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martes, 31 de octubre de 2017

La noche de las Brujas. (Nueva temporada)

El sonido de un trueno es de esas cosas que tiene la naturaleza que es capaz de dejar sin habla al ser humano. Tiene ese componente de magia incontrolable que nos fascina. Que nos encanta. Porque nos hace sentir pequeños. Porque nos recuerda que por mucho que nos creamos dioses, en realidad, somos una farsa. Una gran estafa.

Aquella tarde era una de esas tardes en las que los truenos nublaban el resto de sonidos de la calle. La Ciudad quedaba silenciada por algo más grande. Más fuerte. Jota siempre dice que todos los elementos de la naturaleza en su máximo esplendor acojonan. Es cierto. Pero supongo que ahí reside su imperial belleza.

Un alarido lejano me transporta, de nuevo, al mundo real.

- Están aquí.
- Hoy es 31 de Octubre. ¿Crees en las casualidades? - pregunta Jota.
- El destino nos quiere demasiado como para perder el tiempo en juegos de azar. Prepárate. - contesté autoritario. 

Cuenta la leyenda que había una vez unas brujas terribles y oscuras con un poder descomunal. Capaz de manipular tu mente y envenenar tu alma con tus propios recuerdos.

Durante años, cada 31 de Octubre Las Brujas renacían de sus cenizas para inundar las mentes nobles de La Ciudad de miedo y pánico. Así había ocurrido durante años. Y nadie se había atrevido a hacer frente a la situación. Como si la resignación fuera la única arma.

Hasta hoy.

- Hoy no quiero despistes. Hoy no quiero errores. Hoy vamos a funcionar al 200%. - Aleccionaba al grupo mientras me abrochaba mi chaqueta con capucha negra. - Somos lo que somos por noches como hoy. Honrad nuestro nombre, caballeros.
- ¡YEAAAAAAAAAAAAAAAAAH! Joder, joder... ¡¡qué nervios!! ¡¡jijiji!! - chillaba Erik emitiendo sonidos de histeria por todo el refugio - ¡¡HOY ES LA NOCHE DE PAPÁ, NENAS!!
- Hoy es la noche en la que destruiremos el pasado - dije mirando hacia el frente, hacia la nada. - Coged vuestras máscaras. Es la hora.
- Un momento. ¿En serio vamos a hacer esto? ¿Vamos a salir ahí fuera a luchar por La Ciudad? ¿Después de cómo hemos sido tratados durante años? - pedía Erre explicaciones con el ceño fruncido. - Vamos, Neil, no me jodas. No es nuestra guerra. No les debemos nada.
- No lo hago por ellos. Sino por mí. Por nosotros. Esas Brujas llevan años buscándonos. Sabéis que nosotros somos su causa. Nos quieren a nosotros. Hay que dejar de esconderse o cometeremos el error de alimentar su poder.

Erre no parecía aún del todo conforme.

- Sabes que es personal, Erre. Lo sabes. No me falles hoy. 

Cogí mi máscara y, por un momento, sentí nostalgia y pena. Ese sentimiento que te invade cuando un ser querido se va. Esa extraña sensación difícil de explicar. Después de tantos momentos. De tantas batallas. Después de todo aún no eramos capaz de ser libres. De ser felices.

Un trueno imparable iluminó el firmamento una vez más. Y, entonces, aparecieron. 

Un ejército de Brujas se abrieron paso por el cielo encadenando risas propias de alguien sufriendo una fuerte enajenación mental.

- Que comience La Noche de las Brujas.

Memorias de WeekendWars.
Temporada 2017-2018

Neil.


lunes, 28 de noviembre de 2016

La leyenda renace. (Nueva temporada)

Ha pasado tanto tiempo, guapito, que ni yo mismo podría describir en una vez todo lo que ha discernido sobre nosotros a lo largo de este año. Sí, vale, hay ciertas cosas que son inmutables en el tiempo como es el hecho de que seamos insultantemente sublimes. Pero, eh, leed este alegato de falsa modestia: no todo es tan genial como siempre. ¡Pum! Ya está, ¿habéis visto?, joder soy asquerosamente humilde. 

Bueno, a lo que iba, ¿os acordáis de toda la movida que tenía Señor T? Ya sabéis, en plan que estaba apartado por la naturaleza humana capaz de no tolerar aquellos experimentos fallidos y entonces cuando estábamos en la más profunda miseria con el Capitolio acechando llega él con un reactor nuclear a un tiroteo y nos salva. Pues, joder, prestad atención porque la cosa empeoró muchísimo más:

Hacía frío. Y llovía. Llovía como uno de esos días en los que tienes la sensación de que el cielo va a quebrarse en cualquier momento. Un manto de agua cubría cualquier resquicio de visibilidad posible a escasos metros. No tenía más remedio que caminar lentamente entre los escombros de lo que antaño pareció ser un lugar feliz sobre el que vivir. 

A medida que avanzaba mi camino el tiempo se ponía peor, principalmente porque comenzaba a anochecer, así que, o me daba prisa o la oscuridad me alcanzaría en mitad de la calle. Y no era un riesgo que estuviera dispuesto a asumir. 

Había pasado mucho tiempo desde la noche del Capitolio. Aunque vencimos, las fuerzas del Imperio son inquebrantables. La guerra estaba perdida. Podíamos ganar una y las batallas que hicieran falta, pero la guerra no. Jamás. Ellos no lo permitirían.

Y me estaba quemando por dentro. Odiaba esa sensación. La derrota. El no poder acabar con un sistema ineficaz que eliminaba a aquellos que sobre salían de lo normal.

Tanto mis hermanos de WeekendWars como yo nos vimos obligados a huir en busca de refugio en las Altas Montañas tras haber escuchado el rumor de que La Resistencia, o lo que quedaba de ella, se escondía en algún lugar de aquel lejano y frío muro de montañas.

El rumor era cierto. La Resistencia convivía en un pequeño poblado pavimentado sobre un valle recóndito. Era un buen lugar, a decir verdad. Vivíamos rodeados de skylines de rocas y sólo si mirabas hacia arriba podías atisbar algo de luz natural. No obstante, la recompensa era la seguridad de tener un refugio, una casa, un hogar.

Sin embargo, era importante que llegara a casa antes de que cayera la noche. La visibilidad se reduce a cero y no es la primera vez que alguien se ha perdido en la oscuridad.

Los chicos estaban en el interior del refugio de madera cenando cuando llegué.

- ¡A buenas horas, chaval! - gritó Señor T mientras me lanzaba el plato de mi cena contra la cara. Pude esquivarlo de pura casualidad pero el cacharro se hizo pedazos y toda la comida quedó desperdigada por el suelo. Maldita esquizofrenia paranoide del bueno de T.

