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lunes, 19 de octubre de 2015

Aquí vienen otra vez. (Nueva temporada)

Esta historia empieza como todas nuestras historias. Era de noche en La Ciudad. Las primeras chaquetas desafiando al invierno ya se dejaban ver y un silencio sepulcral se dejaba escuchar en los alrededores de lo que un día fue Banco. Nuestro Banco.

Ahora, nuestro refugio, era un montón de escombros y de hojas secas. Los nuevos Líderes del Capitolio seguían empeñados en destruir todo aquello que un día fuimos. Aunque muchas cosas habían cambiado, seguíamos siendo un experimento fallido de una sociedad que pretendió ser perfecta.

Nuestro recuerdo seguía imborrable en forma de noches de destrucción y caos en la mente de muchos ciudadanos. No nos habían olvidado. No nos habían dejado de temer. A pesar de todo. Y, a pesar del tiempo.

Es lo que tienen los héroes.

Y allí estaba yo. Mirando al manto de estrellas que cubría una de las primeras veladas de octubre y con esa extraña sensación que me erizaba el vello. Esa sensación. Ese "nosequé" intranquilo que recorría el cuerpo cuando una pequeña parte de mi ser ya era consciente de lo que iba a ocurrir. Los nervios de los grandes partidos. 

Un clic.

Un diminuto y pequeño clic sonando con la fuerza de un huracán en las entrañas de ese silencio sobrecogedor y antihumano.

Un clic ineludible y perfectamente reconocible.

"No es posible..." 

Acto seguido, una llama recorrió fugaz el espacio tiempo de mi alrededor iluminando durante milisegundos lo que parecía un paisaje aterrador. 

Era Satán.

- Pensaba que había muerto.- susurré como si quisiera que nadie me escuchara.
- Los viejos rockeros nunca mueren - me dijo Jota mientras posaba su mano en mi hombro en forma de saludo. 

Jota. El pilar sobre el que se había pavimentado durante años nuestro grupo no había resistido el paso del tiempo y mostraba un semblante más mayor y más preocupado.

- El tiempo no perdona. - comenté.
- Ni la sociedad...

Súbitamente un grito aterrador invadió nuestras entrañas calando muy hondo en nuestro yo más íntimo. El miedo nos atrapó durante los segundos que duró aquel sonido gutural y de ultratumba.

- ¿Qué coño ha sido eso? - dijo Erre llegando por detrás con cara de no entender nada.
- Ey, Erre. No sé... No tengo ni idea. - quería preguntarle sobre cómo estaba, pero aún estaba en shock.

Nos dimos un abrazo sentido y una sonrisa en forma de "no hace falta decir mucho más."

- ¿Crees que vendrá? - me preguntaron Jota y Erre prácticamente al unísono.
- Espero que sí. Pero hay que atraerle.
- ¿Estás seguro? He escuchado cosas... - contestó Erre.
- Yo también.- se sumó Jota.
- ¿Qué? ¿De qué diablos estáis hablando?
- A ver, Neil... sabemos que has intentado no leer los medios y que no quieres creer en nada que vaya en contra de lo que tú piensas... pero... - decía Erre.
- No está bien, Neil. Dicen que ha cambiado. - seguía Jota. - Prácticamente ya no tiene el control de lo que hace. Está en busca y captura. Ha provocado el caos en multitud de lugares, ha protagonizado peleas y ha quemado demasiados edificios. Neil... por favor, deja de creer en él. Ya no es el mismo.

No podía más y agarré del cuello a Jota encarándome con él.

- Mientras yo esté aquí, no volveréis a hablar de él así. Es mi amigo. Y es vuestro amigo, aunque lo hayáis olvidado. Así que os diré lo que vais a hacer. Vais a meteros por el culo toda esa mierda y vais a confiar en él como siempre hemos hecho. ¿Entendido?

Jota se zafó de mí mirando hacia otro lado.

- Seguidme. Hay que atraerle.- les dije sin mirarles y encarrilando mi camino.

Después de varios minutos caminando llegamos a la entrada.

- ¿Qué hacemos aquí?
- Es el edificio más alto de la ciudad. 
- Lo sé, ¿y?
- Pues que sólo funcionará aquí.- sentencié.

Una vez en la azotea me encendí un Chester y miré la hora. Pasaban más de las doce y La Ciudad lucía tranquila y preciosa desde las alturas. Me acerqué hacia un montículo en el centro tapado con una manta. Ahí estaba. Quité la manta y lo observé. Me había quedado muy bien.

Jota y Erre abrieron la boca sin mediar palabra. Me encantaba. Realmente estaba disfrutando el momento.

- No puede ser...
- Enciéndelo. Vamos... ¡enciéndelo! - comentó con júbilo Erre. 

Le di al botón, apunté al cielo y... tras unos segundos de un motor revolucionándose, el gran foco de luz iluminó el cielo como jamás lo había visto.

Y entonces, el gran cañón dibujó un círculo y una T majestuosa, impresionante, planeando sobre las estrellas.

Y ahí vino otra vez. Esta vez en forma de multitud. Miles de gritos suplicando ayuda. Y una explosión que desembocó en otra mucha más grande en un rincón de la ciudad.

La locura comenzó a apoderarse de las calles. Coches volcando, gente huyendo.

Y de entre las profundidades de los callejones algo emergió hacia el reino de los cielos.

¿Una nave?

No.

Era un caza. Su caza con pinturas de Piratas.

Explosiones y fuegos artificiales por doquier mientras aquél reactor hacia piruetas cual cometa volada por un niño en una playa.

Era él.

Señor T. 

Haciendo lo que mejor sabía hacer.

DESTRUIR.

PROVOCAR EL CAOS.

ANIQUILAR.

- Preparaos. - grité con firmeza mientra sacaba de mi mochila tres máscaras de payaso. Nuestras máscaras. - Hay ciertas cuentas pendientes que cobrar.

- ¡Aquí vienen otra vez!- chilló una niña desde la calle señalándonos.

Sonreí.

Sí. Aquí estamos otra vez.

Memorias de WeekendWars.
Temporada 2015-2016.

Neil.

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