martes, 31 de octubre de 2017
La noche de las Brujas. (Nueva temporada)
lunes, 28 de noviembre de 2016
La leyenda renace. (Nueva temporada)
lunes, 19 de octubre de 2015
Aquí vienen otra vez. (Nueva temporada)
sábado, 20 de septiembre de 2014
14/15
- ¡Sí, señor! Hago todo lo que puedo. Vamos por el 75%, señor. - podía sentir como se le quebraba la voz de los nervios.
En el fondo de la sala se encontraba Mike limpiándose una enorme brecha que se había hecho en la frente.
- ¿Estás bien? - me acerqué a él, interesándome.
- Sí, señor. Es un corte de nada. - dijo esbozando media sonrisa.
Mientras tanto, Sarah apuntaba con su pipa al Líder mientras le amenazaba con volarle la cabeza sino dejaba de moverse.
Y ahí estaba yo. Rodeado de tres chavales. Muy preparados en la teoría, pero inexpertos en la práctica. Jóvenes, inocentes, y con miedo. Pero con ambición y con disciplina. Sabía que en el futuro liderarían a la Resistencia en cuanto yo ya no pudiera. Pero de momento, aún les quedaba mucho por aprender, y aquello no era el mejor campo de entrenamiento del mundo.
Las cosas habían cambiado. Estábamos echando el resto. O vivíamos para contarlo, o moríamos como héroes.
Por desgracia, yo ya no era el mismo. Me había hecho mayor. Hace unos años luchaba con mis hermanos en guerrillas urbanas, y ahora era el líder de La Resistencia. Era su esperanza. Confiaban en mí, y vendrían conmigo hasta el fin del mundo.
Pero yo no dejaba de pensar en mis hermanos. En WeekendWars.
Desaparecieron años atrás cuando las cosas comenzaron a ponerse feas. El Imperio les capturó dicen los rumores. Otros dicen que murieron. Pero la realidad es que en una de las batallas más horribles que recuerda el País, ellos desaparecieron. Perdimos muchas vidas en nuestro bando, pero la de ellos me consumió.
Me pasé semanas y meses vagando por todo el país. Buscando pistas, datos, lo que fuera. No podía rendirme. Me infiltré en las mismísimas cárceles del Capitolio. Pero nada. Jamás les volví a ver. Y mientras tanto, la Resistencia perdió fuerzas.
Cuando volví de mi búsqueda, estaba irreconocible. Más delgado y débil. Y sobre todo, más mayor y viejo. Como si de repente, veinte años hubieran caído sobre mis espaldas.
BOOM!
Una gran explosión me hizo volver a la realidad. Habían lanzado una granada, pero había caído en la planta de abajo.
Miré por la ventana. Maldita sea, ya estaban a menos de quinientos metros y parecían centenares. Y nosotros sólo eramos tres. Era una misión suicida, y no quise traer a más gente de la necesaria. Habíamos perdido muchas vidas en el asalto a la Ciudad y al Capitolio, y ahora solo quedábamos Mike, Joe, Sarah y yo.
- Joe, ¿cuánto queda? - pregunté impaciente.
- Vamos por el 85%, señor...
- Mike, Sarah, preparaos. - anuncié con firmeza.
Sabía que probablemente ese sería nuestro fin. Volví a armarme y cogí por última vez mi vieja máscara.
"Que el fin del mundo me reciba peleando por La Resistencia" dije para mí mismo, y miré por el objetivo de la francotiradora para alcanzar al primer enemigo.
De repente, algo ralló el cielo iluminándolo por completo durante dos segundos acompañado de un grave sonido que molestaba muchísimo.
- ¿Qué coño es eso?
Las tropas enemigas también parecieron desconcertarse pues frenaron su marcha mirando al cielo.
- Sea lo que sea, no es de ellos - comenté extrañado. - No perdáis la concentración, estad atentos a todo.
Y entonces, todo comenzó a ir mucho más lento. El tiempo se congeló, y desde las profundidades de los cielos, de entre las tinieblas de la tormenta, un enorme CAZA acorazado emergió majestuoso posándose enfrente del gran ventanal.
- ¡CORRED, JODER, CORRED COMO SI NO QUEDARA MAÑANA! NOS VAN A DISPARAR - grité con todas mis fuerzas mientras me ponía a cubierto esperando el estallido final.
BOOM!
Una enorme explosión de color rojo y de estruendo invadió cada resquicio de nuestra alma.
Pero seguíamos vivos, y el edificio intacto.
"¿Pero qué...?" Corrí hacia el gran ventanal. El caza estaba lanzando misiles a diestro y siniestro contra las tropas enemigas.
- ¿Quién coño es ese? - chillaba Sarah histérica.
