciudad hizo que perdieran el interés por nosotros. Se marcharon del lugar sin más.

Los gritos de júbilo invadieron el parque. Habíamos vencido.

Me acerqué corriendo en busca de mis hermanos. Tras comprobar que estaban bien, decidimos buscar a las hembras para informarles de nuestra victoria suprema.

Tambores de victoria guiaron nuestro camino al centro de actividad de la Ciudad.

Luces, pantallas luminosas, y música al más puro estilo Las Vegas. Allí estaban ellas.

Entramos al garito más mediático del lugar. Nuestros ojos se cruzaron. Su lengua se movió sensualmente acariciando su labio superior. Era el deseo de la sirena que ve a su pirata navegar sin temor en la tormenta perfecta.

Nuestras manos se juntaron. Acaricié su rostros. La música era hipnótica, y entre tanto movimiento me estaba mareando. Pero a pesar de todo, sabía que era el momento. Estaba cerca de sus amigas. así que no me lo podía pensar más.

Y con el comienzo de una nueva canción mi cuerpo explotó. Comencé a bailar con violencia moviendo mis brazos y piernas a lo bestia. Golpeé a varias personas de mi alrededor, incluso recuerdo escuchar un sonido seco, como cuando impacta una botella en el suelo.

Pero me daba igual. Era el jodido líder de la manada y mi danza sería la gota que colmaría el vaso para conquistar a esa gacela.

Bailaba y bailaba. El sudor caía por mi frente y podía escuchar los látidos de mi corazón.

Entonces, entró una escena otra chica. Que sin conocer a Señor T, éste fue capaz de seducirla hasta conseguir que la chavala perdiera el control de su esfinter. Empezó a rozarse vilmente contra mi compañero. Una hembra más que ardía gracias a nosotros.

Y la noche volaba. Rodeados de tías, Señor T y yo chocábamos nuestros cincos.

Lo que ocurriera a continuación forma parte de nuestra intimidad más íntima.

Poco más recuerdo además de fumarme el piti de la victoria ya en casa, tumbado en mi cama y con una sonrisa inconsciente mirando el techo. Qué gran noche. Qué grandes somos.

WeekendWars.

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