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jueves, 17 de octubre de 2013

Historia de un principio y ¿un final?.

Viernes. 23:05h. Febrero 2009.

- Erre, ¿dónde vas? - pregunta Señor T mientras se termina su hamburguesa.
- ¿Habéis visto a esos de ahí? Les voy a saludar.
- ¿Los conoces?
- No.

Señor T me dedica una mirada de incertidumbre. Le sonrío a modo de respuesta. Por alguna extraña razón sé que saludar no es precisamente lo que va a hacer Erre. 

- Podría esperarse por alguna vez en su vida a que me termine el menú entero...- refunfuña para sí mismo Señor T sosteniendo una patata.

Suelto una carcajada y miro al cielo por un segundo. Hace frío, y la noche es demasiado de invierno, muy oscura y triste. Pero me encanta. Es viernes por la noche, y eso significa que no hay nada mejor. Llevamos varios meses repitiendo la misma rutina cada viernes. Unas cuantas hamburguesas en alguna calle tranquila de La Ciudad, un ameno paseo destrozando el material mobiliario urbano, una parada en el 24h para comprar cantidades industriales de bollos y la culminación de la noche en Banco con un relajante Chester.

A decir verdad, no sé cómo empezó todo. Por casualidad, como las grandes historias, supongo. Pero como lo agradezco. Erre, Jota, Señor T y yo nos hemos convertido en muy poco tiempo en un grupo. El grupo. No tenemos ningún tipo de similitud entre nosotros pero somos el equipo perfecto. Y lo mejor es que salir con ellos es salir a no saber muy bien qué puede ocurrir, pero tener la certeza de que algo (y nunca me hago expectativas de lo grande que va a ser, porque las superaría holgadamente) va a ocurrir. A priori, podría parecer que somos como somos por diversión. Es cierto. Nos lo pasamos genial. Pero va más allá. Mucho más. El sistema ha cambiado. Sumergidos en una vorágine de impersonalidad el mundo se ha convertido en un lugar aséptico. Cada persona que pasa por nuestro lado es solo un ente más del plan. Trabajar para vivir, y poco más. Como una manecilla en un reloj. Siempre constante, siempre lo mismo, hasta que la pila ya no pueda más y las horas dejen de avanzar. 

A modo de broma, solemos decir que somos el experimento fallido de una sociedad que pretende ser perfecta.

Mi monólogo interior se ve interrumpido por un grito gutural, atroz y enérgico. Cual dragón que ruge desde las profundidades del abismo de su cueva, Erre hace una exhibición magistral de toda su capacidad pulmonar en mitad del silencio. Seguido de varios gritos de miedo, veo como unos chavales corren por la calle a una velocidad sólo equiparable a la que puede alcanzar tu cuerpo cuando huyes de un Kraken. 

Señor T explota en forma de carcajadas hasta el punto de patalear fervientemente el suelo. Le acompaño en la jugada y de forma involuntaria se me escapan un par de aplausos. Aplausos bien merecidos, por cierto.

Erre irrumpe de nuevo en la calle con los brazos en cruz y mirada desafiante. Cual gánster que acaba de arrasar en un tiroteo y viene a buscar su recompensa. Con una sonrisilla de suficiencia se sienta al lado de nosotros, estirando exageradamente las piernas y simulando estar cansado.

- Sólo pretendía ser amable y mirad... - dice Erre, aparentemente decepcionado.

- Qué hijos de puta.- sentencia con voz firme Señor T mientras le da varias palmaditas de ánimo.

Como el surrealismo de éste tipo de conversaciones ya no me sorprende, les propongo seguir dando un paseo. Más que nada porque es de esperar que Erre haya despertado a medio vecindario.

- Joder, Erre, ahora me tengo que comer las patatas mientras camino. Y así no hay quién haga la digestión en condiciones.- ahora resulta que Señor T está enfadado. Cuidado.
- Qué pesado estás con las patatas, búscate curro en algún burguer y así puedes atiborrarte hasta reventar. - respondo exasperado.
- No, tío. Que esa vida es muy dura... - dice Señor T de forma muy misteriosa. Como si supiera de lo que está hablando con una exactitud científica. Hasta donde yo sé, no ha trabajado en su vida.

Pasamos varios minutos andando con tranquilidad por las inhóspitas calles mientras Erre nos detalla qué caras pusieron los chavales al verlo. Al parecer, nuestro compañero se escondió en la esquina de una calle paralela y, sin previo aviso, apareció de entre las sombras corriendo y gritando tras ellos.

Le invitamos con mucho gusto a un cigarrito, porque se lo ha ganado, y de forma solidaria le acompañamos con dos más para nosotros.

- ¿Vamos al 24h? Tengo en mente una bolsa de magdalenas de chocolate que son crema - pregunto.
- ¿¡AHORA!? ¡¿PERO NO VES QUE AUN NO ME HE TERMINADO LAS PUTAS PATATAS, HIJO DE LA GRAN PUTA?! ¡ES QUE PARECES GILIPOLLAS! - grita Señor T. Definitivamente ha entrado en modo esquizofrénico histérico paranoide, y antes de que pueda mandarle a tomar por culo se lía a puñetazos con una papelera mientras le chilla "¡TU MADRE CHUPA POLLAS EN EL INFIERNO!".

