lunes, 28 de noviembre de 2016
La leyenda renace. (Nueva temporada)
lunes, 19 de octubre de 2015
Aquí vienen otra vez. (Nueva temporada)
sábado, 20 de septiembre de 2014
14/15
- ¡Sí, señor! Hago todo lo que puedo. Vamos por el 75%, señor. - podía sentir como se le quebraba la voz de los nervios.
En el fondo de la sala se encontraba Mike limpiándose una enorme brecha que se había hecho en la frente.
- ¿Estás bien? - me acerqué a él, interesándome.
- Sí, señor. Es un corte de nada. - dijo esbozando media sonrisa.
Mientras tanto, Sarah apuntaba con su pipa al Líder mientras le amenazaba con volarle la cabeza sino dejaba de moverse.
Y ahí estaba yo. Rodeado de tres chavales. Muy preparados en la teoría, pero inexpertos en la práctica. Jóvenes, inocentes, y con miedo. Pero con ambición y con disciplina. Sabía que en el futuro liderarían a la Resistencia en cuanto yo ya no pudiera. Pero de momento, aún les quedaba mucho por aprender, y aquello no era el mejor campo de entrenamiento del mundo.
Las cosas habían cambiado. Estábamos echando el resto. O vivíamos para contarlo, o moríamos como héroes.
Por desgracia, yo ya no era el mismo. Me había hecho mayor. Hace unos años luchaba con mis hermanos en guerrillas urbanas, y ahora era el líder de La Resistencia. Era su esperanza. Confiaban en mí, y vendrían conmigo hasta el fin del mundo.
Pero yo no dejaba de pensar en mis hermanos. En WeekendWars.
Desaparecieron años atrás cuando las cosas comenzaron a ponerse feas. El Imperio les capturó dicen los rumores. Otros dicen que murieron. Pero la realidad es que en una de las batallas más horribles que recuerda el País, ellos desaparecieron. Perdimos muchas vidas en nuestro bando, pero la de ellos me consumió.
Me pasé semanas y meses vagando por todo el país. Buscando pistas, datos, lo que fuera. No podía rendirme. Me infiltré en las mismísimas cárceles del Capitolio. Pero nada. Jamás les volví a ver. Y mientras tanto, la Resistencia perdió fuerzas.
Cuando volví de mi búsqueda, estaba irreconocible. Más delgado y débil. Y sobre todo, más mayor y viejo. Como si de repente, veinte años hubieran caído sobre mis espaldas.
BOOM!
Una gran explosión me hizo volver a la realidad. Habían lanzado una granada, pero había caído en la planta de abajo.
Miré por la ventana. Maldita sea, ya estaban a menos de quinientos metros y parecían centenares. Y nosotros sólo eramos tres. Era una misión suicida, y no quise traer a más gente de la necesaria. Habíamos perdido muchas vidas en el asalto a la Ciudad y al Capitolio, y ahora solo quedábamos Mike, Joe, Sarah y yo.
- Joe, ¿cuánto queda? - pregunté impaciente.
- Vamos por el 85%, señor...
- Mike, Sarah, preparaos. - anuncié con firmeza.
Sabía que probablemente ese sería nuestro fin. Volví a armarme y cogí por última vez mi vieja máscara.
"Que el fin del mundo me reciba peleando por La Resistencia" dije para mí mismo, y miré por el objetivo de la francotiradora para alcanzar al primer enemigo.
De repente, algo ralló el cielo iluminándolo por completo durante dos segundos acompañado de un grave sonido que molestaba muchísimo.
- ¿Qué coño es eso?
Las tropas enemigas también parecieron desconcertarse pues frenaron su marcha mirando al cielo.
- Sea lo que sea, no es de ellos - comenté extrañado. - No perdáis la concentración, estad atentos a todo.
Y entonces, todo comenzó a ir mucho más lento. El tiempo se congeló, y desde las profundidades de los cielos, de entre las tinieblas de la tormenta, un enorme CAZA acorazado emergió majestuoso posándose enfrente del gran ventanal.
- ¡CORRED, JODER, CORRED COMO SI NO QUEDARA MAÑANA! NOS VAN A DISPARAR - grité con todas mis fuerzas mientras me ponía a cubierto esperando el estallido final.
BOOM!