- He pasado todo el día en el mercado negro. Pero, nada. - comenté abatido mientras me quitaba la mojada chaqueta - Con este tiempo es imposible conseguir nada. Los contrabandistas no pueden prácticamente moverse. 

- Bueno, da igual. Aún quedan cervezas de sobra. Hablando de cervezas, a está le iría bien un buen chorro de whiskey - decía Erre señalando la bebida que tenía en la mano.

- ¡Joder! ¡HOSTIA! ¡Y TANTO QUE LE IRÍA BIEN! - Señor T había tomado unas cuantas por lo que parecía - Trae la puta botella antes de que saque la pipa y le meta cuatro tiros.

Hice una mueca y me subí a mi cuarto. ¿En qué diablos se habían convertido? 

Avanzaba escalones al tiempo que en el piso inferior la fiesta comenzaba. Señor T y Erre ya tenían la música a un altísimo volumen mientras emitían sonidos guturales y disparaban con sus pipas a todos los rincones de la casa. No tardaron en venir las patadas a los muebles y las típicas discusiones que nacían sin venir a cuento entre los dos:

- ¿A QUE ME MATO AQUÍ MISMO, PAYASO? - vociferaba Señor T sosteniendo un cuchillo de untar mantequilla de forma amenazante sobre su yugular.

En fin. En estas situaciones lo mejor era que Señor T encontrara el camino hacia la paz por sí solo. Es muy suyo y odia que alguien le pida que se relaje. De todos modos Erre tampoco acompañaba:

- Pégame una patada en las costillas a ver si lo noto - insistía Erre. Al parecer había decidido que era una buena idea gastar 24 rollos de papel higiénico en convertirse en una especie de momia.

Antes de llegar a mi cuarto me pasé a saludar a Jota, que estaba en el suyo viendo Netflix tapadito con una mantita.

- Es súper coherente que tengamos internet. - murmuré para mí.

- Madre mía, qué guapo este capítulo. - decía muy emocionado Jota.

No hablé más con él. Me marché a mi habitación y me sumí en la más profunda desidia.

¿Qué éramos? ¿En qué nos habíamos convertido? 

Nos habíamos rendido. Habíamos perdido la esperanza. ¿En serio? ¿Eso queríamos para el resto de nuestras? ¿Vivir así?¿Escondidos y resignados a morir en un lugar abandonado con poco más de doscientos habitantes?

Pensé en todo lo que habíamos luchado. En todas aquellas historias. En cómo nos convertimos en los héroes de una generación que luchó por nosotros. Porque creyó en nosotros.

Me levanté súbitamente cual serpiente que huele a carne fresca. 

Abrí mi viejo armario de madera de roble y busqué.

Me podía la ansiedad. ¿Qué fue de aquello?

No es que tuviera un armario demasiado grande, pero sí tenía muchos trastos y cajas con recuerdos y ropa.

Y, entonces, ocurrió.

¿Alguna vez os habéis enamorado a primera vista? Esa sensación de flechazo cardíaco que invade las entrañas de tus átomos. Sientes como el tiempo se detiene y el universo deja de expandirse. Sólo estás tú y esa persona. Y, no sabes muy bien por qué, pero lo sabes. Estás hecho para estar a su lado.

Eso es lo que sentí, exactamente, cuando mis dedos alcanzaron aquellos trozos de plástico maltrechos. Aquellos símbolos. De guerra.

Las observé boquiabierto. Miles de recuerdos impregnaron cada atisbo de mi materia gris. Vellos de punta. Corazón a mil.

Levanté en el cielo mi máscara. Era preciosa.

Salí de mi cuarto. Los ruidos no habían terminado y, al parecer, Jota también se había unido a la fiesta.

No me lo pensé. 

Volví a enfundarme mi máscara de payaso. Volví a guarecerme tras la oscuridad de un rostro que enmudece y aterra. Una mirada que eclipsa tu sangre y congela tus pulmones.

En cuanto aparecí en el salón, todo se detuvo.

Vi cómo me miraban. Sin parpadear.

Y ocurrió.

- Ha llegado el momento de salir ahí fuera y ser aquello para lo que hemos nacido. Volverán a temernos. Volverán a tenernos pánico. Señor T, ¿qué día es hoy? - susurré.

- Viernes noches. - dijo muy lentamente disfrutando de cada sílaba.

Sonreí. 

- Poneos vuestras máscaras. Nos vamos de caza.

Memorias de WeekendWars.
Temporada 2016/2017

lunes, 19 de octubre de 2015

Aquí vienen otra vez. (Nueva temporada)

Esta historia empieza como todas nuestras historias. Era de noche en La Ciudad. Las primeras chaquetas desafiando al invierno ya se dejaban ver y un silencio sepulcral se dejaba escuchar en los alrededores de lo que un día fue Banco. Nuestro Banco.

Ahora, nuestro refugio, era un montón de escombros y de hojas secas. Los nuevos Líderes del Capitolio seguían empeñados en destruir todo aquello que un día fuimos. Aunque muchas cosas habían cambiado, seguíamos siendo un experimento fallido de una sociedad que pretendió ser perfecta.

Nuestro recuerdo seguía imborrable en forma de noches de destrucción y caos en la mente de muchos ciudadanos. No nos habían olvidado. No nos habían dejado de temer. A pesar de todo. Y, a pesar del tiempo.

Es lo que tienen los héroes.

Y allí estaba yo. Mirando al manto de estrellas que cubría una de las primeras veladas de octubre y con esa extraña sensación que me erizaba el vello. Esa sensación. Ese "nosequé" intranquilo que recorría el cuerpo cuando una pequeña parte de mi ser ya era consciente de lo que iba a ocurrir. Los nervios de los grandes partidos. 

Un clic.

Un diminuto y pequeño clic sonando con la fuerza de un huracán en las entrañas de ese silencio sobrecogedor y antihumano.

Un clic ineludible y perfectamente reconocible.

"No es posible..." 

Acto seguido, una llama recorrió fugaz el espacio tiempo de mi alrededor iluminando durante milisegundos lo que parecía un paisaje aterrador. 

Era Satán.

- Pensaba que había muerto.- susurré como si quisiera que nadie me escuchara.
- Los viejos rockeros nunca mueren - me dijo Jota mientras posaba su mano en mi hombro en forma de saludo. 

Jota. El pilar sobre el que se había pavimentado durante años nuestro grupo no había resistido el paso del tiempo y mostraba un semblante más mayor y más preocupado.

- El tiempo no perdona. - comenté.
- Ni la sociedad...

Súbitamente un grito aterrador invadió nuestras entrañas calando muy hondo en nuestro yo más íntimo. El miedo nos atrapó durante los segundos que duró aquel sonido gutural y de ultratumba.