Por primera vez en mi vida, yo no tenía respuesta. Estaba bloqueado deleitándome del increíble baile de ese caza en el cielo lanzando fuego cual Fénix que resurge de sus cenizas.
En una de sus piruetas, el caza volvió a apuntar hacia el edificio. No podía ser...
En la cabina de esa máquina habían tres soldados con máscaras de payasos.
Las máscaras.
Sus máscaras.
Erre, Jota y Señor T estaban ahí.
Pude ver como Señor T se ponía una especie de mando cerca de la boca y comenzaba a hablar... y le podía escuchar. Yo y todos. Al parecer el Caza llevaba un enorme megáfono.
- Muy bien, señoritas, quiero decirles que hoy van a morir. Así qué, comenzad a correr, porque me encanta jugar al perro y el gato. Sólo que vosotros sois hormigas Y YO SOY UN PUTO KRAKEN HIJOS DE PUTA.
El Caza volvió a ascender haciendo piruetas imposibles en el aire al tiempo que disparaba misiles a una velocidad de vértigo.
Y ante mí, el cielo se iluminaba de fuego mientras la voz de Señor T resonaba en todos los rincones de la ciudad. Se estaba, literalmente, descojonando.
Sonreí. Como hacía años que no lo había hecho.
Estaban vivos.
Habían vuelto.
Y eran imparables.
Memorias de WeekendWars.
temporada 2014 -2015.
Neil.
sábado, 23 de agosto de 2014
21 besos.
martes, 15 de abril de 2014
Héroes.
domingo, 1 de septiembre de 2013
Nueva temporada.
Unos cuantos coches comienzan a sumergirse en un infierno de llamas. Otros comienzan a explotar. Explosiones encadenadas que envían bolas de fuego enormes a los edificios adyacentes.
Una nube enorme de humo negro inunda el cielo. Hay destrucción por donde mires, y las explosiones continúan.
Los primeros ladrillos de los edificios caen contra el suelo. Gente en los balcones pidiendo ayuda. Oigo ruegos a Dios.
Por el oeste consigo distinguir múltiples sirenas azules y naranjas. El paisaje es dantesco.
viernes, 14 de septiembre de 2012
Indestructibles.
WeekendWars.
Septiembre 2012-2013.
Neil.
domingo, 15 de enero de 2012
100 days of Neil.

jueves, 12 de enero de 2012
Origen.
Existen millones de historias. Con tramas de todo tipo. Con emoción, dramáticas, graciosas. Con sus finales felices y sus comieron perdices. Con sus suspenses o fáciles de prever. Pero historias, al fin y al cabo. Historias que viviremos o escucharemos, que comprenderemos o que sin más aceptaremos. Pasarán por nuestra vida, terminarán y sin que nos demos cuenta, estaremos inmersos en una nueva.
Sin embargo, sólo aquellas historias capaces de cambiar el rumbo de nuestras vidas tienen el privilegio de pertenecer a la eternidad. De ser recordadas para siempre.
Chicos, esta es la historia de cómo éramos antes de WeekendWars.
Todo comenzó antes, mucho antes de lo que estábamos dispuestos a imaginar. Sólo que es ahora, años después, cuando somos capaces de situar en el tiempo un principio.
Apenas pasaba del metro veinte pero siempre estaba por las alturas. Literalmente. En el rincón del fondo del aula, T se encargaba de provocar rebeliones de todo tipo. Nos arengaba, sin venir a cuento, a gritos mientras el profesor impartía sus lecciones consiguiendo que la clase se alzara en un caos infernal e imposible de parar por cualquier adulto. Siempre estaba hiperactivo. Por aquel entonces su voz comenzaba a destacar respecto a la de los demás. Su maquiavélica risa iba acompañada, sin excepción, de bolígrafos voladores, aviones de papel kamikazes o insultos muy bestias a la típica niña gordita de clase con gafas redondas.
Nos llevábamos bien, pero desde la distancia. Era el típico niño del cual ninguna madre quería oír hablar. El único que sabía más de la cuenta y nos iluminaba a todos con sus ilustradas sabidurías sobre sexo, violencia o alcohol.
Con el tiempo, su personalidad se fue trazando mediante golpes contra el pavimento. Su necesidad de desplazarse sobre una montura se vio satisfecha con la adquisición de un monopatín. Y entonces, aquel chico comenzó a parecerse cada vez más a un skater californiano de la vieja escuela. Con su melena por el cuello y sus vans, T asentó las bases de lo que sería en un futuro no muy lejano.
El skate se convirtió en el medio que justificaba el fin. Alcanzaba velocidad con el monopatín y entonces, irradiado por la magia de la aceleración y la adrenalina, se empotraba contra cualquier objeto potencialmente susceptible de ser destruido con un fuerte golpe.