Una enorme explosión de color rojo y de estruendo invadió cada resquicio de nuestra alma.
Pero seguíamos vivos, y el edificio intacto.
"¿Pero qué...?" Corrí hacia el gran ventanal. El caza estaba lanzando misiles a diestro y siniestro contra las tropas enemigas.
- ¿Quién coño es ese? - chillaba Sarah histérica.
Por primera vez en mi vida, yo no tenía respuesta. Estaba bloqueado deleitándome del increíble baile de ese caza en el cielo lanzando fuego cual Fénix que resurge de sus cenizas.
En una de sus piruetas, el caza volvió a apuntar hacia el edificio. No podía ser...
En la cabina de esa máquina habían tres soldados con máscaras de payasos.
Las máscaras.
Sus máscaras.
Erre, Jota y Señor T estaban ahí.
Pude ver como Señor T se ponía una especie de mando cerca de la boca y comenzaba a hablar... y le podía escuchar. Yo y todos. Al parecer el Caza llevaba un enorme megáfono.
- Muy bien, señoritas, quiero decirles que hoy van a morir. Así qué, comenzad a correr, porque me encanta jugar al perro y el gato. Sólo que vosotros sois hormigas Y YO SOY UN PUTO KRAKEN HIJOS DE PUTA.
El Caza volvió a ascender haciendo piruetas imposibles en el aire al tiempo que disparaba misiles a una velocidad de vértigo.
Y ante mí, el cielo se iluminaba de fuego mientras la voz de Señor T resonaba en todos los rincones de la ciudad. Se estaba, literalmente, descojonando.
Sonreí. Como hacía años que no lo había hecho.
Estaban vivos.
Habían vuelto.
Y eran imparables.
Memorias de WeekendWars.
temporada 2014 -2015.
Neil.
domingo, 1 de septiembre de 2013
Nueva temporada.
Unos cuantos coches comienzan a sumergirse en un infierno de llamas. Otros comienzan a explotar. Explosiones encadenadas que envían bolas de fuego enormes a los edificios adyacentes.
Una nube enorme de humo negro inunda el cielo. Hay destrucción por donde mires, y las explosiones continúan.
Los primeros ladrillos de los edificios caen contra el suelo. Gente en los balcones pidiendo ayuda. Oigo ruegos a Dios.
Por el oeste consigo distinguir múltiples sirenas azules y naranjas. El paisaje es dantesco.
viernes, 14 de septiembre de 2012
Indestructibles.
WeekendWars.
Septiembre 2012-2013.
Neil.
jueves, 12 de enero de 2012
Origen.
Existen millones de historias. Con tramas de todo tipo. Con emoción, dramáticas, graciosas. Con sus finales felices y sus comieron perdices. Con sus suspenses o fáciles de prever. Pero historias, al fin y al cabo. Historias que viviremos o escucharemos, que comprenderemos o que sin más aceptaremos. Pasarán por nuestra vida, terminarán y sin que nos demos cuenta, estaremos inmersos en una nueva.
Sin embargo, sólo aquellas historias capaces de cambiar el rumbo de nuestras vidas tienen el privilegio de pertenecer a la eternidad. De ser recordadas para siempre.
Chicos, esta es la historia de cómo éramos antes de WeekendWars.
Todo comenzó antes, mucho antes de lo que estábamos dispuestos a imaginar. Sólo que es ahora, años después, cuando somos capaces de situar en el tiempo un principio.
Apenas pasaba del metro veinte pero siempre estaba por las alturas. Literalmente. En el rincón del fondo del aula, T se encargaba de provocar rebeliones de todo tipo. Nos arengaba, sin venir a cuento, a gritos mientras el profesor impartía sus lecciones consiguiendo que la clase se alzara en un caos infernal e imposible de parar por cualquier adulto. Siempre estaba hiperactivo. Por aquel entonces su voz comenzaba a destacar respecto a la de los demás. Su maquiavélica risa iba acompañada, sin excepción, de bolígrafos voladores, aviones de papel kamikazes o insultos muy bestias a la típica niña gordita de clase con gafas redondas.
Nos llevábamos bien, pero desde la distancia. Era el típico niño del cual ninguna madre quería oír hablar. El único que sabía más de la cuenta y nos iluminaba a todos con sus ilustradas sabidurías sobre sexo, violencia o alcohol.