- ¿Qué coño ha sido eso? - dijo Erre llegando por detrás con cara de no entender nada.
- Ey, Erre. No sé... No tengo ni idea. - quería preguntarle sobre cómo estaba, pero aún estaba en shock.

Nos dimos un abrazo sentido y una sonrisa en forma de "no hace falta decir mucho más."

- ¿Crees que vendrá? - me preguntaron Jota y Erre prácticamente al unísono.
- Espero que sí. Pero hay que atraerle.
- ¿Estás seguro? He escuchado cosas... - contestó Erre.
- Yo también.- se sumó Jota.
- ¿Qué? ¿De qué diablos estáis hablando?
- A ver, Neil... sabemos que has intentado no leer los medios y que no quieres creer en nada que vaya en contra de lo que tú piensas... pero... - decía Erre.
- No está bien, Neil. Dicen que ha cambiado. - seguía Jota. - Prácticamente ya no tiene el control de lo que hace. Está en busca y captura. Ha provocado el caos en multitud de lugares, ha protagonizado peleas y ha quemado demasiados edificios. Neil... por favor, deja de creer en él. Ya no es el mismo.

No podía más y agarré del cuello a Jota encarándome con él.

- Mientras yo esté aquí, no volveréis a hablar de él así. Es mi amigo. Y es vuestro amigo, aunque lo hayáis olvidado. Así que os diré lo que vais a hacer. Vais a meteros por el culo toda esa mierda y vais a confiar en él como siempre hemos hecho. ¿Entendido?

Jota se zafó de mí mirando hacia otro lado.

- Seguidme. Hay que atraerle.- les dije sin mirarles y encarrilando mi camino.

Después de varios minutos caminando llegamos a la entrada.

- ¿Qué hacemos aquí?
- Es el edificio más alto de la ciudad. 
- Lo sé, ¿y?
- Pues que sólo funcionará aquí.- sentencié.

Una vez en la azotea me encendí un Chester y miré la hora. Pasaban más de las doce y La Ciudad lucía tranquila y preciosa desde las alturas. Me acerqué hacia un montículo en el centro tapado con una manta. Ahí estaba. Quité la manta y lo observé. Me había quedado muy bien.

Jota y Erre abrieron la boca sin mediar palabra. Me encantaba. Realmente estaba disfrutando el momento.

- No puede ser...
- Enciéndelo. Vamos... ¡enciéndelo! - comentó con júbilo Erre. 

Le di al botón, apunté al cielo y... tras unos segundos de un motor revolucionándose, el gran foco de luz iluminó el cielo como jamás lo había visto.

Y entonces, el gran cañón dibujó un círculo y una T majestuosa, impresionante, planeando sobre las estrellas.

Y ahí vino otra vez. Esta vez en forma de multitud. Miles de gritos suplicando ayuda. Y una explosión que desembocó en otra mucha más grande en un rincón de la ciudad.

La locura comenzó a apoderarse de las calles. Coches volcando, gente huyendo.

Y de entre las profundidades de los callejones algo emergió hacia el reino de los cielos.

¿Una nave?

No.

Era un caza. Su caza con pinturas de Piratas.

Explosiones y fuegos artificiales por doquier mientras aquél reactor hacia piruetas cual cometa volada por un niño en una playa.

Era él.

Señor T. 

Haciendo lo que mejor sabía hacer.

DESTRUIR.

PROVOCAR EL CAOS.

ANIQUILAR.

- Preparaos. - grité con firmeza mientra sacaba de mi mochila tres máscaras de payaso. Nuestras máscaras. - Hay ciertas cuentas pendientes que cobrar.

- ¡Aquí vienen otra vez!- chilló una niña desde la calle señalándonos.

Sonreí.

Sí. Aquí estamos otra vez.

Memorias de WeekendWars.
Temporada 2015-2016.

Neil.

sábado, 20 de septiembre de 2014

14/15

- ¡JOE, HACKEA EL SISTEMA DE UNA MALDITA VEZ! - grité. - ¡SE ACERCAN! ¡NECESITO QUE BLOQUEES TODAS LAS PUERTAS O ENTRARÁN EN EL EDIFICIO! - Sabía que debía mantener la calma. De momento, las cosas estaban saliendo según el plan establecido. El Capitolio era nuestro, su líder estaba amordazado y las fuerzas de seguridad habían sido destruidas. Pero no podía dejar de mirar a través del gran ventanal del despacho principal. Era de noche, llovía a cántaros, pero al fondo de la calle podía distinguir multitud de luces. Se acercaba un ejército. Venían a defender el asalto a La Ciudad.

- ¡Sí, señor! Hago todo lo que puedo. Vamos por el 75%, señor. - podía sentir como se le quebraba la voz de los nervios.

En el fondo de la sala se encontraba Mike limpiándose una enorme brecha que se había hecho en la frente.

- ¿Estás bien? - me acerqué a él, interesándome.

- Sí, señor. Es un corte de nada. - dijo esbozando media sonrisa.

Mientras tanto, Sarah apuntaba con su pipa al Líder mientras le amenazaba con volarle la cabeza sino dejaba de moverse.

Y ahí estaba yo. Rodeado de tres chavales. Muy preparados en la teoría, pero inexpertos en la práctica. Jóvenes, inocentes, y con miedo. Pero con ambición y con disciplina. Sabía que en el futuro liderarían a la Resistencia en cuanto yo ya no pudiera. Pero de momento, aún les quedaba mucho por aprender, y aquello no era el mejor campo de entrenamiento del mundo.

Las cosas habían cambiado. Estábamos echando el resto. O vivíamos para contarlo, o moríamos como héroes.

Por desgracia, yo ya no era el mismo. Me había hecho mayor. Hace unos años luchaba con mis hermanos en guerrillas urbanas, y ahora era el líder de La Resistencia. Era su esperanza. Confiaban en mí, y vendrían conmigo hasta el fin del mundo.

Pero yo no dejaba de pensar en mis hermanos. En WeekendWars. 

Desaparecieron años atrás cuando las cosas comenzaron a ponerse feas. El Imperio les capturó dicen los rumores. Otros dicen que murieron. Pero la realidad es que en una de las batallas más horribles que recuerda el País, ellos desaparecieron. Perdimos muchas vidas en nuestro bando, pero la de ellos me consumió. 

Me pasé semanas y meses vagando por todo el país. Buscando pistas, datos, lo que fuera. No podía rendirme. Me infiltré en las mismísimas cárceles del Capitolio. Pero nada. Jamás les volví a ver. Y mientras tanto, la Resistencia perdió fuerzas.

