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lunes, 28 de noviembre de 2016

La leyenda renace. (Nueva temporada)

Ha pasado tanto tiempo, guapito, que ni yo mismo podría describir en una vez todo lo que ha discernido sobre nosotros a lo largo de este año. Sí, vale, hay ciertas cosas que son inmutables en el tiempo como es el hecho de que seamos insultantemente sublimes. Pero, eh, leed este alegato de falsa modestia: no todo es tan genial como siempre. ¡Pum! Ya está, ¿habéis visto?, joder soy asquerosamente humilde. 

Bueno, a lo que iba, ¿os acordáis de toda la movida que tenía Señor T? Ya sabéis, en plan que estaba apartado por la naturaleza humana capaz de no tolerar aquellos experimentos fallidos y entonces cuando estábamos en la más profunda miseria con el Capitolio acechando llega él con un reactor nuclear a un tiroteo y nos salva. Pues, joder, prestad atención porque la cosa empeoró muchísimo más:

Hacía frío. Y llovía. Llovía como uno de esos días en los que tienes la sensación de que el cielo va a quebrarse en cualquier momento. Un manto de agua cubría cualquier resquicio de visibilidad posible a escasos metros. No tenía más remedio que caminar lentamente entre los escombros de lo que antaño pareció ser un lugar feliz sobre el que vivir. 

A medida que avanzaba mi camino el tiempo se ponía peor, principalmente porque comenzaba a anochecer, así que, o me daba prisa o la oscuridad me alcanzaría en mitad de la calle. Y no era un riesgo que estuviera dispuesto a asumir. 

Había pasado mucho tiempo desde la noche del Capitolio. Aunque vencimos, las fuerzas del Imperio son inquebrantables. La guerra estaba perdida. Podíamos ganar una y las batallas que hicieran falta, pero la guerra no. Jamás. Ellos no lo permitirían.

Y me estaba quemando por dentro. Odiaba esa sensación. La derrota. El no poder acabar con un sistema ineficaz que eliminaba a aquellos que sobre salían de lo normal.

Tanto mis hermanos de WeekendWars como yo nos vimos obligados a huir en busca de refugio en las Altas Montañas tras haber escuchado el rumor de que La Resistencia, o lo que quedaba de ella, se escondía en algún lugar de aquel lejano y frío muro de montañas.

El rumor era cierto. La Resistencia convivía en un pequeño poblado pavimentado sobre un valle recóndito. Era un buen lugar, a decir verdad. Vivíamos rodeados de skylines de rocas y sólo si mirabas hacia arriba podías atisbar algo de luz natural. No obstante, la recompensa era la seguridad de tener un refugio, una casa, un hogar.

Sin embargo, era importante que llegara a casa antes de que cayera la noche. La visibilidad se reduce a cero y no es la primera vez que alguien se ha perdido en la oscuridad.

Los chicos estaban en el interior del refugio de madera cenando cuando llegué.

- ¡A buenas horas, chaval! - gritó Señor T mientras me lanzaba el plato de mi cena contra la cara. Pude esquivarlo de pura casualidad pero el cacharro se hizo pedazos y toda la comida quedó desperdigada por el suelo. Maldita esquizofrenia paranoide del bueno de T.

- He pasado todo el día en el mercado negro. Pero, nada. - comenté abatido mientras me quitaba la mojada chaqueta - Con este tiempo es imposible conseguir nada. Los contrabandistas no pueden prácticamente moverse. 

- Bueno, da igual. Aún quedan cervezas de sobra. Hablando de cervezas, a está le iría bien un buen chorro de whiskey - decía Erre señalando la bebida que tenía en la mano.

- ¡Joder! ¡HOSTIA! ¡Y TANTO QUE LE IRÍA BIEN! - Señor T había tomado unas cuantas por lo que parecía - Trae la puta botella antes de que saque la pipa y le meta cuatro tiros.

Hice una mueca y me subí a mi cuarto. ¿En qué diablos se habían convertido? 

Avanzaba escalones al tiempo que en el piso inferior la fiesta comenzaba. Señor T y Erre ya tenían la música a un altísimo volumen mientras emitían sonidos guturales y disparaban con sus pipas a todos los rincones de la casa. No tardaron en venir las patadas a los muebles y las típicas discusiones que nacían sin venir a cuento entre los dos:

- ¿A QUE ME MATO AQUÍ MISMO, PAYASO? - vociferaba Señor T sosteniendo un cuchillo de untar mantequilla de forma amenazante sobre su yugular.

En fin. En estas situaciones lo mejor era que Señor T encontrara el camino hacia la paz por sí solo. Es muy suyo y odia que alguien le pida que se relaje. De todos modos Erre tampoco acompañaba:

- Pégame una patada en las costillas a ver si lo noto - insistía Erre. Al parecer había decidido que era una buena idea gastar 24 rollos de papel higiénico en convertirse en una especie de momia.

Antes de llegar a mi cuarto me pasé a saludar a Jota, que estaba en el suyo viendo Netflix tapadito con una mantita.

- Es súper coherente que tengamos internet. - murmuré para mí.

- Madre mía, qué guapo este capítulo. - decía muy emocionado Jota.

No hablé más con él. Me marché a mi habitación y me sumí en la más profunda desidia.

¿Qué éramos? ¿En qué nos habíamos convertido? 

Nos habíamos rendido. Habíamos perdido la esperanza. ¿En serio? ¿Eso queríamos para el resto de nuestras? ¿Vivir así?¿Escondidos y resignados a morir en un lugar abandonado con poco más de doscientos habitantes?

Pensé en todo lo que habíamos luchado. En todas aquellas historias. En cómo nos convertimos en los héroes de una generación que luchó por nosotros. Porque creyó en nosotros.

Me levanté súbitamente cual serpiente que huele a carne fresca. 

Abrí mi viejo armario de madera de roble y busqué.

Me podía la ansiedad. ¿Qué fue de aquello?

No es que tuviera un armario demasiado grande, pero sí tenía muchos trastos y cajas con recuerdos y ropa.

Y, entonces, ocurrió.

¿Alguna vez os habéis enamorado a primera vista? Esa sensación de flechazo cardíaco que invade las entrañas de tus átomos. Sientes como el tiempo se detiene y el universo deja de expandirse. Sólo estás tú y esa persona. Y, no sabes muy bien por qué, pero lo sabes. Estás hecho para estar a su lado.

Eso es lo que sentí, exactamente, cuando mis dedos alcanzaron aquellos trozos de plástico maltrechos. Aquellos símbolos. De guerra.

Las observé boquiabierto. Miles de recuerdos impregnaron cada atisbo de mi materia gris. Vellos de punta. Corazón a mil.

Levanté en el cielo mi máscara. Era preciosa.

Salí de mi cuarto. Los ruidos no habían terminado y, al parecer, Jota también se había unido a la fiesta.

No me lo pensé. 

Volví a enfundarme mi máscara de payaso. Volví a guarecerme tras la oscuridad de un rostro que enmudece y aterra. Una mirada que eclipsa tu sangre y congela tus pulmones.

En cuanto aparecí en el salón, todo se detuvo.

Vi cómo me miraban. Sin parpadear.

Y ocurrió.

- Ha llegado el momento de salir ahí fuera y ser aquello para lo que hemos nacido. Volverán a temernos. Volverán a tenernos pánico. Señor T, ¿qué día es hoy? - susurré.