Con el tiempo, su personalidad se fue trazando mediante golpes contra el pavimento. Su necesidad de desplazarse sobre una montura se vio satisfecha con la adquisición de un monopatín. Y entonces, aquel chico comenzó a parecerse cada vez más a un skater californiano de la vieja escuela. Con su melena por el cuello y sus vans, T asentó las bases de lo que sería en un futuro no muy lejano.
El skate se convirtió en el medio que justificaba el fin. Alcanzaba velocidad con el monopatín y entonces, irradiado por la magia de la aceleración y la adrenalina, se empotraba contra cualquier objeto potencialmente susceptible de ser destruido con un fuerte golpe.
A partir de ese momento, el resto se fue escribiendo solo. Cada día se levantaba de la cama con el objetivo de ir más rápido, de chocar más fuerte. Nada podía detenerle. Pero aún así, le faltaba algo. Un compañero de viajes, un alma gemela.
Y ahí estaba. Erre.
Sentado a cuatro mesas de él, Erre tenía la capacidad de poner cara de niño bueno y sonrisa angelical mientras sus manos fabricaban de una simple rama una estaca de madera por debajo de la mesa
Se escondía en los rincones más insospechados para aparecer de la nada chillando y causando verdadero pavor a los más pequeños del cole. Si el profesor le regañaba, éste se encontraba su casillero destrozado.
Era capaz de crear una bronca incluso en el ambiente más pacífico. Y nunca le faltaban ideas. Macabras.
Tanto T como Erre estaban predestinados a encontrarse. Sin embargo, el destino es caprichoso y los separó para estudiar en lugares distintos.
Mientras tanto, yo conocí a Jota en el instituto. Éramos chicos normales, estudiosos y con muy buena fe. Jota sigue igual, pero yo me pregunto en qué momento de la historia comencé a degenerarme tanto mentalmente. Supongo que eso es otra historia…
T se hizo con una nueva montura. Más grande, más animal, metálica y veloz. Se enfundó una chupa oscura de cuero y su mente, como su sangre, adquirió el mismo tono que el hollín. Su formación terminó. Era temerario, desafiaba a las leyes de la física en cada recta y su adrenalina se acumulaba cada vez más en una sociedad que pretendía ser perfecta. Completamente contaminado de ineptos, su desintoxicación sólo era posible cuando descargaba su ira contra alguna indefensa mesa de instituto. Pero nadie le entendía. Incluso una vez alguien le miró mal. Una vez.
Erre creció ganando dinero a costa de sus compañeros de clase con todo tipo de juegos de cartas. Les enseñaba también a sobrevivir en la calle. Yo de vez en cuando me dejaba seducir por sus planes, y la verdad es que aprendí mucho acerca de cómo mover los brazos para correr más rápido en una huída, qué criterio de calles elegir, cuánto tiempo hay que esperar escondido, qué tipo de arco debe describir tu brazo al lanzar un huevo contra un ventanal.
Así pues, T y Erre se separaron en el colegio y maduraron por separado. Sus vidas no tenían nada que ver entre sí, pero les unía su forma de vivirla. O de destruirla, depende de cómo se mire, claro.
Y un día, el día menos pensado, me sorprendo marcando el número de T en el teléfono para verlo por la noche. Se suman Jota y Erre y tras una buena velada de bolos, nada volvió a ser lo mismo.
Nos convertimos en un grupo inseparable. Estábamos en completa armonía y nada nos detenía. Nos hacían felices las pequeñas cosas y disfrutábamos de la vida como lo hacíamos de cada calada de Marlboro de los viernes. Todo era fácil. Es cierto que hemos causado mucho pánico. Y que incluso hoy me pregunto cómo coño es posible que nos salváramos de todas. Pero, en el fondo, lo realmente importante era que todo nacía sin ser forzado. Por eso lo pasábamos tan bien. Porque nunca podíamos esperarnos qué iba ocurrir. Pero teníamos la certeza de que ocurriría.
Lo siguiente que viene lo sabéis de sobra: noches de broncas, peleas, huidas, caos, destrozos, fuego (muchísimo fuego), alcohol, drogas, escenas de sexo que ni volviendo a nacer tendríais posibilidad de ver en directo… pero sobre todo, un pasado inolvidable. No es algo de lo que presumamos, pero pasan los años y mientras escucho como han sido las adolescencias de mis más allegados, pienso en la mía y me parto el culo. Sublime.