Cuando volví de mi búsqueda, estaba irreconocible. Más delgado y débil. Y sobre todo, más mayor y viejo. Como si de repente, veinte años hubieran caído sobre mis espaldas.

BOOM!

Una gran explosión me hizo volver a la realidad. Habían lanzado una granada, pero había caído en la planta de abajo.

Miré por la ventana. Maldita sea, ya estaban a menos de quinientos metros y parecían centenares. Y nosotros sólo eramos tres. Era una misión suicida, y no quise traer a más gente de la necesaria. Habíamos perdido muchas vidas en el asalto a la Ciudad y al Capitolio, y ahora solo quedábamos Mike, Joe, Sarah y yo. 

- Joe, ¿cuánto queda? - pregunté impaciente.

- Vamos por el 85%, señor...

- Mike, Sarah, preparaos. - anuncié con firmeza.

Sabía que probablemente ese sería nuestro fin. Volví a armarme y cogí por última vez mi vieja máscara.

"Que el fin del mundo me reciba peleando por La Resistencia" dije para mí mismo, y miré por el objetivo de la francotiradora para alcanzar al primer enemigo.

De repente, algo ralló el cielo iluminándolo por completo durante dos segundos acompañado de un grave sonido que molestaba muchísimo.

- ¿Qué coño es eso?

Las tropas enemigas también parecieron desconcertarse pues frenaron su marcha mirando al cielo.

- Sea lo que sea, no es de ellos - comenté extrañado. - No perdáis la concentración, estad atentos a todo.

Y entonces, todo comenzó a ir mucho más lento. El tiempo se congeló, y desde las profundidades de los cielos, de entre las tinieblas de la tormenta, un enorme CAZA acorazado emergió majestuoso posándose enfrente del gran ventanal.

- ¡CORRED, JODER, CORRED COMO SI NO QUEDARA MAÑANA! NOS VAN A DISPARAR - grité con todas mis fuerzas mientras me ponía a cubierto esperando el estallido final.

BOOM!

Una enorme explosión de color rojo y de estruendo invadió cada resquicio de nuestra alma.

Pero seguíamos vivos, y el edificio intacto.

"¿Pero qué...?" Corrí hacia el gran ventanal. El caza estaba lanzando misiles a diestro y siniestro contra las tropas enemigas.

- ¿Quién coño es ese? - chillaba Sarah histérica.

Por primera vez en mi vida, yo no tenía respuesta. Estaba bloqueado deleitándome del increíble baile de ese caza en el cielo lanzando fuego cual Fénix que resurge de sus cenizas.

En una de sus piruetas, el caza volvió a apuntar hacia el edificio. No podía ser... 

En la cabina de esa máquina habían tres soldados con máscaras de payasos.

Las máscaras.

Sus máscaras.

Erre, Jota y Señor T estaban ahí.

Pude ver como Señor T se ponía una especie de mando cerca de la boca y comenzaba a hablar... y le podía escuchar. Yo y todos. Al parecer el Caza llevaba un enorme megáfono.

- Muy bien, señoritas, quiero decirles que hoy van a morir. Así qué, comenzad a correr, porque me encanta jugar al perro y el gato. Sólo que vosotros sois hormigas Y YO SOY UN PUTO KRAKEN HIJOS DE PUTA.

El Caza volvió a ascender haciendo piruetas imposibles en el aire al tiempo que disparaba misiles a una velocidad de vértigo.

Y ante mí, el cielo se iluminaba de fuego mientras la voz de Señor T resonaba en todos los rincones de la ciudad. Se estaba, literalmente, descojonando.

Sonreí. Como hacía años que no lo había hecho.

Estaban vivos.
Habían vuelto.
Y eran imparables.

Memorias de WeekendWars.
temporada 2014 -2015.

Neil.

sábado, 23 de agosto de 2014

21 besos.

Y el día menos pensado, en el momento menos adecuado, ocurre. Todo aquello que has construido, todo lo logrado, todo lo luchado y sufrido, todo, absolutamente todo, termina. 

Sientes que no puedes respirar. No te lo quieres creer porque no debe ocurrir. No. No. Y, no. Te niegas a aceptar una tragedia inminente y la realidad del momento te abruma por completo. 

Piensas en como ha pasado el tiempo. En como un día fuisteis felices. Sueñas con ese futuro que planeasteis juntos. Y ahora, sólo son recuerdos. Historias que estaban hechas para romperse, y que, al final, terminaron cediendo.

Miles de sentimientos se te acumulan en el pensamiento. Luchando por hacer daño. Y quieres escapar. Despertarte de esta pesadilla. Pero no es un mal sueño. Esto está ocurriendo. Aquí y ahora.

¿Qué será de mí? ¿Me recordará? 

Hay tanto dolor, que es imposible pensar con claridad. No te encuentras bien y en este instante sólo te dejas llevar. Guiado por historias que no volverán, por sueños que te dicen adiós, por esperanzas de una vida juntos y por ese "no me falles" rompes a llorar, a gritar, a patalear. Tu "yo" más primitivo se apodera de ti, y no puedes huir.

Y es que cuando lo arriesgas todo. Cuando remas como el que más y luchas cada centímetro, perder no es una opción. Y sin embargo, ironías de la vida, perder echando el resto, es una buena forma de perder. O al menos, de que no duela tanto.

Y no sé qué me deparará la vida. Y sólo quiero llorar. Pensar que algún día las cosas cambiarán. Y volver a soñar.

Algún día miraré atrás y sonreiré, pase lo que pase, sonreiré. Porque lo bueno siempre pesa más que lo malo. Y, aunque no haya sido la mejor historia de amor del mundo. Es mi historia, y ha sido perfecta. 

Y en cuanto a mí...

Estaré bien.

Neil


martes, 15 de abril de 2014

Héroes.

Cuando todo parece hecho para romperse. Cuando crees que has tocado fondo. Cuando ni siquiera la esperanza es esperanza. Cuando el miedo se cuela por los poros de tu piel invadiendo cada centímetro de tu cuerpo. Cuando la oscuridad de un futuro incierto y un pasado prometedor se mezclan transformando tu presente en una extraña época de tu vida. Cuando sientes que estás roto, y que no hay vuelta atrás. Cuando la brújula de tu corazón deja de marcar el norte, el sur, el este y el oeste. Cuando, simple y llanamente ya no puedes respirar. Una asfixia que colapsa tu mente y nubla tus sentimientos. Quieres volver a casa pero no puedes, porque no te sabes el camino. Porque estás incondicional e irrevocablemente perdido. 

Caes al suelo, abatido y exhausto. Y a tu alrededor sólo hay oscuridad. ¿Podría ser peor? 

Miras al cielo y piensas cómo a veces, en la vida, es demasiado sencillo perderlo absolutamente todo en una fracción de segundo. Son las reglas del juego que nunca llegaste a aceptar.