- Viernes noches. - dijo muy lentamente disfrutando de cada sílaba.

Sonreí. 

- Poneos vuestras máscaras. Nos vamos de caza.

Memorias de WeekendWars.
Temporada 2016/2017

lunes, 19 de octubre de 2015

Aquí vienen otra vez. (Nueva temporada)

Esta historia empieza como todas nuestras historias. Era de noche en La Ciudad. Las primeras chaquetas desafiando al invierno ya se dejaban ver y un silencio sepulcral se dejaba escuchar en los alrededores de lo que un día fue Banco. Nuestro Banco.

Ahora, nuestro refugio, era un montón de escombros y de hojas secas. Los nuevos Líderes del Capitolio seguían empeñados en destruir todo aquello que un día fuimos. Aunque muchas cosas habían cambiado, seguíamos siendo un experimento fallido de una sociedad que pretendió ser perfecta.

Nuestro recuerdo seguía imborrable en forma de noches de destrucción y caos en la mente de muchos ciudadanos. No nos habían olvidado. No nos habían dejado de temer. A pesar de todo. Y, a pesar del tiempo.

Es lo que tienen los héroes.

Y allí estaba yo. Mirando al manto de estrellas que cubría una de las primeras veladas de octubre y con esa extraña sensación que me erizaba el vello. Esa sensación. Ese "nosequé" intranquilo que recorría el cuerpo cuando una pequeña parte de mi ser ya era consciente de lo que iba a ocurrir. Los nervios de los grandes partidos. 

Un clic.

Un diminuto y pequeño clic sonando con la fuerza de un huracán en las entrañas de ese silencio sobrecogedor y antihumano.

Un clic ineludible y perfectamente reconocible.

"No es posible..." 

Acto seguido, una llama recorrió fugaz el espacio tiempo de mi alrededor iluminando durante milisegundos lo que parecía un paisaje aterrador. 

Era Satán.

- Pensaba que había muerto.- susurré como si quisiera que nadie me escuchara.
- Los viejos rockeros nunca mueren - me dijo Jota mientras posaba su mano en mi hombro en forma de saludo. 

Jota. El pilar sobre el que se había pavimentado durante años nuestro grupo no había resistido el paso del tiempo y mostraba un semblante más mayor y más preocupado.

- El tiempo no perdona. - comenté.
- Ni la sociedad...

Súbitamente un grito aterrador invadió nuestras entrañas calando muy hondo en nuestro yo más íntimo. El miedo nos atrapó durante los segundos que duró aquel sonido gutural y de ultratumba.

- ¿Qué coño ha sido eso? - dijo Erre llegando por detrás con cara de no entender nada.
- Ey, Erre. No sé... No tengo ni idea. - quería preguntarle sobre cómo estaba, pero aún estaba en shock.

Nos dimos un abrazo sentido y una sonrisa en forma de "no hace falta decir mucho más."

- ¿Crees que vendrá? - me preguntaron Jota y Erre prácticamente al unísono.
- Espero que sí. Pero hay que atraerle.
- ¿Estás seguro? He escuchado cosas... - contestó Erre.
- Yo también.- se sumó Jota.
- ¿Qué? ¿De qué diablos estáis hablando?
- A ver, Neil... sabemos que has intentado no leer los medios y que no quieres creer en nada que vaya en contra de lo que tú piensas... pero... - decía Erre.
- No está bien, Neil. Dicen que ha cambiado. - seguía Jota. - Prácticamente ya no tiene el control de lo que hace. Está en busca y captura. Ha provocado el caos en multitud de lugares, ha protagonizado peleas y ha quemado demasiados edificios. Neil... por favor, deja de creer en él. Ya no es el mismo.

No podía más y agarré del cuello a Jota encarándome con él.

- Mientras yo esté aquí, no volveréis a hablar de él así. Es mi amigo. Y es vuestro amigo, aunque lo hayáis olvidado. Así que os diré lo que vais a hacer. Vais a meteros por el culo toda esa mierda y vais a confiar en él como siempre hemos hecho. ¿Entendido?

Jota se zafó de mí mirando hacia otro lado.

- Seguidme. Hay que atraerle.- les dije sin mirarles y encarrilando mi camino.

Después de varios minutos caminando llegamos a la entrada.

- ¿Qué hacemos aquí?
- Es el edificio más alto de la ciudad. 
- Lo sé, ¿y?
- Pues que sólo funcionará aquí.- sentencié.

Una vez en la azotea me encendí un Chester y miré la hora. Pasaban más de las doce y La Ciudad lucía tranquila y preciosa desde las alturas. Me acerqué hacia un montículo en el centro tapado con una manta. Ahí estaba. Quité la manta y lo observé. Me había quedado muy bien.

Jota y Erre abrieron la boca sin mediar palabra. Me encantaba. Realmente estaba disfrutando el momento.

- No puede ser...
- Enciéndelo. Vamos... ¡enciéndelo! - comentó con júbilo Erre. 

Le di al botón, apunté al cielo y... tras unos segundos de un motor revolucionándose, el gran foco de luz iluminó el cielo como jamás lo había visto.

Y entonces, el gran cañón dibujó un círculo y una T majestuosa, impresionante, planeando sobre las estrellas.

Y ahí vino otra vez. Esta vez en forma de multitud. Miles de gritos suplicando ayuda. Y una explosión que desembocó en otra mucha más grande en un rincón de la ciudad.

La locura comenzó a apoderarse de las calles. Coches volcando, gente huyendo.

Y de entre las profundidades de los callejones algo emergió hacia el reino de los cielos.

¿Una nave?

No.

Era un caza. Su caza con pinturas de Piratas.

Explosiones y fuegos artificiales por doquier mientras aquél reactor hacia piruetas cual cometa volada por un niño en una playa.

Era él.

Señor T. 

Haciendo lo que mejor sabía hacer.

DESTRUIR.

PROVOCAR EL CAOS.

ANIQUILAR.

- Preparaos. - grité con firmeza mientra sacaba de mi mochila tres máscaras de payaso. Nuestras máscaras. - Hay ciertas cuentas pendientes que cobrar.

- ¡Aquí vienen otra vez!- chilló una niña desde la calle señalándonos.

Sonreí.

Sí. Aquí estamos otra vez.

Memorias de WeekendWars.
Temporada 2015-2016.

Neil.

sábado, 20 de septiembre de 2014

14/15

- ¡JOE, HACKEA EL SISTEMA DE UNA MALDITA VEZ! - grité. - ¡SE ACERCAN! ¡NECESITO QUE BLOQUEES TODAS LAS PUERTAS O ENTRARÁN EN EL EDIFICIO! - Sabía que debía mantener la calma. De momento, las cosas estaban saliendo según el plan establecido. El Capitolio era nuestro, su líder estaba amordazado y las fuerzas de seguridad habían sido destruidas. Pero no podía dejar de mirar a través del gran ventanal del despacho principal. Era de noche, llovía a cántaros, pero al fondo de la calle podía distinguir multitud de luces. Se acercaba un ejército. Venían a defender el asalto a La Ciudad.

- ¡Sí, señor! Hago todo lo que puedo. Vamos por el 75%, señor. - podía sentir como se le quebraba la voz de los nervios.

En el fondo de la sala se encontraba Mike limpiándose una enorme brecha que se había hecho en la frente.

- ¿Estás bien? - me acerqué a él, interesándome.

- Sí, señor. Es un corte de nada. - dijo esbozando media sonrisa.