A partir de ese momento, el resto se fue escribiendo solo. Cada día se levantaba de la cama con el objetivo de ir más rápido, de chocar más fuerte. Nada podía detenerle. Pero aún así, le faltaba algo. Un compañero de viajes, un alma gemela.
Y ahí estaba. Erre.
Sentado a cuatro mesas de él, Erre tenía la capacidad de poner cara de niño bueno y sonrisa angelical mientras sus manos fabricaban de una simple rama una estaca de madera por debajo de la mesa
Se escondía en los rincones más insospechados para aparecer de la nada chillando y causando verdadero pavor a los más pequeños del cole. Si el profesor le regañaba, éste se encontraba su casillero destrozado.
Era capaz de crear una bronca incluso en el ambiente más pacífico. Y nunca le faltaban ideas. Macabras.
Tanto T como Erre estaban predestinados a encontrarse. Sin embargo, el destino es caprichoso y los separó para estudiar en lugares distintos.
Mientras tanto, yo conocí a Jota en el instituto. Éramos chicos normales, estudiosos y con muy buena fe. Jota sigue igual, pero yo me pregunto en qué momento de la historia comencé a degenerarme tanto mentalmente. Supongo que eso es otra historia…
T se hizo con una nueva montura. Más grande, más animal, metálica y veloz. Se enfundó una chupa oscura de cuero y su mente, como su sangre, adquirió el mismo tono que el hollín. Su formación terminó. Era temerario, desafiaba a las leyes de la física en cada recta y su adrenalina se acumulaba cada vez más en una sociedad que pretendía ser perfecta. Completamente contaminado de ineptos, su desintoxicación sólo era posible cuando descargaba su ira contra alguna indefensa mesa de instituto. Pero nadie le entendía. Incluso una vez alguien le miró mal. Una vez.
Erre creció ganando dinero a costa de sus compañeros de clase con todo tipo de juegos de cartas. Les enseñaba también a sobrevivir en la calle. Yo de vez en cuando me dejaba seducir por sus planes, y la verdad es que aprendí mucho acerca de cómo mover los brazos para correr más rápido en una huída, qué criterio de calles elegir, cuánto tiempo hay que esperar escondido, qué tipo de arco debe describir tu brazo al lanzar un huevo contra un ventanal.
Así pues, T y Erre se separaron en el colegio y maduraron por separado. Sus vidas no tenían nada que ver entre sí, pero les unía su forma de vivirla. O de destruirla, depende de cómo se mire, claro.
Y un día, el día menos pensado, me sorprendo marcando el número de T en el teléfono para verlo por la noche. Se suman Jota y Erre y tras una buena velada de bolos, nada volvió a ser lo mismo.
Nos convertimos en un grupo inseparable. Estábamos en completa armonía y nada nos detenía. Nos hacían felices las pequeñas cosas y disfrutábamos de la vida como lo hacíamos de cada calada de Marlboro de los viernes. Todo era fácil. Es cierto que hemos causado mucho pánico. Y que incluso hoy me pregunto cómo coño es posible que nos salváramos de todas. Pero, en el fondo, lo realmente importante era que todo nacía sin ser forzado. Por eso lo pasábamos tan bien. Porque nunca podíamos esperarnos qué iba ocurrir. Pero teníamos la certeza de que ocurriría.
Lo siguiente que viene lo sabéis de sobra: noches de broncas, peleas, huidas, caos, destrozos, fuego (muchísimo fuego), alcohol, drogas, escenas de sexo que ni volviendo a nacer tendríais posibilidad de ver en directo… pero sobre todo, un pasado inolvidable. No es algo de lo que presumamos, pero pasan los años y mientras escucho como han sido las adolescencias de mis más allegados, pienso en la mía y me parto el culo. Sublime.
Ya no somos ni la mitad de lo que fuimos. Yo he asentado la cabeza, he descubierto que no está mal salir sin volver a casa con una multa, que a veces todo es más complicado de lo que parece, que está bien enamorarse, conocer gente nueva… en fin, esas cosas que hace la gente normal. Y pasarán los años, iré trajeado por alguna gran ciudad con una café para llevar en una mano y el bolso de los niños en otra, y no seré como los demás. Seré uno de WeekendWars. Y seguramente, me seguiré poniendo en alerta cuando escuche la sirena de algún coche azul. Y, seguramente, seguiré sabiendo cómo actuar ante una situación de peligro. Y, con toda probabilidad, seguiré estando orgulloso de ser quién un día fui.
Memorias de WeekendWars: Historia de un principio.
Neil.