Una estrella fugaz ilumina el firmamento de repente. Tu mente se detiene un momento fascinado con el manto de estrellas que cubre tu mundo. ¿Estaban aquí antes? Recuerdas que alguien dijo una vez que las estrellas son el reflejo del pasado. Que probablemente ahora mismo ya no existan. Pero existieron. Y tú, y todos, tenemos el privilegio de ver el pasado ante nosotros. Como si alguien desde ahí arriba quisiera decirnos algo muy importante que aún no podemos comprender. El pasado existe. Y duele. Pero también te recuerda que fuiste feliz. Que tenías sueños y que le juraste a esa persona que está ahí arriba brillando por ti, que los cumplirías.

Te pones en pie. Algo está cambiando. En tu interior una lluvia de recuerdos inundan tu mente. Piensas en todo este tiempo. En lo difícil que ha sido seguir adelante y cómo, contra todo pronóstico, has superado cada uno de los obstáculos que la vida puso en tu camino. Tal vez, los obstáculos sean el verdadero camino. Con cada paso hacia adelante, te hiciste más fuerte. Y, lo más importante, creíste más fuerte. 

Creer.

Todo lo que has conseguido no ha sido por casualidad. Rendirse, jamás debería ser una opción. Y, aunque, pierdas la ilusión 21 veces y sientas que la única opción es dejar de luchar. Recuerda el pasado. Recuerda que fuiste feliz, y que lo mejor aún está por llegar. Porque sino lo intentas, nunca sabrás si lo podrías haber conseguido. 

Dicen que sólo nosotros creamos nuestros propios demonios y que sólo podemos destruirlos. Ha llegado el momento de dejar de pensar, y volver a sentir. De armarnos de valor, coger fuerzas de dónde sea y mirar hacia el horizonte. Con una sonrisa desafiante, como diciendo, "estoy aquí, sigo en pie". No hay tiempo que perder, el reloj sigue en marcha.

Algún día sé que sólo seremos recuerdos. Pero en este instante estamos vivos, y en este momento, juro que somos infinitos.

Y, aunque las cosas no vayan bien. Aunque sientas que ha llegado el momento de dejarlo todo y olvidar. Aunque tengas miedo de seguir adelante. Aunque te duela. Aunque llegue el día en el que todo esté resquebrajado y a punto de partirse en mil pedazos, recuerda que el momento más oscuro de la noche, es justo antes de salir el sol. Podemos ser héroes. Podemos ser héroes por un día y robarle tiempo al tiempo para encontrar juntos el camino a nuestro hogar. No sé cuándo, ni cómo, pero sé que las estrellas nos guiarán. Nuestro pasado será la luz que iluminará nuestro futuro. 

Seremos héroes.
Aunque sea sólo un día.



Neil.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Nueva temporada.

Miro hacia un lado y al otro. Estoy impaciente. 

Entre el gentío, consigo discernir el sonido lejano de una sirena al tiempo que varias gotas de lluvia mueren contra el firmamento. Reacciono ajustándome la chaqueta.

Una extraña sensación de déjà vu invade de forma opresora mi mente. Afilo media sonrisa nerviosa y me pongo de pie.

Miro el móvil. Es la hora, y es el día. 

La sirena cada vez es más cercana y esa extraña sensación de "esto ya lo he vivido" se impone sobre mi calma.

Maldita sea, debería estar ya aquí.

Bajo la guardia y un cúmulo de recuerdos invaden mi inconsciente. Ha sido un año duro, distinto y distante para el grupo. Nuestra vida cotidiana ha germinado en cada uno de nosotros de forma vil e invasiva. Sin tiempo para destacar, sumidos en la niebla de nuestro día a día, nos hemos convertido en títeres de esta putrefacta sociedad. Como peones, hemos sucumbido a las reglas. 

Un grito me devuelve a la realidad. Enfrente de mí la gente corre hacia un lado y otro. Huyen.

Hipnotizado, avanzo. Como si no pudiera detenerme. Como si no tuviera otra opción.

Veo la marca en el suelo, y me recuerdo a mí mismo con diecisiete años pintándola sobre el pavimento. 

Acelero el paso para ir a tono con mi respiración. 

Sé que estás aquí. 

El panorama no mejora con la cercanía. Varias papeleras están ardiendo al tiempo que la gente grita como si no quedara mañana mientras corre despavorida.

Y ahí estoy yo, en el medio del drama, observando con atención. Nada. 

Qué extraño.

Y entonces, algo ocurre. Alguien, encapuchado, sostiene algo en la mano na unos metros de mí. Parece tranquilo y ajeno al miedo generalizado.

Está de espaldas, no puedo ver su rostro. Pero tengo la ligera sensación de saber de quién se trata.

El corazón se me acelera.

Corro hacia a él.

Cabrón, jodido y enfermo cabrón de T, jaja.

El encapuchado se gira y nos miramos. Todo se detiene. Como si todo se congelara de repente, no doy crédito a lo que está ocurriendo. El encapuchado es un adolescente. Me hace un gesto de silencio con el dedo al tiempo que se ajusta la capucha y huye por un callejón. La policía llega en ese instante y varias personas acuden enseguida a informarles de lo ocurrido. 

No me lo puedo creer...

Vuelvo con la mirada ausente y la mente vacía a Banco. Apesadumbrado y confundido. La realidad del momento me abruma por completo. Nos hemos hecho mayores, demasiado.

Me siento de nuevo en la madera a esperar a Señor T. Miro hacia el cielo y pienso en que ya nunca volveremos a causar miedo ni a provocar el caos de esa forma. Todo lo que fuimos, se fue. Y, nos guste o no, deberíamos a empezar a asumir lo que es y lleva siendo nuestra vida desde hace un año.

Al final todo contra lo que luchamos en su día, pudo con nosotros.

Miro hacia el horizonte, sin mirar. 

Pero algo llama mi atención.

Una sombra enorme, gigantesca, se adentra por la calle arrasando con el tráfico, devastando y aniquilando los árboles y las aceras.

¿Pero qué...?

Sin saber muy bien qué hacer, me quedo paralizado.

Se acerca cada vez más.

¡Oh, Dios mío!

Un tanque. Un enorme, ostentoso y monstruoso tanque se está abriendo paso por la mitad de la calle destrozando todo lo que interfiere en su camino. La multitud huye aterrorizada. Los coches, al intentar escapar, colisionan unos contra otros mientras el monstruo sigue avanzando sin piedad. Muchos optan por bajar del coche y huir. 

Unos cuantos coches comienzan a sumergirse en un infierno de llamas. Otros comienzan a explotar. Explosiones encadenadas que envían bolas de fuego enormes a los edificios adyacentes.