Mientras tanto, Sarah apuntaba con su pipa al Líder mientras le amenazaba con volarle la cabeza sino dejaba de moverse.

Y ahí estaba yo. Rodeado de tres chavales. Muy preparados en la teoría, pero inexpertos en la práctica. Jóvenes, inocentes, y con miedo. Pero con ambición y con disciplina. Sabía que en el futuro liderarían a la Resistencia en cuanto yo ya no pudiera. Pero de momento, aún les quedaba mucho por aprender, y aquello no era el mejor campo de entrenamiento del mundo.

Las cosas habían cambiado. Estábamos echando el resto. O vivíamos para contarlo, o moríamos como héroes.

Por desgracia, yo ya no era el mismo. Me había hecho mayor. Hace unos años luchaba con mis hermanos en guerrillas urbanas, y ahora era el líder de La Resistencia. Era su esperanza. Confiaban en mí, y vendrían conmigo hasta el fin del mundo.

Pero yo no dejaba de pensar en mis hermanos. En WeekendWars. 

Desaparecieron años atrás cuando las cosas comenzaron a ponerse feas. El Imperio les capturó dicen los rumores. Otros dicen que murieron. Pero la realidad es que en una de las batallas más horribles que recuerda el País, ellos desaparecieron. Perdimos muchas vidas en nuestro bando, pero la de ellos me consumió. 

Me pasé semanas y meses vagando por todo el país. Buscando pistas, datos, lo que fuera. No podía rendirme. Me infiltré en las mismísimas cárceles del Capitolio. Pero nada. Jamás les volví a ver. Y mientras tanto, la Resistencia perdió fuerzas.

Cuando volví de mi búsqueda, estaba irreconocible. Más delgado y débil. Y sobre todo, más mayor y viejo. Como si de repente, veinte años hubieran caído sobre mis espaldas.

BOOM!

Una gran explosión me hizo volver a la realidad. Habían lanzado una granada, pero había caído en la planta de abajo.

Miré por la ventana. Maldita sea, ya estaban a menos de quinientos metros y parecían centenares. Y nosotros sólo eramos tres. Era una misión suicida, y no quise traer a más gente de la necesaria. Habíamos perdido muchas vidas en el asalto a la Ciudad y al Capitolio, y ahora solo quedábamos Mike, Joe, Sarah y yo. 

- Joe, ¿cuánto queda? - pregunté impaciente.

- Vamos por el 85%, señor...

- Mike, Sarah, preparaos. - anuncié con firmeza.

Sabía que probablemente ese sería nuestro fin. Volví a armarme y cogí por última vez mi vieja máscara.

"Que el fin del mundo me reciba peleando por La Resistencia" dije para mí mismo, y miré por el objetivo de la francotiradora para alcanzar al primer enemigo.

De repente, algo ralló el cielo iluminándolo por completo durante dos segundos acompañado de un grave sonido que molestaba muchísimo.

- ¿Qué coño es eso?

Las tropas enemigas también parecieron desconcertarse pues frenaron su marcha mirando al cielo.

- Sea lo que sea, no es de ellos - comenté extrañado. - No perdáis la concentración, estad atentos a todo.

Y entonces, todo comenzó a ir mucho más lento. El tiempo se congeló, y desde las profundidades de los cielos, de entre las tinieblas de la tormenta, un enorme CAZA acorazado emergió majestuoso posándose enfrente del gran ventanal.

- ¡CORRED, JODER, CORRED COMO SI NO QUEDARA MAÑANA! NOS VAN A DISPARAR - grité con todas mis fuerzas mientras me ponía a cubierto esperando el estallido final.

BOOM!

Una enorme explosión de color rojo y de estruendo invadió cada resquicio de nuestra alma.

Pero seguíamos vivos, y el edificio intacto.

"¿Pero qué...?" Corrí hacia el gran ventanal. El caza estaba lanzando misiles a diestro y siniestro contra las tropas enemigas.

- ¿Quién coño es ese? - chillaba Sarah histérica.

Por primera vez en mi vida, yo no tenía respuesta. Estaba bloqueado deleitándome del increíble baile de ese caza en el cielo lanzando fuego cual Fénix que resurge de sus cenizas.

En una de sus piruetas, el caza volvió a apuntar hacia el edificio. No podía ser... 

En la cabina de esa máquina habían tres soldados con máscaras de payasos.

Las máscaras.

Sus máscaras.

Erre, Jota y Señor T estaban ahí.

Pude ver como Señor T se ponía una especie de mando cerca de la boca y comenzaba a hablar... y le podía escuchar. Yo y todos. Al parecer el Caza llevaba un enorme megáfono.

- Muy bien, señoritas, quiero decirles que hoy van a morir. Así qué, comenzad a correr, porque me encanta jugar al perro y el gato. Sólo que vosotros sois hormigas Y YO SOY UN PUTO KRAKEN HIJOS DE PUTA.

El Caza volvió a ascender haciendo piruetas imposibles en el aire al tiempo que disparaba misiles a una velocidad de vértigo.

Y ante mí, el cielo se iluminaba de fuego mientras la voz de Señor T resonaba en todos los rincones de la ciudad. Se estaba, literalmente, descojonando.

Sonreí. Como hacía años que no lo había hecho.

Estaban vivos.
Habían vuelto.
Y eran imparables.

Memorias de WeekendWars.
temporada 2014 -2015.

Neil.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Nueva temporada.

Miro hacia un lado y al otro. Estoy impaciente. 

Entre el gentío, consigo discernir el sonido lejano de una sirena al tiempo que varias gotas de lluvia mueren contra el firmamento. Reacciono ajustándome la chaqueta.

Una extraña sensación de déjà vu invade de forma opresora mi mente. Afilo media sonrisa nerviosa y me pongo de pie.

Miro el móvil. Es la hora, y es el día. 

La sirena cada vez es más cercana y esa extraña sensación de "esto ya lo he vivido" se impone sobre mi calma.

Maldita sea, debería estar ya aquí.

Bajo la guardia y un cúmulo de recuerdos invaden mi inconsciente. Ha sido un año duro, distinto y distante para el grupo. Nuestra vida cotidiana ha germinado en cada uno de nosotros de forma vil e invasiva. Sin tiempo para destacar, sumidos en la niebla de nuestro día a día, nos hemos convertido en títeres de esta putrefacta sociedad. Como peones, hemos sucumbido a las reglas. 

Un grito me devuelve a la realidad. Enfrente de mí la gente corre hacia un lado y otro. Huyen.

Hipnotizado, avanzo. Como si no pudiera detenerme. Como si no tuviera otra opción.

Veo la marca en el suelo, y me recuerdo a mí mismo con diecisiete años pintándola sobre el pavimento. 

Acelero el paso para ir a tono con mi respiración. 

Sé que estás aquí. 

El panorama no mejora con la cercanía. Varias papeleras están ardiendo al tiempo que la gente grita como si no quedara mañana mientras corre despavorida.

Y ahí estoy yo, en el medio del drama, observando con atención. Nada. 

Qué extraño.

Y entonces, algo ocurre. Alguien, encapuchado, sostiene algo en la mano na unos metros de mí. Parece tranquilo y ajeno al miedo generalizado.

Está de espaldas, no puedo ver su rostro. Pero tengo la ligera sensación de saber de quién se trata.

El corazón se me acelera.

Corro hacia a él.

