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sábado, 11 de julio de 2009

Por alusiones (III).

Adoro los tiempos difíciles. Me encanta cuando todo va realmente mal. En la pareja, en el entorno, en la economía, en el deporte, en la sociedad. Qué quieres, igual es que le tengo mucha estima a la ironía y demasiada fe en el ser humano (como si fuesen dos cosas distintas). Pero estoy convencido de que nos sienta bien esto de estar tan mal.

Para empezar, porque nos devuelve la humildad que perdimos durante la bonanza. Un verdadero bofetón con la mano abierta de la vida nos recuerda lo poca cosa que siempre hemos sido. Como cuando ves un accidente mientras conduces, y levantas un rato el pie. Como cuando vuelves de un funeral, y decides volver a dejar de fumar.También porque podemos llegar a gozar, aunque sea por un instante, de la lucidez de la que sólo disfrutan las víctimas, apreciando mucho más lo que alguna vez tuvimos, lo que aún podemos disfrutar y lo que algún día pretendemos recuperar. Y eso me reconforta. Mucho.

Nos sienta aún mejor que tanto infortunio sea colectivo. Que lo vivamos todos, qué coño. Cuando el sufrimiento se democratiza, deja de pertenecer sólo a unos pocos. La novedad de estos tiempos es que empiezan a sufrir los que hasta ahora no sufrían, y eso me consuela mucho más que a un tonto un lápiz. Cuanto más pasta tenga el damnificado, mayor será la catarsis colectiva.

Otra gran ventaja es el nivel de incompetencia que está poniendo de manifiesto. Entre los que hacen leña del árbol caído y los que se talan a sí mismos sin que nadie se lo haya pedido, el suelo está lleno de tronquitos, astillas, palillos y maderos listos para quemar. Cuando bajan las aguas del si funciona no lo toques, los primeros que afloran son los mediocres, los incapaces, los idiotas y los burócratas (como si también estas fuesen cosas distintas).

Sí, creo en las purgas de mediocres. Qué pasa. Creo que los que sólo se preocupan por salvar el culo lo tienen ahora mucho más difícil, y eso me hace muy pero que muy feliz. Me alegra tanto, porque también me jode de manera desmesurada ver que a veces –como también se dice de los difuntos- son los buenos los que se van.Creo que por culpa del botox, ahora es la dificultad el verdadero espejo del alma. Saca a flote la realidad de las personas, su fondo más oscuro, su verdadero yo. Y tanto conflicto ayuda a simplificar mucho las cosas, pues a partir de ahí, como ocurre con las parejas, sólo existen dos salidas, o salir reforzados o morir definitivamente en el intento.

Pero lo que más me interesa de estar realmente jodidos es la cantidad de oportunidades que, sin querer, empiezan a desfilar por delante de nuestra manifiesta incapacidad para verlas venir. Cuando las normas de antes ya no valen, el riesgo ya no se tiene, en el riesgo se está. Cuando todas las previsiones provocan poco más que risa floja, atreverse no es una opción, sino gerundio. Y esa combinación, dicen los entendidos, es el abono perfecto para las buenas ideas.

Por eso, quiero acabar con un cariñoso mensaje dedicado a todos los lameculos que siguen lloriqueando para que otro les saque las castañas del fuego.

Tres palabras: no hay otro.
Tres más: jamás lo hubo.

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