Una nube enorme de humo negro inunda el cielo. Hay destrucción por donde mires, y las explosiones continúan. 

Los primeros ladrillos de los edificios caen contra el suelo. Gente en los balcones pidiendo ayuda. Oigo ruegos a Dios. 

Por el oeste consigo distinguir múltiples sirenas azules y naranjas. El paisaje es dantesco.

Hay lloros y gritos. Miedo. Miedo de verdad. Miedo de gente que teme morir. Y caos, sobre todo caos.

Entrecierro los ojos. Alguien está sentado encima del tanque, sosteniendo una bandera con una mano.

Una bandera con una máscara de payaso.

Nuestras máscaras.

El tanque se detiene a pocos metros de donde me encuentro. Señor T está encima de él, bebiendo una cerveza y riéndose de esa forma tan suya.

- Perdona el destrozo, Neil. Pero Erre tiene un concepto de la orientación espacial muy distinto al nuestro. Disculpa que hayamos llegado tarde también, pero un tipo insistía en que no podía dejar el tanque parado en doble fila mientras compraba tabaco por no se qué movida de ilegalidad...

No podía creérmelo. Estaba embobado viendo a Señor T encima de ese cacharro. Era la evolución final. Su último juguete metalizado. Su última montura. Había nacido para ir encima de tanques bebiendo cerveza, y ahora lo sabía. 

- Bueno, ¿qué? ¿Subes? Tengo que informarte del plan. - dice con un tono siniestro y misterioso. El tono de que algo grande va a pasar. El anuncio que precede la destrucción. 


Memorias de WeekendWars. Septiembre 2013 - 2014.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Indestructibles.

He hablado en incontables ocasiones del trágico devenir que irrevocablemente nuestra forma de entender el mundo traería aparejada. Era una amenaza con expectativas de convertirse en un hecho. 

Desde el principio:

          Durante el curso pasado un conjunto de profecías comenzaron a germinar entre nosotros. Dudas, remordimientos e inquietudes que tomaban forma con el paso de los meses. Siempre por delante del resto, un paso más en cada jugada, intuíamos que algo ocurriría tarde o temprano. Súbitamente y con olor a hiel la base de nuestras relaciones sociales explotaría. Detonaría sin compasión cada gramo de nuestra alma, siendo la resignación el único consuelo para seguir adelante.
   
          Nuestra maldita capacidad para ser soberanamente sensibles a cualquier tipo de estímulo externo nos avisaba de que mantener los ojos abiertos no sería suficiente. Las cosas estaban cambiando demasiado rápido. Era como una suave brisa que nacía desde las profundidades del horizonte y se acercaba sigilosamente hacia la costa. Un pequeño viento que acariciaba nuestras hectáreas de paz proporcionándoles una reconfortante seguridad. Y, sin embargo, la realidad era que se trataba de una alarma. Un aire desconocido, que venía del mar y avisaba de la inminente tormenta apocalíptica que aniquilaría nuestra pequeña sociedad. El eco de las sirenas confirmaban nuestros peores presagios. Abducidos y descontrolados, nuestros seres más cercanos comerciaban con su materia gris a cambio de una pequeña dosis de placer. Inhibidos de toda capacidad de decisión y subordinados a las ilusiones de la razón, se dejaban llevar por esa hipnótica melodía marina.

          La Destrucción se acercaba imperial y majestuosa sobre su carroza de maquillaje y pinturas de laboratorio hacia nosotros. Mostrando su mejor sonrisa y vistiendo sus más llamativas prendas, nos desafiaba en nombre de los demás. Los cimientos de nuestra sociedad yacían sobre un lecho de llamas y la tormenta no había hecho más que empezar.

         Sufrí, acorralado y de forma desleal el precio del veneno más dulce y mortífero jamás inventado por el hombre. Envuelto en una oscuridad sepulcral fui desterrado de los cielos y condenado a muerte en el infierno. El juego estaba en marcha, el efecto dominó arrasaría con todo y yo fui la primera pieza en caer.

        Los días calurosos continuaban. Destrucción seguía hipnotizando a todo ser inflamable mientras que mis hermanos y yo asistíamos impotentes a la escena final. Me refugié en la oscuridad de la noche y me alejé lo máximo posible de ese sentimiento desesperanzado. Pero, incluso la aparentemente inquebrantable tranquilidad de la noche puede ser destruida.

         Y entonces, todo explotó bajo la siniestra sonrisa de La Destrucción. Fuimos traicionados, juzgados y repudiados al más profundo ostracismo momentáneo. Los títeres nos convirtieron en el objetivo enemigos. Calumniados y mentidos, la impecable manipulación de aquél ser monstruoso consiguió evaporar todo aquello en lo que una vez creímos. Acusados de todos los problemas, amenazados y extinguidos a la más profunda soledad, WeekendWars se vio envuelto en la vorágine psíquica más surrealista jamás vivida. 

        La historia se remonta hasta ahora, donde en el día de hoy seguimos combatiendo con los fuegos que quedan de la explosión. Somos conscientes de que intentan acabar con nosotros. A pesar de no conocer el motivo, nos hacemos a la idea de que, tal vez, no nos quede más remedio que volver a la acción.

        Digo volver, porque hasta ahora no habíamos visto la necesidad de actuar una vez más. Suficientemente capaces de soportar cualquier toxicidad social con un poco de verborrea llegamos a un punto en el que el enemigo nos quiere aniquilar como símbolo. Luchamos solos. Como siempre. Pero se acerca el invierno, y con él, las sombras, las tinieblas y el miedo. Miedo. Durante una época fue vuestro sentimiento más habitual. No os acordáis de él, pero tengo la sensación de que estáis a punto de recordarlo.

          Caballeros, hubo un tiempo en el que nos unía un juramento. Ha llegado la hora de volver a darle cumplimiento. 


                                                 WeekendWars.


Septiembre 2012-2013.

Neil.

domingo, 15 de enero de 2012

100 days of Neil.

[SER COMO YO]

ÍNDICE DE ÉXITO: 100%.
FUNCIONA CON: Todos los aspectos cotidianos de la vida diaria.
REQUISITOS: Considerar tu vida una mierda.
TIEMPO DE PREPARACIÓN: 100 días.
CAGADAS:
- Hablar más de la cuenta.
- Tener antecedentes penales.
- Empezar siendo simpático y acabar siendo el bufón.
- No saber conducir.
- Combinar una corbata naranja con una camisa de cuadros azul marina.
- No tener unas ray ban wayfarer. (O tenerlas de un color llamativo como el rojo o rosa).
- Odiar el whiskey.