Cabrón, jodido y enfermo cabrón de T, jaja.

El encapuchado se gira y nos miramos. Todo se detiene. Como si todo se congelara de repente, no doy crédito a lo que está ocurriendo. El encapuchado es un adolescente. Me hace un gesto de silencio con el dedo al tiempo que se ajusta la capucha y huye por un callejón. La policía llega en ese instante y varias personas acuden enseguida a informarles de lo ocurrido. 

No me lo puedo creer...

Vuelvo con la mirada ausente y la mente vacía a Banco. Apesadumbrado y confundido. La realidad del momento me abruma por completo. Nos hemos hecho mayores, demasiado.

Me siento de nuevo en la madera a esperar a Señor T. Miro hacia el cielo y pienso en que ya nunca volveremos a causar miedo ni a provocar el caos de esa forma. Todo lo que fuimos, se fue. Y, nos guste o no, deberíamos a empezar a asumir lo que es y lleva siendo nuestra vida desde hace un año.

Al final todo contra lo que luchamos en su día, pudo con nosotros.

Miro hacia el horizonte, sin mirar. 

Pero algo llama mi atención.

Una sombra enorme, gigantesca, se adentra por la calle arrasando con el tráfico, devastando y aniquilando los árboles y las aceras.

¿Pero qué...?

Sin saber muy bien qué hacer, me quedo paralizado.

Se acerca cada vez más.

¡Oh, Dios mío!

Un tanque. Un enorme, ostentoso y monstruoso tanque se está abriendo paso por la mitad de la calle destrozando todo lo que interfiere en su camino. La multitud huye aterrorizada. Los coches, al intentar escapar, colisionan unos contra otros mientras el monstruo sigue avanzando sin piedad. Muchos optan por bajar del coche y huir. 

Unos cuantos coches comienzan a sumergirse en un infierno de llamas. Otros comienzan a explotar. Explosiones encadenadas que envían bolas de fuego enormes a los edificios adyacentes.

Una nube enorme de humo negro inunda el cielo. Hay destrucción por donde mires, y las explosiones continúan. 

Los primeros ladrillos de los edificios caen contra el suelo. Gente en los balcones pidiendo ayuda. Oigo ruegos a Dios. 

Por el oeste consigo distinguir múltiples sirenas azules y naranjas. El paisaje es dantesco.

Hay lloros y gritos. Miedo. Miedo de verdad. Miedo de gente que teme morir. Y caos, sobre todo caos.

Entrecierro los ojos. Alguien está sentado encima del tanque, sosteniendo una bandera con una mano.

Una bandera con una máscara de payaso.

Nuestras máscaras.

El tanque se detiene a pocos metros de donde me encuentro. Señor T está encima de él, bebiendo una cerveza y riéndose de esa forma tan suya.

- Perdona el destrozo, Neil. Pero Erre tiene un concepto de la orientación espacial muy distinto al nuestro. Disculpa que hayamos llegado tarde también, pero un tipo insistía en que no podía dejar el tanque parado en doble fila mientras compraba tabaco por no se qué movida de ilegalidad...

No podía creérmelo. Estaba embobado viendo a Señor T encima de ese cacharro. Era la evolución final. Su último juguete metalizado. Su última montura. Había nacido para ir encima de tanques bebiendo cerveza, y ahora lo sabía. 

- Bueno, ¿qué? ¿Subes? Tengo que informarte del plan. - dice con un tono siniestro y misterioso. El tono de que algo grande va a pasar. El anuncio que precede la destrucción. 


Memorias de WeekendWars. Septiembre 2013 - 2014.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Indestructibles.

He hablado en incontables ocasiones del trágico devenir que irrevocablemente nuestra forma de entender el mundo traería aparejada. Era una amenaza con expectativas de convertirse en un hecho. 

Desde el principio:

          Durante el curso pasado un conjunto de profecías comenzaron a germinar entre nosotros. Dudas, remordimientos e inquietudes que tomaban forma con el paso de los meses. Siempre por delante del resto, un paso más en cada jugada, intuíamos que algo ocurriría tarde o temprano. Súbitamente y con olor a hiel la base de nuestras relaciones sociales explotaría. Detonaría sin compasión cada gramo de nuestra alma, siendo la resignación el único consuelo para seguir adelante.
   
          Nuestra maldita capacidad para ser soberanamente sensibles a cualquier tipo de estímulo externo nos avisaba de que mantener los ojos abiertos no sería suficiente. Las cosas estaban cambiando demasiado rápido. Era como una suave brisa que nacía desde las profundidades del horizonte y se acercaba sigilosamente hacia la costa. Un pequeño viento que acariciaba nuestras hectáreas de paz proporcionándoles una reconfortante seguridad. Y, sin embargo, la realidad era que se trataba de una alarma. Un aire desconocido, que venía del mar y avisaba de la inminente tormenta apocalíptica que aniquilaría nuestra pequeña sociedad. El eco de las sirenas confirmaban nuestros peores presagios. Abducidos y descontrolados, nuestros seres más cercanos comerciaban con su materia gris a cambio de una pequeña dosis de placer. Inhibidos de toda capacidad de decisión y subordinados a las ilusiones de la razón, se dejaban llevar por esa hipnótica melodía marina.

          La Destrucción se acercaba imperial y majestuosa sobre su carroza de maquillaje y pinturas de laboratorio hacia nosotros. Mostrando su mejor sonrisa y vistiendo sus más llamativas prendas, nos desafiaba en nombre de los demás. Los cimientos de nuestra sociedad yacían sobre un lecho de llamas y la tormenta no había hecho más que empezar.

         Sufrí, acorralado y de forma desleal el precio del veneno más dulce y mortífero jamás inventado por el hombre. Envuelto en una oscuridad sepulcral fui desterrado de los cielos y condenado a muerte en el infierno. El juego estaba en marcha, el efecto dominó arrasaría con todo y yo fui la primera pieza en caer.

        Los días calurosos continuaban. Destrucción seguía hipnotizando a todo ser inflamable mientras que mis hermanos y yo asistíamos impotentes a la escena final. Me refugié en la oscuridad de la noche y me alejé lo máximo posible de ese sentimiento desesperanzado. Pero, incluso la aparentemente inquebrantable tranquilidad de la noche puede ser destruida.

         Y entonces, todo explotó bajo la siniestra sonrisa de La Destrucción. Fuimos traicionados, juzgados y repudiados al más profundo ostracismo momentáneo. Los títeres nos convirtieron en el objetivo enemigos. Calumniados y mentidos, la impecable manipulación de aquél ser monstruoso consiguió evaporar todo aquello en lo que una vez creímos. Acusados de todos los problemas, amenazados y extinguidos a la más profunda soledad, WeekendWars se vio envuelto en la vorágine psíquica más surrealista jamás vivida. 

        La historia se remonta hasta ahora, donde en el día de hoy seguimos combatiendo con los fuegos que quedan de la explosión. Somos conscientes de que intentan acabar con nosotros. A pesar de no conocer el motivo, nos hacemos a la idea de que, tal vez, no nos quede más remedio que volver a la acción.

        Digo volver, porque hasta ahora no habíamos visto la necesidad de actuar una vez más. Suficientemente capaces de soportar cualquier toxicidad social con un poco de verborrea llegamos a un punto en el que el enemigo nos quiere aniquilar como símbolo. Luchamos solos. Como siempre. Pero se acerca el invierno, y con él, las sombras, las tinieblas y el miedo. Miedo. Durante una época fue vuestro sentimiento más habitual. No os acordáis de él, pero tengo la sensación de que estáis a punto de recordarlo.