Ya no somos ni la mitad de lo que fuimos. Yo he asentado la cabeza, he descubierto que no está mal salir sin volver a casa con una multa, que a veces todo es más complicado de lo que parece, que está bien enamorarse, conocer gente nueva… en fin, esas cosas que hace la gente normal. Y pasarán los años, iré trajeado por alguna gran ciudad con una café para llevar en una mano y el bolso de los niños en otra, y no seré como los demás. Seré uno de WeekendWars. Y seguramente, me seguiré poniendo en alerta cuando escuche la sirena de algún coche azul. Y, seguramente, seguiré sabiendo cómo actuar ante una situación de peligro. Y, con toda probabilidad, seguiré estando orgulloso de ser quién un día fui.
Memorias de WeekendWars: Historia de un principio.
Neil.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Líder.

Nadie sin talento es capaz de cambiar el rumbo del mundo. Se necesita carisma y una mente privilegiada.
En los más profundo de tus entrañas, dónde no eres más que un puñado de órganos depurando la mierda que te metes al cuerpo, está tu verdadero yo. Por mucho que digas que quieres a alguien, eres el primero en alejarte de su charco de sangre. Y aunque creas que no tienes miedo, te engañas.
Un árbol en llamas ilumina la alineación de estrellas de esta silenciosa noche.
Mañana lloverá y las temperaturas bajarán. No salgan de sus casas, quedénse tomando chocolate caliente y viendo la tele.
Pero la radio se detiene. Una melodía siniestra y psicodélica acabar de invadir todas las emisoras. Los neurotransmisores reaccionan al instante y las concentraciones de potasio y litio se elevan exponencialmente.
Embaucados, los balcones se atestan de familias que sin saber muy bien por qué se ven ante la necesidad de mirar que está pasando en la calle. Poco pueden ver, la iluminación de las aceras ha desaparecido.
Elevan sus cabezas al cielo y ven por primera vez las estrellas. Muchos se preguntan que está pasando. Como si el mundo se hubiera detenido. "Dormid, dormid... es sólo una noche más" dice una voz lejana.
Al día siguiente nadie habla de ello. Los periódicos ni lo mencionan. Pero está ahí. Esa sensación de que algo ocurrió en una noche de Noviembre más. Veo sus ojos, la incertidumbre decora sus párpados.
Por las calles de la Universidad todo sigue contaminado de la misma mierda de siempre. Proyectos de futuro que siempre se quedarán en eso, y gente con talento desperdiciándolo en una partida de poker.
Señor T me acompaña en mi rutinario paseo verpertino cuando algo llama nuestra atención. Un grupillo de estudiantes se acerca a nosotros rápidamente con sonrisas de metal y de nicotina. T les detiene con un gesto y allí se quedan, esperando a que sea él quien vaya a ellos. Detecto admiración en las palabras de los chavales. Le miran fascinados. Agudizan la oreja esperando algún consejo de mi colega o simplemente el beneplácito por alguna buena acción.
Un par de chicas cuchichean entre ellas envueltas por risas nerviosas. Se tocan el pelo y dibujan una flecha que señala a T con las puntas de sus pies.
Señor T les arenga y cada palabra suya es un himno para ellos. Se preparan para una batalla contra otra facultad y toda su esperanza está despositada en mi colega.
Seguimos nuestro camino. Nos alejamos de ellos poco a poco, pero algo nos vuelve a detener. Están gritando al unísono. Nos giramos para ver qué está pasando. Miran a Señor T, con las manos en forma de alabanza mueven sus cuerpos hacia delante y atrás mientras cantan "Líder, líder...".
Cual general a su ejército, Señor T levanta su mano en forma de saludo y continúa hacia la tormenta perfecta con aire de viejo rockero.
Sólo se trata del principio.
Atentos.
Neil.
viernes, 4 de noviembre de 2011
"Tú,...