· LA JUGADA ·

Después de 100 días por aquí me he dado cuenta de que muchos de vosotros os preguntáis quién coño es Marcos. Yo tampoco lo sé. Pero siempre está en todas mis fiestas. Bueno, nunca le he visto, pero la mayoría de gente que asiste siempre viene de su parte. "Hola, soy Bruno, amigo de Marcos". Así que ahora tengo mi facebook lleno de amigos de Marcos, y sigo sin saber quién es.

Vale, típico mío. Tengo un problema, no sé si os lo he comentado alguna vez, pero sufro un alto déficit de atención, lo que significa que tengo cierta tendencia obsesiva a desviarme de todo tipo de temas. No, concentrarme no es lo mío. Bueno, el tema es que me gustaría que me conociérais mejor. Había pensado en un post muy rollo "soy una persona fantástica, soñadora y víctima de esta sociedad..., bla, bla, bla", pero creo que es mucho mejor enseñaros a ser como yo.

La primera regla es no tener reglas. La gran mayoría de gente piensa tanto en las cosas que al final sufren el yuyu: bloquearse ante situaciones sencillas. Que si miedo a qué pasará, que si no saber qué dirá...Actuad. Si tenéis que hacer algo, hacedlo. El remordimiento es lo que aparece cuando no haces algo y no al revés.

Las mañanas son importantísimas: determinarán como será el resto del día. Tanto si tenéis mal despertar como no, poneos como despertador alguna canción rollo BSO de alguna película.
americana. Yo suelo usar esta:


Bien, no os perdáis ahora. Con esta canción de fondo (o alguna similar) os empezáis a vestir. Pero con estilo, marcando bíceps al abrocharos la camisa, mirándoos al espejo y poniendo gestitos de tipo duro mientras os enfundáis vuestras gafas Ray Ban Wayfarer. Un poco de colonia en puntos estratégicos: muñecas, cuello y pecho. Y gomina mezclada a partes iguales con agua para dar una sensación de efecto mojado.

A continuación vais a la cocina. Un cortado o un café. Pero nada de sentarse. Con la música aún de fondo (modo repetición ON) os apoyáis en el banco de mármol con chuleria, y os lo tomáis. No soy partidario de tomar ningún tipo de alimento sólido por temas digestivos. Bebo café mientras fumo, y bueno... ya lo sabréis. Pero en esto, os dejo libertad para prepararos unas tostadas o lo que queráis.

Bueno, estáis en condiciones de salir de casa y enfrentaros al mundo: ir al trabajo, a la Universidad, a comprar, lo que sea. Necesitáis unos buenos auriculares, la música debe seguir sonando. ¿Los tenéis? Pues después de haber pasado la canción al móvil (sí, la misma canción siempre, nada de ahora una de rock, ahora ésta de este grupo...) los enchufáis. Y pa fuera, pa la calle.

Hay un momento mágico que marcará vuestro futuro más próximo. Son los segundos que transcurren desde que te acercas a la puerta del portal, la abres y sales a la calle. Intenta hacedlo de la manera más cinematográfica posible. Mi consejo es que esperéis al momento de subidón de la canción, y entonces, salir con el cuello estirado, haciendo saludos militares o levantando las gafas para guiñar el ojo a toda la gente que vean vuestra magistral salida.

¿No notáis eso? Sí, es la adrenalina que se siente cuando eres consciente de que estás siendo el puto amo. Me pasa constantemente pero estoy seguro de que a vosotros os sorprenderá tanta energía. Bueno, hay que continuar. Ahora debéis de ir al coche. Me da igual que no lo necesitéis o no tengáis ( o peor aún, que no sepáis, entonces el juego termina aquí). SI QUERÉIS JUGAR A SER YO, LAS COSAS SE HACEN COMO YO DIGO.

Conducir es fácil. ¿Te gusta conducir? A mí me encanta. ¿Por qué? Por la sensación de libertad que sientes cuando aceleras y ves como vas dejando atrás el paisaje... Qué va, es coña, jaja. Lo que me mola es lo bien que me queda mi mano sobre el volante mientras apoyo el codo del otro brazo sobre la ventanilla. Consiste en conducir despacio, dejando pasar a todo el mundo mientras les sonríes y le deseas un buen día a la señora Jack, al señor Black y a los pequeños Joe y Sarah.

En el trabajo, universidad, compra, lo que sea, siempre debéis contar lo alucinante que es vuestra vida. Y siempre seréis el centro de atención. Exigid respeto si en algún momento de alguna conversación múltiple no se menciona vuestro nombre más de dos veces seguidas. El resto de el día dejad que transcurra de forma normal. Y llega la noche.

Cogéis y os vais al pub del bueno de Dimitri. Vuestro asiento de siempre, vuestro whiskey con dos hielos de siempre. Y esperáis a que se llene el local lo suficiente como aparecer. Sobre las 00:00h empieza el show. Música de fondo de calidad y el pub atestado de jóvenes que beben mientras las chicas sonríen entre ellas y miran de reojo al cruasán que baila el baile de los gorilas mientras suena METALLICA. Tapas durante milésimas de segundo tu cara con la palma de la mano, lo que mis amigos los británicos llaman FACEPALM, y te levantas ajustándote las mangas y el cuello de la camisa. Ha llegado la hora de demostrar quiénes sois. Es la hora de...

Convertiros en una leyenda del bar

¡Que Dimitri pare la música, baje los focos y deje de servir! Que pida a gritos que todo el pub concentre su visión en la asombrosa actuación de la que van a disfrutar a continuación. La incertidumbre de la peña crecerá súbitamente de forma exponencial. Y entonces, aparecéis vosotros con una chupa de cuero, las RayBan, medio piti en la boca y pelo desecho. Camináis con chulería hacia el karaoke. Cogéis con asco el micro y le dáis la espalda al público. Mano derecha en alto con dedo índice apuntando al cielo. Chasqueáis los dedos de la mano izquierda tres veces y BOOOOOOOM!!! COMIENZA LA MÚSICA A SONAR. ESTA CANCIÓN:


Haréis la mejor actuación de la vida de todos los presentes. Corearán tu nombre, las cervezas volarán por los aires, las mesas y las sillas se convertirán en objetivos de patadas como consecuencia de la adrenalina que desprendas. Lo habrás conseguido. LEYENDA

Llegaréis a casa acompañados o solos, dependiendo de vuestras habilidades de mercado, pero con la mejor sensación del mundo: nada volverá a ser como antes, porque ahora, amigos, ahora sois como yo.

Neil

jueves, 12 de enero de 2012

Origen.