          Caballeros, hubo un tiempo en el que nos unía un juramento. Ha llegado la hora de volver a darle cumplimiento. 


                                                 WeekendWars.


Septiembre 2012-2013.

Neil.

jueves, 12 de enero de 2012

Origen.

Existen millones de historias. Con tramas de todo tipo. Con emoción, dramáticas, graciosas. Con sus finales felices y sus comieron perdices. Con sus suspenses o fáciles de prever. Pero historias, al fin y al cabo. Historias que viviremos o escucharemos, que comprenderemos o que sin más aceptaremos. Pasarán por nuestra vida, terminarán y sin que nos demos cuenta, estaremos inmersos en una nueva.

Sin embargo, sólo aquellas historias capaces de cambiar el rumbo de nuestras vidas tienen el privilegio de pertenecer a la eternidad. De ser recordadas para siempre.

Chicos, esta es la historia de cómo éramos antes de WeekendWars.

Todo comenzó antes, mucho antes de lo que estábamos dispuestos a imaginar. Sólo que es ahora, años después, cuando somos capaces de situar en el tiempo un principio.

Apenas pasaba del metro veinte pero siempre estaba por las alturas. Literalmente. En el rincón del fondo del aula, T se encargaba de provocar rebeliones de todo tipo. Nos arengaba, sin venir a cuento, a gritos mientras el profesor impartía sus lecciones consiguiendo que la clase se alzara en un caos infernal e imposible de parar por cualquier adulto. Siempre estaba hiperactivo. Por aquel entonces su voz comenzaba a destacar respecto a la de los demás. Su maquiavélica risa iba acompañada, sin excepción, de bolígrafos voladores, aviones de papel kamikazes o insultos muy bestias a la típica niña gordita de clase con gafas redondas.

Nos llevábamos bien, pero desde la distancia. Era el típico niño del cual ninguna madre quería oír hablar. El único que sabía más de la cuenta y nos iluminaba a todos con sus ilustradas sabidurías sobre sexo, violencia o alcohol.

Con el tiempo, su personalidad se fue trazando mediante golpes contra el pavimento. Su necesidad de desplazarse sobre una montura se vio satisfecha con la adquisición de un monopatín. Y entonces, aquel chico comenzó a parecerse cada vez más a un skater californiano de la vieja escuela. Con su melena por el cuello y sus vans, T asentó las bases de lo que sería en un futuro no muy lejano.

El skate se convirtió en el medio que justificaba el fin. Alcanzaba velocidad con el monopatín y entonces, irradiado por la magia de la aceleración y la adrenalina, se empotraba contra cualquier objeto potencialmente susceptible de ser destruido con un fuerte golpe.

A partir de ese momento, el resto se fue escribiendo solo. Cada día se levantaba de la cama con el objetivo de ir más rápido, de chocar más fuerte. Nada podía detenerle. Pero aún así, le faltaba algo. Un compañero de viajes, un alma gemela.

Y ahí estaba. Erre.

Sentado a cuatro mesas de él, Erre tenía la capacidad de poner cara de niño bueno y sonrisa angelical mientras sus manos fabricaban de una simple rama una estaca de madera por debajo de la mesa

Se escondía en los rincones más insospechados para aparecer de la nada chillando y causando verdadero pavor a los más pequeños del cole. Si el profesor le regañaba, éste se encontraba su casillero destrozado.

Era capaz de crear una bronca incluso en el ambiente más pacífico. Y nunca le faltaban ideas. Macabras.

Tanto T como Erre estaban predestinados a encontrarse. Sin embargo, el destino es caprichoso y los separó para estudiar en lugares distintos.

Mientras tanto, yo conocí a Jota en el instituto. Éramos chicos normales, estudiosos y con muy buena fe. Jota sigue igual, pero yo me pregunto en qué momento de la historia comencé a degenerarme tanto mentalmente. Supongo que eso es otra historia…

T se hizo con una nueva montura. Más grande, más animal, metálica y veloz. Se enfundó una chupa oscura de cuero y su mente, como su sangre, adquirió el mismo tono que el hollín. Su formación terminó. Era temerario, desafiaba a las leyes de la física en cada recta y su adrenalina se acumulaba cada vez más en una sociedad que pretendía ser perfecta. Completamente contaminado de ineptos, su desintoxicación sólo era posible cuando descargaba su ira contra alguna indefensa mesa de instituto. Pero nadie le entendía. Incluso una vez alguien le miró mal. Una vez.

Erre creció ganando dinero a costa de sus compañeros de clase con todo tipo de juegos de cartas. Les enseñaba también a sobrevivir en la calle. Yo de vez en cuando me dejaba seducir por sus planes, y la verdad es que aprendí mucho acerca de cómo mover los brazos para correr más rápido en una huída, qué criterio de calles elegir, cuánto tiempo hay que esperar escondido, qué tipo de arco debe describir tu brazo al lanzar un huevo contra un ventanal.

Así pues, T y Erre se separaron en el colegio y maduraron por separado. Sus vidas no tenían nada que ver entre sí, pero les unía su forma de vivirla. O de destruirla, depende de cómo se mire, claro.

Y un día, el día menos pensado, me sorprendo marcando el número de T en el teléfono para verlo por la noche. Se suman Jota y Erre y tras una buena velada de bolos, nada volvió a ser lo mismo.

Nos convertimos en un grupo inseparable. Estábamos en completa armonía y nada nos detenía. Nos hacían felices las pequeñas cosas y disfrutábamos de la vida como lo hacíamos de cada calada de Marlboro de los viernes. Todo era fácil. Es cierto que hemos causado mucho pánico. Y que incluso hoy me pregunto cómo coño es posible que nos salváramos de todas. Pero, en el fondo, lo realmente importante era que todo nacía sin ser forzado. Por eso lo pasábamos tan bien. Porque nunca podíamos esperarnos qué iba ocurrir. Pero teníamos la certeza de que ocurriría.

Lo siguiente que viene lo sabéis de sobra: noches de broncas, peleas, huidas, caos, destrozos, fuego (muchísimo fuego), alcohol, drogas, escenas de sexo que ni volviendo a nacer tendríais posibilidad de ver en directo… pero sobre todo, un pasado inolvidable. No es algo de lo que presumamos, pero pasan los años y mientras escucho como han sido las adolescencias de mis más allegados, pienso en la mía y me parto el culo. Sublime.

Ya no somos ni la mitad de lo que fuimos. Yo he asentado la cabeza, he descubierto que no está mal salir sin volver a casa con una multa, que a veces todo es más complicado de lo que parece, que está bien enamorarse, conocer gente nueva… en fin, esas cosas que hace la gente normal. Y pasarán los años, iré trajeado por alguna gran ciudad con una café para llevar en una mano y el bolso de los niños en otra, y no seré como los demás. Seré uno de WeekendWars. Y seguramente, me seguiré poniendo en alerta cuando escuche la sirena de algún coche azul. Y, seguramente, seguiré sabiendo cómo actuar ante una situación de peligro. Y, con toda probabilidad, seguiré estando orgulloso de ser quién un día fui.

Memorias de WeekendWars: Historia de un principio.

Neil.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Líder.


Nadie sin talento es capaz de cambiar el rumbo del mundo. Se necesita carisma y una mente privilegiada.