Erre se retuerce de la risa hasta el punto de doblarse y formar un ángulo de noventa grados perfecto respecto al suelo. A mí también me da la risa. Señor T es tan especial que la única manera de soportarle es aceptando sus delirios psíquicos. 

Cojo aire para soltar una nueva carcajada cuando de repente todo cambia. Al final de la calle en la que acabamos de entrar, vemos a unos catorce o quince chavales formando una una línea. Se trata más que de una calle, de un callejón peatonal bastante estrecho, por lo que ocupan el total del ancho. Sus poses y la forma que tienen de mirarnos nos indican que nos están esperando. Puedo distinguir entre ellos a los chavales de antes. Sí, definitivamente somos lo que están buscando

Son demasiados para nosotros, pienso. Algo que Señor T materializa diciendo:

- Vale, corred.

Dicho y hecho. Estallamos en forma de zancadas largas hacia el centro de La Ciudad. Otra vez, pienso con rabia para mí mismo cuando Erre me adelanta. En principio, debería ser físicamente imposible que Erre pudiera ser más rápido que Señor T o yo, más que nada porque ambos nos dedicamos a deportes aeróbicos y Erre lo más deportivo que hace en su día a día es bajar las escaleras del instituto. Sí, digo bajar, porque en mi puta vida lo he visto subir las escaleras para ir a clase. Simplemente aparece allí sentado, y ya está. Bueno, lo que digo es que por alguna extraña razón solo explicable por Ciencia sólo aplicada en la NASA, en todas nuestras huidas Erre nos saca muchísimos metros de ventaja.

Miro hacia atrás distraído para ver a Señor T, que cómo no, sigue con el dichoso tema.

-¿VES? ¿LO VES? ¡NUNCA! ¡EN MI PUTA VIDA ME DEJAIS ACABARME UNA SIMPLE BOLSITA DE PATATAS FRITAS! ¡¡¡¡¡ME CAGO EN DIOS YA, COOOOOOOÑO!!!!! - y empieza a lanzarlas con vehemencia a la gente que se le va cruzando. Acto seguido empieza a descojonarse cual hiena, lo cual me sirve para recordarme que igual debería hablar seriamente con él sobre lo de asistir a ayuda profesional y personalizada. Un psiquiatra, vamos.

El cúmulo de gente comienza a hacerse mayor, así como las amplitudes de las calles. Suficiente. Hemos perdido a Erre. No tenemos tiempo para detenernos y mirar con atención, así que nos escondemos tras unos coches. Vemos a nuestros perseguidores pasar de largo.

- Seguro que ellos no han perdido a Erre de vista. - le comento a Señor T con la respiración entrecortada.
- Somos una mierda de amigos, no me lo voy a perdonar jamás, ahora le descuartizarán, le abrirán en canal y esparcirán sus órganos en alguna cuneta.
- No me refiero a eso. Digo que sí no le han perdido de vista, nos llevarán hacia Erre.
- Es verdad. ¡VAMOS!

Al final recuperamos a Erre y acabamos aquella noche como debía acabarse, en Banco. Recuerdo que hacía muchísimo frío y apenas hablábamos, tal vez exhaustos de correr, o preocupados de no malgastar energía. El reproductor de canciones del móvil de Señor T sonaba de fondo como compañía perfecta. Y, entonces, una canción que nos envolvió y nos hipnotizó. 

- Vaya, está genial la canción, ¿cual és? - preguntó Erre.
- Si te digo la verdad, no sé muy bien como se llama... tengo tanta música que no creo que haya escuchado todas las canciones...- responde Señor T toqueteando el móvil.- Oh - y ríe Señor T - Tíos, se llama Weekend Wars.

Han pasado cuatro años desde aquello. Demasiadas historias, y, en los últimos tiempos, demasiadas idas y venidas de los miembros de WkW, muchos amagos de desaparición del grupo, y lo que es peor, la clara evidencia de nuestra decadencia. Y sin embargo, hoy es un día raro. Señor T se va a la Guerra. Desaparecerá durante meses a miles de kilómetros de aquí, preparándose para la batalla. 

Nos hemos despedido y multitud de recuerdos me han bombardeado mi inconsciente. La verdad es que odio las despedidas, pero sobre todo más si se trata de un hermano. Pero una parte de mí, y aun no soy consciente de lo que grande que quizá sea esa parte, me dice que esto no es el final de WkW, sino un nuevo comienzo. 

Es una forma esperanzadora de ver el futuro más próximo. No lo sé, pero como siempre pasa cuando se trata de nosotros, es mejor no prever ni esperar nada, simplemente ser consciente de que algo va a ocurrir, y estar preparado.

Desde aquí, mi más sentido Hig5 a Señor T en su nueva etapa. 

Estaremos esperándote en Banco.


Neil.


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