Existen millones de historias. Con tramas de todo tipo. Con emoción, dramáticas, graciosas. Con sus finales felices y sus comieron perdices. Con sus suspenses o fáciles de prever. Pero historias, al fin y al cabo. Historias que viviremos o escucharemos, que comprenderemos o que sin más aceptaremos. Pasarán por nuestra vida, terminarán y sin que nos demos cuenta, estaremos inmersos en una nueva.

Sin embargo, sólo aquellas historias capaces de cambiar el rumbo de nuestras vidas tienen el privilegio de pertenecer a la eternidad. De ser recordadas para siempre.

Chicos, esta es la historia de cómo éramos antes de WeekendWars.

Todo comenzó antes, mucho antes de lo que estábamos dispuestos a imaginar. Sólo que es ahora, años después, cuando somos capaces de situar en el tiempo un principio.

Apenas pasaba del metro veinte pero siempre estaba por las alturas. Literalmente. En el rincón del fondo del aula, T se encargaba de provocar rebeliones de todo tipo. Nos arengaba, sin venir a cuento, a gritos mientras el profesor impartía sus lecciones consiguiendo que la clase se alzara en un caos infernal e imposible de parar por cualquier adulto. Siempre estaba hiperactivo. Por aquel entonces su voz comenzaba a destacar respecto a la de los demás. Su maquiavélica risa iba acompañada, sin excepción, de bolígrafos voladores, aviones de papel kamikazes o insultos muy bestias a la típica niña gordita de clase con gafas redondas.

Nos llevábamos bien, pero desde la distancia. Era el típico niño del cual ninguna madre quería oír hablar. El único que sabía más de la cuenta y nos iluminaba a todos con sus ilustradas sabidurías sobre sexo, violencia o alcohol.

Con el tiempo, su personalidad se fue trazando mediante golpes contra el pavimento. Su necesidad de desplazarse sobre una montura se vio satisfecha con la adquisición de un monopatín. Y entonces, aquel chico comenzó a parecerse cada vez más a un skater californiano de la vieja escuela. Con su melena por el cuello y sus vans, T asentó las bases de lo que sería en un futuro no muy lejano.

El skate se convirtió en el medio que justificaba el fin. Alcanzaba velocidad con el monopatín y entonces, irradiado por la magia de la aceleración y la adrenalina, se empotraba contra cualquier objeto potencialmente susceptible de ser destruido con un fuerte golpe.

A partir de ese momento, el resto se fue escribiendo solo. Cada día se levantaba de la cama con el objetivo de ir más rápido, de chocar más fuerte. Nada podía detenerle. Pero aún así, le faltaba algo. Un compañero de viajes, un alma gemela.

Y ahí estaba. Erre.

Sentado a cuatro mesas de él, Erre tenía la capacidad de poner cara de niño bueno y sonrisa angelical mientras sus manos fabricaban de una simple rama una estaca de madera por debajo de la mesa

Se escondía en los rincones más insospechados para aparecer de la nada chillando y causando verdadero pavor a los más pequeños del cole. Si el profesor le regañaba, éste se encontraba su casillero destrozado.

Era capaz de crear una bronca incluso en el ambiente más pacífico. Y nunca le faltaban ideas. Macabras.

Tanto T como Erre estaban predestinados a encontrarse. Sin embargo, el destino es caprichoso y los separó para estudiar en lugares distintos.

Mientras tanto, yo conocí a Jota en el instituto. Éramos chicos normales, estudiosos y con muy buena fe. Jota sigue igual, pero yo me pregunto en qué momento de la historia comencé a degenerarme tanto mentalmente. Supongo que eso es otra historia…

T se hizo con una nueva montura. Más grande, más animal, metálica y veloz. Se enfundó una chupa oscura de cuero y su mente, como su sangre, adquirió el mismo tono que el hollín. Su formación terminó. Era temerario, desafiaba a las leyes de la física en cada recta y su adrenalina se acumulaba cada vez más en una sociedad que pretendía ser perfecta. Completamente contaminado de ineptos, su desintoxicación sólo era posible cuando descargaba su ira contra alguna indefensa mesa de instituto. Pero nadie le entendía. Incluso una vez alguien le miró mal. Una vez.

Erre creció ganando dinero a costa de sus compañeros de clase con todo tipo de juegos de cartas. Les enseñaba también a sobrevivir en la calle. Yo de vez en cuando me dejaba seducir por sus planes, y la verdad es que aprendí mucho acerca de cómo mover los brazos para correr más rápido en una huída, qué criterio de calles elegir, cuánto tiempo hay que esperar escondido, qué tipo de arco debe describir tu brazo al lanzar un huevo contra un ventanal.

Así pues, T y Erre se separaron en el colegio y maduraron por separado. Sus vidas no tenían nada que ver entre sí, pero les unía su forma de vivirla. O de destruirla, depende de cómo se mire, claro.

Y un día, el día menos pensado, me sorprendo marcando el número de T en el teléfono para verlo por la noche. Se suman Jota y Erre y tras una buena velada de bolos, nada volvió a ser lo mismo.

Nos convertimos en un grupo inseparable. Estábamos en completa armonía y nada nos detenía. Nos hacían felices las pequeñas cosas y disfrutábamos de la vida como lo hacíamos de cada calada de Marlboro de los viernes. Todo era fácil. Es cierto que hemos causado mucho pánico. Y que incluso hoy me pregunto cómo coño es posible que nos salváramos de todas. Pero, en el fondo, lo realmente importante era que todo nacía sin ser forzado. Por eso lo pasábamos tan bien. Porque nunca podíamos esperarnos qué iba ocurrir. Pero teníamos la certeza de que ocurriría.

Lo siguiente que viene lo sabéis de sobra: noches de broncas, peleas, huidas, caos, destrozos, fuego (muchísimo fuego), alcohol, drogas, escenas de sexo que ni volviendo a nacer tendríais posibilidad de ver en directo… pero sobre todo, un pasado inolvidable. No es algo de lo que presumamos, pero pasan los años y mientras escucho como han sido las adolescencias de mis más allegados, pienso en la mía y me parto el culo. Sublime.

Ya no somos ni la mitad de lo que fuimos. Yo he asentado la cabeza, he descubierto que no está mal salir sin volver a casa con una multa, que a veces todo es más complicado de lo que parece, que está bien enamorarse, conocer gente nueva… en fin, esas cosas que hace la gente normal. Y pasarán los años, iré trajeado por alguna gran ciudad con una café para llevar en una mano y el bolso de los niños en otra, y no seré como los demás. Seré uno de WeekendWars. Y seguramente, me seguiré poniendo en alerta cuando escuche la sirena de algún coche azul. Y, seguramente, seguiré sabiendo cómo actuar ante una situación de peligro. Y, con toda probabilidad, seguiré estando orgulloso de ser quién un día fui.

Memorias de WeekendWars: Historia de un principio.

Neil.