En los más profundo de tus entrañas, dónde no eres más que un puñado de órganos depurando la mierda que te metes al cuerpo, está tu verdadero yo. Por mucho que digas que quieres a alguien, eres el primero en alejarte de su charco de sangre. Y aunque creas que no tienes miedo, te engañas.

Un árbol en llamas ilumina la alineación de estrellas de esta silenciosa noche.

Mañana lloverá y las temperaturas bajarán. No salgan de sus casas, quedénse tomando chocolate caliente y viendo la tele.
Pero la radio se detiene. Una melodía siniestra y psicodélica acabar de invadir todas las emisoras. Los neurotransmisores reaccionan al instante y las concentraciones de potasio y litio se elevan exponencialmente.

Embaucados, los balcones se atestan de familias que sin saber muy bien por qué se ven ante la necesidad de mirar que está pasando en la calle. Poco pueden ver, la iluminación de las aceras ha desaparecido.

Elevan sus cabezas al cielo y ven por primera vez las estrellas. Muchos se preguntan que está pasando. Como si el mundo se hubiera detenido. "Dormid, dormid... es sólo una noche más" dice una voz lejana.

Al día siguiente nadie habla de ello. Los periódicos ni lo mencionan. Pero está ahí. Esa sensación de que algo ocurrió en una noche de Noviembre más. Veo sus ojos, la incertidumbre decora sus párpados.

Por las calles de la Universidad todo sigue contaminado de la misma mierda de siempre. Proyectos de futuro que siempre se quedarán en eso, y gente con talento desperdiciándolo en una partida de poker.

Señor T me acompaña en mi rutinario paseo verpertino cuando algo llama nuestra atención. Un grupillo de estudiantes se acerca a nosotros rápidamente con sonrisas de metal y de nicotina. T les detiene con un gesto y allí se quedan, esperando a que sea él quien vaya a ellos. Detecto admiración en las palabras de los chavales. Le miran fascinados. Agudizan la oreja esperando algún consejo de mi colega o simplemente el beneplácito por alguna buena acción.

Un par de chicas cuchichean entre ellas envueltas por risas nerviosas. Se tocan el pelo y dibujan una flecha que señala a T con las puntas de sus pies.

Señor T les arenga y cada palabra suya es un himno para ellos. Se preparan para una batalla contra otra facultad y toda su esperanza está despositada en mi colega.

Seguimos nuestro camino. Nos alejamos de ellos poco a poco, pero algo nos vuelve a detener. Están gritando al unísono. Nos giramos para ver qué está pasando. Miran a Señor T, con las manos en forma de alabanza mueven sus cuerpos hacia delante y atrás mientras cantan "Líder, líder...".

Cual general a su ejército, Señor T levanta su mano en forma de saludo y continúa hacia la tormenta perfecta con aire de viejo rockero.

Sólo se trata del principio.
Atentos.

Neil.

viernes, 4 de noviembre de 2011

"Tú,...

...si estás leyendo esto, el aviso va dirigido a ti. Cada palabra que leas de esta letra pequeña inútil, es un segundo menos de vida para ti. ¿No tienes otras cosas que hacer? ¿Tu vida esta tan vacía que no se te ocurre otra forma de pasar estos momentos? ¿o te impresiona tanto la autoridad que concedes crédito y respeto a todos los que dicen ostentarla? ¿lees todo lo que te dicen que leas? ¿Piensas todo lo que te dicen que pienses? ¿Compras todo lo que te dicen que necesistas? Sal de tu casa, busca a alguien del sexo opuesto. Basta ya de tantas compras y masturbaciones. Deja tu trabajo. Empieza a luchar. Demuestra que estás vivo. Si no reivindicas tu humanidad te convertirás en una estadistica. Estás avisado..."

El Club de la Lucha.

sábado, 22 de octubre de 2011

Viernes noche

Dos palabras. Tan sólo han hecho falta esas dos palabras para recordarme quién soy, o más bien quién era, y en quién me he convertido. Y es que hoy cobran más significado que nunca.

Mientras unos cigarrillos se consumían entre nuestros dedos, y la suave cerveza se deslizaba coquetamente por nuestras gargantas, Neil y yo hemos recordado unos viejos tiempos ( no tan viejos) en los que aquella misma noche era algo casi rutinario...y cómo todo, en apenas un mes, ha cambiado.
Al mismo tiempo que el gas de mi pálida bebida me hacia cosquillas mientras la ingería, otro tipo de cosquilleo recorría mi cuerpo al volver a proyectar en mi mente todo lo ocurrido desde la última vez que osé presentarme ante vosotros. El inicio de la Universidad, aquel objetivo antaño lejano, ahora es una maldita realidad que, aun siendo evidente que representa un cambio positivo en mi vida, ha trastocado y generado una frustración que desgraciadamente, conozco muy bien. WeekendWars como tal está dejando de existir. El súbito e inevitable distanciamiento entre los miembros del Tridente me genera una melancolía difícil de conllevar. Aun así, he tratado de paliarla como he podido; o bien manteniendo el contacto todo lo posible, o bien tratando de "simular" salidas casuales con mis actuales compañeros de forma que se asemejen un poco a lo que antes vivía cada semana. No he de excederme con los detalles de que la personalidad de WkW resulta extraña para gente externa al grupo y como todo lo extraño, crea desconfianza...y miedo. Así pues, estos se aterraron al ver un árbol en llamas, formando una gran T de Fuego.
Por otro lado, la marcha de Erre a un lugar lejano, muy, muy lejano, resultó muy deprimente en su momento, y aún nos está costando de asimilar. No es fácil perder a alguien así durante tantísimo tiempo. Además, la puta expectativa de que las cosas no van a cambiar en mucho tiempo no mejora la situación.
Pero a todo hay que verle el puñetero punto de vista positivo, o al menos eso es lo que me dice siempre mi compañera. Hoy, Neil y yo hemos hecho algo más que tomar unas cervezas juntos y hablar amistosamente. Hoy hemos recordado lo que se siente al volver a vivir un Viernes noche. Recorrer las calles de siempre, en la oscuridad de siempre, el frío de siempre... y la agradable sensación de que somos sublimes. Comentar que, pese a nuestros cambios vitalicios, los ineptos siguen rodeándonos en cualquier ámbito de nuestra vida cotidiana y que también, pese a nuestros cambios de vida, hemos acabado otro magnifico viernes noche como siempre hemos hecho, juntos, y pensando en como volver a ver un sano y prominente árbol de nuestro vecindario siendo pasto de las llamas, formando una gran T de fuego.
Los vientos de cambio aúllan cual lobos territoriales a su luna. Una nueva era se avecina. Y WeekendWars le daremos la bienvenida...


A nuestro modo

jueves, 1 de septiembre de 2011

Nueva temporada.

Cabizbajo garabateo mi nombre en la tierra. Suspiro, miro al cielo, y vuelvo a bajar la cabeza. Cómo han cambiado las cosas en dos meses, pienso. ¿Y hasta qué punto pueden seguir cambiando? Sin pena ni gloria el verano se ha terminado prácticamente. Será fácil olvidarlo. Nada especial que comentar. Hasta el punto de que por un momento he llegado a pensar que mi vida, nuestras vidas, no eran más que el reflejo de una sociedad marchita y contaminada que se pudre a una velocidad de vértigo.

