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miércoles, 21 de diciembre de 2011

El cielo se apaga, las nubes se levantan. Volverá a llover. Una vez más. Es la tormenta final.


Termina el año bajo la sombra de una tempestad. Avanza sin piedad destruyendo todo cuanto nubla su paso. Se acerca a mí. Y, aquí estoy. Esperando la última batalla del año. Ha llegado la hora de cambiar todo aquello que me persigue.



No sé si he vuelto a cometer los mismos errores que hace un año. Ni siquiera sé si algo saldrá bien.

Cada noche te deseo. Deseo que vengas ya. Siento el tacto de tu fuego enredado en mi alma. La rabia de tu ser lloverá sobre mi piel. Lluvia ácida. Quemarás cada resquicio de infierno que alguna vez invadió mi mente. Tenía ganas de encontrarte y tú, siempre te girabas. Recobras el rumbo para reírte de mí por última vez. Tu mirada es el veneno de alguien que jamás cumplió sus sueños. Yo, un niño desterrado de su suerte, busco en algún lugar aquello que me prometiste. Y descubro que lo tienes tú. Mi pasado y mi presente, mi futuro y todo aquello que necesito. Aprieta los dientes, apriétalos bien. Yo supongo, que ya sabes que desde que te ví, te quiero aquí. Dándome guerra. Lloverás sobre mí. Asfixiame. Lo que quieras y como quieras. Son tiempos de guerra. Mi propia guerra espiritual.

Neil.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La Comunidad del Anillo.

(continuación de Las dos torres)

Tras varios minutos sin decir nada, me levanté con pesadez. No tenía fuerzas ni para moverme. Cogería mis cosas y me marcharía de nuevo a la montaña. Olvidaría mi vida e intentaría comenzar otra nueva, alejado de todo aquello que me retuviese un minuto más en ese maldito lugar. Acaricié las cabezas de mis compañeros a modo de despedida y me alejé rápido hacia el coche.

Al llegar allí, alguien me esperaba apoyado en una de las puertas.


- ¿Tienes miedo? - preguntó desafiante.
- Sí. - contesté sinceramente. ¿Quién era?
- No lo suficiente.

Se acercó confiado, puso su mano sobre mi hombro y me miró fijamente a los ojos. Era un adulto, de unos treinta y pocos años, pero sus ojos eran profundos y denotaban el cansancio de alguien que nunca había vivido momentos de paz.

- Sé quién eres. Esto no ha terminado. Para ellos - señalando en un rápido movimiento con la mano al lugar por el que había venido - puede que sí. Pero para ti no.

- ¿Qué quieres? - susurré con un tono de tensión en mi voz.
- Tienes que acompañarme. Buscas Vendetta y yo también. No va a ser fácil...
- ¿Por qué debería confiar en ti?
- Porque no te queda a nadie más. Porque no tienes otra opción - habló con contundencia - Esto acaba de empezar. Bienvenido a la Comunidad del Anillo.

Neil

Las dos torres.

(continuación de El Retorno del Rey)

La misma ciudad, los mismos rincones, pero diferentes sensaciones. El silencio que atestaba el lugar me hizo pensar desde el primer momento que algo no iba bien.

Encapuchado y enmascarado bajé del coche, expectante. No muy lejos de donde me encontraba algo debía de estar pasando. Con pies de plomo e intentando contener la respiración avancé sigilosamente por aquella siniestra calle atestada de minúsculas partículas de agua que daban forma a la densa niebla que chocaba contra mi ser.

Una voz alertó mi ritmo cardíaco. A pocos metros de mí, dos siluetas me observaban. Una chispa procedente de un mechero fue suficiente como para tranquilizarme. La luz de Satán siempre era bienvenida.

Reconocía a la perfección cada silueta de esos dos rostros. Abatidos,exhaustos, descansaban en el suelo. Dos torres imponentes destruidas. Había llegado demasiado tarde. Respiraban con dificultad. Un charco de sangre rodeaba la pierna de uno de ellos. Me derrumbé. Nada. Todo había terminado. Las dos torres habían caído. El abismo de la oscuridad cayó súbitamente sobre mi alma desgarrando a su paso mi pasado.

Todo estaba perdido, pensé.

Neil.

jueves, 8 de diciembre de 2011

El Retorno del Rey.

Era tarde. Lo suficiente como para que la oscuridad de la noche invadiera hasta el último centímetro de mis pupilas. El frío calaba mis huesos y comenzaba a notar cierto hormigueo en mis dedos. Perdido en el abismo de la inmensidad de una montaña nevada, la cabaña de madera no era suficiente para sentirme seguro.



Desde la pequeña ventana de la habitación podía discernir una hilera de luces naranjas muy difusa. La ciudad dormía tranquila. El silencio, tan extraño para mí, golpeaba mis oídos expectantes ante cualquier estímulo relevante que considerara distante de la normalidad.

Ciertos pensamientos inoportunos recorrían ahora mi inconsciente, bombardeándome con recuerdos cargados de una densa nube de dolor. Una decisión que había cambiado mi vida y la de mis seres queridos. Frustrado por la desesperación y anestesiado por la impotencia mi incandescente alma comenzaba a despertar. Una imagen proyectada con una claridad impresionante en el umbral de mi materia gris electrizó hasta la última molécula vital de mi cuerpo. En un intento inconsciente por retenerme mis manos se aferraron alrededor de mi pelo. Consumido por las cenizas de una pasado prometedor que había acabado con todo lo por lo que había luchado en un tiempo anterior. El conflicto estaba en mi interior. Y la palabra "volver" azotaba con una fuerza suprema mis costillas.

No tenía mucho en el pequeño refugio. Un par de prendas, mantas y algún que otro cigarrillo. Un atisbo de esperanza iluminó mi rostro. Tal vez... Sí. Corrí hacia al armario y con violencia aparté cualquier objeto que interrumpiera la búsqueda de mis ciegas manos. Un tacto familiar rozó con calidez la yema de mis dedos. Con un rápido movimiento saqué del olvido aquél objeto tan característico. Asombrado, como siempre, por su increíble majestuosidad presencié ante mí el recuerdo de un yo anterior, pasado. Acaricié su superficie invadiéndome por el aroma de pintura y plástico que le representaba. Lenta, muy lentamente, volví a ocultar mi rostro. Por última vez.

Miles de sensaciones recorrieron mi cuerpo. Podía notar la sobredosis de adrenalina que mi cuerpo me estaba regalando para la última batalla. Cual fénix que vuela fervorosamente sobre sus próximas víctimas volví a a creer.

Una inconfundible parte de mí regresó apagando a su paso el miedo y el dolor. La fiereza de alguien que reclamaba el lugar que jamás debió de haber perdido y el valor que nace de la desesperación. La tormenta que por fin llegó.

Volví a mirar a la civilización. Sonreí siniestramente. Nadie podía negar el retorno del Rey. En algún de ese cúmulo de edificios contaminados por el sistema, se estaba librando una batalla. Una guerra que acabaría con todo aquello que una vez quise. Con todos aquellos que un día confiaron en mí.

El rugido inconfundible del motor de mi coche aceleró mi ritmo cardíaco. Era el momento y el lugar. Las cuentas pendientes con mi pasado iba a quedar saldadas para siempre.
Neil