...si estás leyendo esto, el aviso va dirigido a ti. Cada palabra que leas de esta letra pequeña inútil, es un segundo menos de vida para ti. ¿No tienes otras cosas que hacer? ¿Tu vida esta tan vacía que no se te ocurre otra forma de pasar estos momentos? ¿o te impresiona tanto la autoridad que concedes crédito y respeto a todos los que dicen ostentarla? ¿lees todo lo que te dicen que leas? ¿Piensas todo lo que te dicen que pienses? ¿Compras todo lo que te dicen que necesistas? Sal de tu casa, busca a alguien del sexo opuesto. Basta ya de tantas compras y masturbaciones. Deja tu trabajo. Empieza a luchar. Demuestra que estás vivo. Si no reivindicas tu humanidad te convertirás en una estadistica. Estás avisado..."El Club de la Lucha.
sábado, 22 de octubre de 2011
Viernes noche
jueves, 1 de septiembre de 2011
Nueva temporada.
Pero hoy me he despertado con una sensación olvidada. He perdido la noción del tiempo, de los días. Y sin embargo, mi inconsciente es la única razón por la que sigo despierto. No deja de trabajar nunca. Y yo me alegro, porque sin él no habría mirado el calendario.
Nuevo mes. Septiembre.
Una melodía siniestra aleja mis pensamientos. Atraído de forma hipnótica me acerco al sonido. No parece estar muy lejos.
Una guitarra suena en Banco. Acelero el paso.
Y ahí está. Todo se detiene, incluso mi respiración. Nos miramos y vislumbro sus colmillos de forma fugaz en lo que a mi me recuerda a una sonrisa muy familiar. Con pose desenfadado acurruca su vieja guitarra en su chupa de cuero.
- Llegas tarde - comenta jovialmente mientras se levanta para abrazarme.
- Y aún así soy el primero - respondo en el mismo tono.
- Espera - termina de forma misteriosa Señor T.
Quería preguntarle, hablar. Tenía tantas cosas que decirle, quería saber otras tantas más.
Pero no me dio tiempo a articular las cuerdas vocales. Una explosión a unos pocos metros de nosotros seguido de un par de fuegos artificiales despejó todas mis dudas.
Sobre un coche ardiendo se encontraba 1021 con los brazos en cruz, encapuchado y mirando al cielo amenazante. Tras él, fuego.
Sin tiempo para buscar una explicación razonable Erre y Jota emergieron de las cenizas que la destrucción letal estaba dejando a su paso. Cargaban con grandes bolsas negras que debido a la cantidad de cosas que llevaban dentro no se había cerrado del todo.
Sobresalía un par de bates, máscaras, indumentarias negras.
Había pasado todo el verano a la sombra, viviendo de noche y durmiendo de día. Me había separado de ellos lo suficiente como para no entender nada de lo que estaba ocurriendo. Comprendí que era demasiado evidente mi desconcierto. Algo que hacía disfrutar a Señor T, siempre fan de las primeras impresiones.
El sonido de las ambulancias y los coches de policía comenzaban a hacerse notar unas calles atrás.
Lo lógico habría sido que 1021 bajara del coche y que nosotros comenzaramos a correr.
Pero definitivamente las cosas habían cambiado del todo.
En vez de eso, 1021 se giró hacia donde procedía el sonido mientras que fugazmente sacaba algo de su chaqueta. Le prendía fuego y lo lanzaba al cielo.
Más fuegos artificiales que simbólicamente sólo podían significar una cosa: estamos aquí, venid.
Erre y Jota, ya con nosotros, comenzaron a sacar lo que portaban en las bolsas. Un par de chaquetas negras, nuestras queridas máscaras, bates, petardos...
- Vamos, vamos - gritaba 1021 que ahora sí venía hacia nosotros. No era un grito desesperado, sino de entusiasmo.
- Por fin algo divertido - reía Erre.
Y así es como comienzan las grandes historias. Tal vez no las de la gente normal, pero sí las nuestras. Hemos vueltos, estamos aquí. Y tú lo tienes que saber.
WeekendWars 2011 - 2012
martes, 19 de julio de 2011
Encargando una máscara más.
Mantenemos una vida normal. O eso intentamos.
Tenemos nuestro trabajo, nuestros estudios y algo de relación social. Nadie, a simple vista, podría pensar que nuestra verdadera vida queda ocultada tras una máscara sepulcral.