Pero hoy me he despertado con una sensación olvidada. He perdido la noción del tiempo, de los días. Y sin embargo, mi inconsciente es la única razón por la que sigo despierto. No deja de trabajar nunca. Y yo me alegro, porque sin él no habría mirado el calendario.

Nuevo mes. Septiembre.

Una melodía siniestra aleja mis pensamientos. Atraído de forma hipnótica me acerco al sonido. No parece estar muy lejos.

Una guitarra suena en Banco. Acelero el paso.

Y ahí está. Todo se detiene, incluso mi respiración. Nos miramos y vislumbro sus colmillos de forma fugaz en lo que a mi me recuerda a una sonrisa muy familiar. Con pose desenfadado acurruca su vieja guitarra en su chupa de cuero.

- Llegas tarde - comenta jovialmente mientras se levanta para abrazarme.
- Y aún así soy el primero - respondo en el mismo tono.
- Espera - termina de forma misteriosa Señor T.

Quería preguntarle, hablar. Tenía tantas cosas que decirle, quería saber otras tantas más.

Pero no me dio tiempo a articular las cuerdas vocales. Una explosión a unos pocos metros de nosotros seguido de un par de fuegos artificiales despejó todas mis dudas.

Sobre un coche ardiendo se encontraba 1021 con los brazos en cruz, encapuchado y mirando al cielo amenazante. Tras él, fuego.

Sin tiempo para buscar una explicación razonable Erre y Jota emergieron de las cenizas que la destrucción letal estaba dejando a su paso. Cargaban con grandes bolsas negras que debido a la cantidad de cosas que llevaban dentro no se había cerrado del todo.

Sobresalía un par de bates, máscaras, indumentarias negras.

Había pasado todo el verano a la sombra, viviendo de noche y durmiendo de día. Me había separado de ellos lo suficiente como para no entender nada de lo que estaba ocurriendo. Comprendí que era demasiado evidente mi desconcierto. Algo que hacía disfrutar a Señor T, siempre fan de las primeras impresiones.

El sonido de las ambulancias y los coches de policía comenzaban a hacerse notar unas calles atrás.
Lo lógico habría sido que 1021 bajara del coche y que nosotros comenzaramos a correr.

Pero definitivamente las cosas habían cambiado del todo.

En vez de eso, 1021 se giró hacia donde procedía el sonido mientras que fugazmente sacaba algo de su chaqueta. Le prendía fuego y lo lanzaba al cielo.

Más fuegos artificiales que simbólicamente sólo podían significar una cosa: estamos aquí, venid.

Erre y Jota, ya con nosotros, comenzaron a sacar lo que portaban en las bolsas. Un par de chaquetas negras, nuestras queridas máscaras, bates, petardos...

- Vamos, vamos - gritaba 1021 que ahora sí venía hacia nosotros. No era un grito desesperado, sino de entusiasmo.

- Por fin algo divertido - reía Erre.

Y así es como comienzan las grandes historias. Tal vez no las de la gente normal, pero sí las nuestras. Hemos vueltos, estamos aquí. Y tú lo tienes que saber.


We party rock.

WeekendWars 2011 - 2012

martes, 19 de julio de 2011

Encargando una máscara más.

Aparentar ser quiénes no somos siempre es difícil. Buscamos aprender del resto de mortales que nos rodean. Sus gestos, sus miradas. Todo es importante para saber como debemos comportarnos. Para intentar pasar desapercibidos.

Mantenemos una vida normal. O eso intentamos.

Tenemos nuestro trabajo, nuestros estudios y algo de relación social. Nadie, a simple vista, podría pensar que nuestra verdadera vida queda ocultada tras una máscara sepulcral.

Nadie de los que nos rodean podrían llegar a creer que somos los que luego causarán el pánico cuando la oscuridad caiga sobre las últimas horas del día. Nadie, en su sano juicio, llegaría a vernos como una amenaza tras nuestra gran capacidad para ser encantadores con todo ser orgánico.

Y, a veces, ocurre.

No todo el mundo puede pertenecer a WeekendWars. Y quiénes lo intentaron, cayeron en el olvido.

Buscamos con fervor nuevos miembros capaces de magnificar nuestro legado más allás de las fronteras que existen para sólo cuatro personas. Pero es muy difícil. Todos son tan imperfectos, tan humanos.

Es fascinante como casi siempre, cuando buscas algo, lo tienes delante. Y no te enteras.

Entonces llega alguien. Interesante. Podría valer, pensamos.

Hago gala de mi don para psicoanalizar todas y cada una de sus microexpresiones, movimientos y actitudes. Es bueno, les digo a mis hermanos.

El interés crece.

El sujeto analizado causa sensación.

Pero debe haber algo. Algo lo suficiente importante como para confirmar si merece o no entrar en el grupo.

Y como he dicho antes, como si hubiera nacido para ésto, ocurre.

1021. Así se hace llamar.

No sabe quiénes somos en realidad. Conoce la parte que nosotros hemos querido que conozca. Pero aún así, ya se siente incondicional e irrevocablemente unido a nosotros.

Noche cualquiera. Parque cualquiera atestado de gente bebiendo.

Un veloz movimiento nos distrae. 1021, veloz, desaparece dejando el rastro del viento agitado a sus espaldas.

Súbitamente aparecen los Jinetes. Nada, estamos limpios. Porque 1021 ha querido. Sin su capacidad de detección, sin su velocidad y sin su rápida toma de decisiones, nos habríamos visto envueltos en una emboscada trágica. Difícil de de escapar de ella sin usar la aniquilación y el fuego. Suficiente para sacar a relucir nuestro verdadero yo, y para destapar el secreto. Todos sabrían quienes somos y yo ya no estaría aquí, escribiendo.

Mis hermanos y yo no nos dijimos nada. Pero lo pensábamos.

Algo va a cambiar, y entonces, ya ha cambiado.

Volveremos a ser cinco, pronto. Muy pronto.

lunes, 18 de julio de 2011

Volverá a sonreír

Hola, soy el Señor T. Como estáis acostumbrados, vengo aquí para hablar de algo. Y no se trata de alguna increíble aventura de WeekendWars, alguna gesta heroica por parte de alguno de los miembros o ni siquiera lo que parece que es la incorporación de un nuevo miembro.El tema de hoy trata un tema que, cuanto menos, es polémico. Y ojo que he dicho cuanto menos.

El gobierno de los populares gobierna ahora prácticamente todas las comunidades autónomas, incluida la mía. Ademas, después de 20 años de mandato socialista, se han impuesto su oposición para llevar la alcaldía de la ciudad. Pues últimamente llegaban a mis oídos rumores de que el alcalde quería construir un campo de golf. A mi me parecía algo tan sumamente escandaloso que di por supuesto que eran rumores tontos, pero aun así, me informe. Así pues, mi fuente me lo confirmó, y no sólo eso, sino que quería hacerlo en una zona natural protegida, de alto valor biológico. Aun así, añadió que este proyecto debía ser aprobado por algún tipo de tribunal de la Generalitat. Mis alarmas se dispararon, pues no nos dirige otro que el corruptísimo PP valenciano y en su cabeza, el famoso F.Camps. Y ni siquiera así pensé que pudiese llevar a cabo tal proyecto.

Hoy mismo, unos informativos de la televisión informaban de la próxima construcción del campo de golf, y si, en zona protegida. Según ellos, está permitido mientras no se edifique. Simplemente magnífico. Hablaban de los miles de metros cuadrados que tendrá...los "supuestos" ingresos que generará...que si su fusión con el campo de tenis esto...que si desestacionalizará el turismo de playa.... en fin, gilipolleces.