Nadie de los que nos rodean podrían llegar a creer que somos los que luego causarán el pánico cuando la oscuridad caiga sobre las últimas horas del día. Nadie, en su sano juicio, llegaría a vernos como una amenaza tras nuestra gran capacidad para ser encantadores con todo ser orgánico.
Y, a veces, ocurre.
No todo el mundo puede pertenecer a WeekendWars. Y quiénes lo intentaron, cayeron en el olvido.
Buscamos con fervor nuevos miembros capaces de magnificar nuestro legado más allás de las fronteras que existen para sólo cuatro personas. Pero es muy difícil. Todos son tan imperfectos, tan humanos.
Es fascinante como casi siempre, cuando buscas algo, lo tienes delante. Y no te enteras.
Entonces llega alguien. Interesante. Podría valer, pensamos.
Hago gala de mi don para psicoanalizar todas y cada una de sus microexpresiones, movimientos y actitudes. Es bueno, les digo a mis hermanos.
El interés crece.
El sujeto analizado causa sensación.
Pero debe haber algo. Algo lo suficiente importante como para confirmar si merece o no entrar en el grupo.
Y como he dicho antes, como si hubiera nacido para ésto, ocurre.
1021. Así se hace llamar.
No sabe quiénes somos en realidad. Conoce la parte que nosotros hemos querido que conozca. Pero aún así, ya se siente incondicional e irrevocablemente unido a nosotros.
Noche cualquiera. Parque cualquiera atestado de gente bebiendo.
Un veloz movimiento nos distrae. 1021, veloz, desaparece dejando el rastro del viento agitado a sus espaldas.
Súbitamente aparecen los Jinetes. Nada, estamos limpios. Porque 1021 ha querido. Sin su capacidad de detección, sin su velocidad y sin su rápida toma de decisiones, nos habríamos visto envueltos en una emboscada trágica. Difícil de de escapar de ella sin usar la aniquilación y el fuego. Suficiente para sacar a relucir nuestro verdadero yo, y para destapar el secreto. Todos sabrían quienes somos y yo ya no estaría aquí, escribiendo.
Mis hermanos y yo no nos dijimos nada. Pero lo pensábamos.
Algo va a cambiar, y entonces, ya ha cambiado.
Volveremos a ser cinco, pronto. Muy pronto.
lunes, 18 de julio de 2011
Volverá a sonreír
viernes, 15 de julio de 2011
Empiezo ahora.
Esta vez podía sentir el calor humano en el aire, algo inexplicable, nunca me había sentido algo así; de todos modos tenía miedo de que fuese otra aparición mental. Ya estaba llegando, gire la última esquina, las piernas parecieron dar la vida en aquel movimiento de tobillo. Me topé con niebla, y todavía más niebla, densa, pegajosa, insalubre, fría y húmeda, terrorífica, espantaba, los pelos no se me erizaron, sino q se encogieron, como queriendo desaparecer de aquel lugar.
Era una emboscada, una trampa, lo sabía aunque no podía ver absolutamente nada, ni siquiera mis manos una vez el brazo extendido. Me quedé paralizado, aturdido, era una estatua con sangre caliente, muy caliente. Podía volver por donde había venido, y desaparecer de allí; dar dos pasos atrás, salir de la niebla y empezar a correr hasta que mis piernas fraguasen. Vacile durante segundos, o tal vez siglos, solo tenía en la mente huir, como había hecho otras tantas ocasiones cuando me encontraba a los depredadores de la noche, fieles aliados de la frustración y la oscuridad. Perdonarme, no os los había mencionado, son aquellos que han creado este mundo, y ellos mismo son los que se encargan de destruirlo, no sé lo que son, ni lo que realmente andan buscando, pero recomiendo que no lo sepáis, no habléis de ellos, no intentéis comprenderlos, no os acerquéis a ellos, no los busquéis, tranquilos ya os encontraran.
Estaba a punto de dar media vuelta y correr, pero en el último suspiro, escuché los chasquidos de unos mecheros, dos al menos. Reaccioné rápidamente, entendí que no estaba solo, y si huía volvería a estarlo, por ello me encendí otro cigarro, o mejor dicho, cigarrillo; me oyeron encenderme el cigarrillo, y descubrieron mi presencia, yo sentí q me sentían. De manera automática, sin si quiera vernos, fuimos hacia delante, hacia el foco de la niebla, a luchar, a vencer a nuestros miedos.
Ahora ya no estaba solo.
- ¿Qué ha sido eso? - preguntó Jota, nervioso.
Un extraño sonido nos había puesto en alerta. Como algo que se rompe en mil pedazos tras chocar violentamente contra alguna superficie.
El silencio de la noche, más siniestro que de lo normal, había sido motivo de inquietud para el grupo horas antes, mientras disfrutábamos en Banco de la tranquilidad que tan difícil se nos hacía conseguir desde hacía semanas.
La espesura de la oscuridad se fusionaba como si fuera una única pieza con las miles de gotas de lluvia condensadas que componían el aire aquella noche. Incluso se podía sentir cierto rumor del viento que traía consigo una gélida brisa.
- Esto no me gusta nada. - su voz era afilada, como el sonido de un metal.
Súbitamente, un grito ahogado.
Silencio.
Y entonces, entre las calles de la ciudad, algo se movió lo suficiente como para llamar nuestra atención por completo. Pudimos vislumbrar con esfuerzo la figura de alguien que se ocultaba en las sombras corriendo. Huía.
A pocos metros de él, varias personas más.
Nos miramos. Y sólo nosotros, sin mediar una palabra, supimos que hacer.
Nos pusimos de pie con velocidad mientras Señor T comenzaba a sacar las máscaras.
- No quiero ningún tipo de distracción. Esta noche no. - susurró Señor T mientras se ajustaba tapaba el rostro.
- Han ido hacia el este, podemos atajar por calles secundarias. - añadió Erre.
- Son los Jinetes. Si no nos apresuramos acabarán por alcanzar al chico. - decía en forma de ordenanza Jota.
- Mal día para ir de caza. - esbocé media sonrisa.
Comenzamos a correr y a esquivar obstáculos. A pesar de la tensión, viejas sensaciones volvieron a recorrer nuestro cuerpo en forma de adrenalina.
Avanzábamos majestuosamente dejando atrás calles desiertas. Incansables.
- ¡Están a solo una calle! - informó Señor T, en cabeza del grupo.
- ¡Está bien! ¡Vamos! ¡Separáos! ¡Dos en el flanco izquierdo y dos en el flanco derecho! - ordenó Erre.
Continué siguiendo a Señor T mientras observaba como Erre y Jota se separaban hacia la derecha. La oscuridad no era problema para continuar con la imponente velocidad que nos habíamos impuesto.
Un nuevo movimiento, no muy lejos de donde nos encontrábamos, me distrajo.
- ¡Alto! - ordené.
Los cuatro se detuvieron, atónitos. Me miraron fugazmente para volver a mirar a su alrededor y asegurar la zona.
- El chico les ha confundido. Se encuentra en aquel callejón - Señalé a pocos metros de nosotros, hacia la opertura de una pequeña callejuela poco visible debido a la oscuridad y niebla.
- Vamos a por él, si lo encuentran esto habrá terminado .- no pude reconocer la voz, estába demasiado concentrado en avanzar lentamente, sin hacer ruido. Temía que se tratase de una trampa.
No se veía nada allí dentro. ¿Me habría equivocado? ¿Lo habría imaginado?
Un sonido familiar.
Una chispa.
Fuego.
La luz iluminó su rostro. Encapuchado con pose seria, angelical.
Se encendió un cigarrillo.
Señor T y yo nos dedicamos una mirada de complicidad e hicimos lo propio. Es extraño, pero volví a sentir otra vieja sensación. Miré con cautela su semblante. Nuestros ojos se encontraron y pude ver un atisbo de confianza en un guiño de ojos. Le devolví el gesto.
Pisadas.
Venían.
- Quédate atrás, déjanos a nosotros - le dije con un sonido gutural mientras me giraba hacia la entrada del callejón.
- Ni lo sueñes, somos cinco, estoy con vosotros. - sentenció, amenazador, desafiante.
Me mordí el labio para evitar una sonrisa.
Volví a girarme para analizar el rostro de Señor T sin llegar a hacerlo. Un olor desvió nuestra atención hacia el chico. Alcohol.
Encorvado hacia delante, totalmente de negro y con una sonrisa siniestra miraba hacia el frente. Encima de él, en el muro, unos números ardían con hervor.