Hoy ha llegado la hora. No permitiremos que tal atentado se lleve a cabo. El boicot, manipulación o la simple destrucción adquirirán un nuevo significado. Es hora de volver a sacar esas ya viejas máscaras que en su día nos dieron todo el poder que solo el miedo y el anonimato pueden llegar a otorgar. Es hora de sacarla de ese baúl cuya llave tiene forma de tridente, quitarle el polvo, y prepararnos para algo grande. Y así, tras un largo letargo, una faz de payaso volverá a sonreír cubriendo mi cara esperando, simplemente, que me deje llevar.

viernes, 15 de julio de 2011

Empiezo ahora.

Corría calle arriba, todavía se podía oler la fragancia en el aire, fragancia a sangre, sangre fresca. Estaba solo en la ciudad, solo yo y el retumbar de mis nerviosos pasos, necesitaba encontrarme con alguien, obsesionado lo estaba. No era la primera vez que había creído sentir a un rastro de vida en aquella encrucijada de la soledad y el fracaso, pero siempre resultaban ser malas jugadas de mi imaginación, quién actuaba a merced de mi inconsciencia.

Esta vez podía sentir el calor humano en el aire, algo inexplicable, nunca me había sentido algo así; de todos modos tenía miedo de que fuese otra aparición mental. Ya estaba llegando, gire la última esquina, las piernas parecieron dar la vida en aquel movimiento de tobillo. Me topé con niebla, y todavía más niebla, densa, pegajosa, insalubre, fría y húmeda, terrorífica, espantaba, los pelos no se me erizaron, sino q se encogieron, como queriendo desaparecer de aquel lugar.

Era una emboscada, una trampa, lo sabía aunque no podía ver absolutamente nada, ni siquiera mis manos una vez el brazo extendido. Me quedé paralizado, aturdido, era una estatua con sangre caliente, muy caliente. Podía volver por donde había venido, y desaparecer de allí; dar dos pasos atrás, salir de la niebla y empezar a correr hasta que mis piernas fraguasen. Vacile durante segundos, o tal vez siglos, solo tenía en la mente huir, como había hecho otras tantas ocasiones cuando me encontraba a los depredadores de la noche, fieles aliados de la frustración y la oscuridad. Perdonarme, no os los había mencionado, son aquellos que han creado este mundo, y ellos mismo son los que se encargan de destruirlo, no sé lo que son, ni lo que realmente andan buscando, pero recomiendo que no lo sepáis, no habléis de ellos, no intentéis comprenderlos, no os acerquéis a ellos, no los busquéis, tranquilos ya os encontraran.

Estaba a punto de dar media vuelta y correr, pero en el último suspiro, escuché los chasquidos de unos mecheros, dos al menos. Reaccioné rápidamente, entendí que no estaba solo, y si huía volvería a estarlo, por ello me encendí otro cigarro, o mejor dicho, cigarrillo; me oyeron encenderme el cigarrillo, y descubrieron mi presencia, yo sentí q me sentían. De manera automática, sin si quiera vernos, fuimos hacia delante, hacia el foco de la niebla, a luchar, a vencer a nuestros miedos.

Ahora ya no estaba solo.

- ¿Qué ha sido eso? - preguntó Jota, nervioso.

Un extraño sonido nos había puesto en alerta. Como algo que se rompe en mil pedazos tras chocar violentamente contra alguna superficie.

El silencio de la noche, más siniestro que de lo normal, había sido motivo de inquietud para el grupo horas antes, mientras disfrutábamos en Banco de la tranquilidad que tan difícil se nos hacía conseguir desde hacía semanas.

La espesura de la oscuridad se fusionaba como si fuera una única pieza con las miles de gotas de lluvia condensadas que componían el aire aquella noche. Incluso se podía sentir cierto rumor del viento que traía consigo una gélida brisa.

- Esto no me gusta nada. - su voz era afilada, como el sonido de un metal.

Súbitamente, un grito ahogado.

Silencio.

Y entonces, entre las calles de la ciudad, algo se movió lo suficiente como para llamar nuestra atención por completo. Pudimos vislumbrar con esfuerzo la figura de alguien que se ocultaba en las sombras corriendo. Huía.

A pocos metros de él, varias personas más.

Nos miramos. Y sólo nosotros, sin mediar una palabra, supimos que hacer.

Nos pusimos de pie con velocidad mientras Señor T comenzaba a sacar las máscaras.

- No quiero ningún tipo de distracción. Esta noche no. - susurró Señor T mientras se ajustaba tapaba el rostro.

- Han ido hacia el este, podemos atajar por calles secundarias. - añadió Erre.

- Son los Jinetes. Si no nos apresuramos acabarán por alcanzar al chico. - decía en forma de ordenanza Jota.

- Mal día para ir de caza. - esbocé media sonrisa.

Comenzamos a correr y a esquivar obstáculos. A pesar de la tensión, viejas sensaciones volvieron a recorrer nuestro cuerpo en forma de adrenalina.

Avanzábamos majestuosamente dejando atrás calles desiertas. Incansables.

- ¡Están a solo una calle! - informó Señor T, en cabeza del grupo.

- ¡Está bien! ¡Vamos! ¡Separáos! ¡Dos en el flanco izquierdo y dos en el flanco derecho! - ordenó Erre.

Continué siguiendo a Señor T mientras observaba como Erre y Jota se separaban hacia la derecha. La oscuridad no era problema para continuar con la imponente velocidad que nos habíamos impuesto.

Un nuevo movimiento, no muy lejos de donde nos encontrábamos, me distrajo.

- ¡Alto! - ordené.

Los cuatro se detuvieron, atónitos. Me miraron fugazmente para volver a mirar a su alrededor y asegurar la zona.

- El chico les ha confundido. Se encuentra en aquel callejón - Señalé a pocos metros de nosotros, hacia la opertura de una pequeña callejuela poco visible debido a la oscuridad y niebla.

- Vamos a por él, si lo encuentran esto habrá terminado .- no pude reconocer la voz, estába demasiado concentrado en avanzar lentamente, sin hacer ruido. Temía que se tratase de una trampa.

No se veía nada allí dentro. ¿Me habría equivocado? ¿Lo habría imaginado?

Un sonido familiar.

Una chispa.

Fuego.

La luz iluminó su rostro. Encapuchado con pose seria, angelical.

Se encendió un cigarrillo.

Señor T y yo nos dedicamos una mirada de complicidad e hicimos lo propio. Es extraño, pero volví a sentir otra vieja sensación. Miré con cautela su semblante. Nuestros ojos se encontraron y pude ver un atisbo de confianza en un guiño de ojos. Le devolví el gesto.

Pisadas.

Venían.

- Quédate atrás, déjanos a nosotros - le dije con un sonido gutural mientras me giraba hacia la entrada del callejón.

- Ni lo sueñes, somos cinco, estoy con vosotros. - sentenció, amenazador, desafiante.

Me mordí el labio para evitar una sonrisa.

Volví a girarme para analizar el rostro de Señor T sin llegar a hacerlo. Un olor desvió nuestra atención hacia el chico. Alcohol.

Encorvado hacia delante, totalmente de negro y con una sonrisa siniestra miraba hacia el frente. Encima de él, en el muro, unos números ardían con hervor.

1021